De miel y de hiel

Agosto 31: el presidente Chávez, el presidente Uribe y Piedad Córdoba: ¿ahora sí el canje?. Foto: Efe

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Por CARLOS EDUARDO JARAMILLO
Politólogo, ex consejero presidencial de paz.

EN ESTA INESPERADA ubicación del presidente Hugo Chávez en el centro de los esfuerzos para lograr el canje, lo primero que hay que decir es que está motivada por los recientes movimientos hechos en el mismo sentido por el presidente Nicolas Sarkosy, y que han contado con su colaboración.

Los rumores de una pronta liberación de Íngrid Betancourt en territorio venezolano, sin la intervención del presidente Uribe, le disparó las alarmas a este último. Sólo imaginar que podía ser cierto lo ponía en el peor de los riesgos: que el canje empezara a hacerse a destajo y a sus espaldas. De lograrse la libertad de Íngrid vendría con seguridad la de los tres contratistas estadounidenses y luego la de todos los que contaran con apoyos internacionales. Todo, haciéndole by-pass a Uribe que no podría cobrar el éxito del canje.

Frente a lo que parecía estar consumándose en sus propias narices, Uribe decidió meterse en la jugada como actor importante y para ello utilizó a una de sus mayores detractoras, Piedad Córdoba, a quien Chávez aprecia. Así, con una habilidad que hay que reconocerle, Uribe le dio aval a Piedad para interceder frente a Chávez en la búsqueda de una salida al problema del canje, de tal forma que así ganaba con cara y con sello. Si salía bien, tendrían que reconocerle que había puesto de su parte para facilitarlo y tendría derecho a reclamar dividendos. Si no, habría también que reconocerle sus esfuerzos.

Al final, la liberación anunciada no cuajó, pero Uribe había dado el paso y  la dinámica llevó a la oficialización del papel de Chávez en la búsqueda de mecanismos viables para el intercambio. El mandatario venezolano se aplicó a la tarea y de ahí surgió la necesidad de una entrevista con Uribe en Bogotá. Pero no sólo pidió la entrevista con el Presidente. Quería quedarse el tiempo suficiente para enterarse sobre el terreno de los asuntos concernientes a sus nuevas responsabilidades, hablar con los familiares de los secuestrados -canjeables y no canjeables-, con los familiares de los presos de las Farc que serían beneficiarios del canje y con otros sectores de opinión, incluidas fuerzas políticas. Fue entonces cuando el mandatario colombiano empezó a entender los verdaderos riesgos de su decisión.

La hiel comenzó a correr por las venas del Gobierno, que quiso convertir la visita de Chávez en un viaje casi fantasma. Le redujeron la agenda al mínimo y lo sacaron a la invisible periferia de la ciudad: la hacienda presidencial de Hatogrande. Le colmaron la agenda, que en lo fundamental era para hablar del canje, con otros asuntos, con el único fin de restarle importancia al tema y desviar el propósito de la reunión. Al itinerario de la visita, que el Gobierno había planeado que fuera Caracas-Catam en avión, Catam-Hatogrande en helicóptero y viceversa, Chávez logró introducirle algunos cambios: viajó de Catam a Hatogrande por tierra y también por tierra regresó a Bogotá, a la casa de la Embajada, donde él y sus funcionarios sostuvieron varias entrevistas hasta bien avanzado el sábado.

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