Septiembre 6 de 2007

Un retrato de Elvira

En esta semblanza de Elvira Mendoza, su hermano Plinio Apuleyo rememora las circunstancias en que ella desarrolló su precoz vocación por el periodismo y la edición.

Por PLINIO APULEYO MENDOZA
Politólogo, ex consejero presidencial de paz.

"LO QUE SE HEREDA no se hurta", decían mis tías. "De tal palo tal astilla", expresaban mis abuelas. Ninguna de ellas, repitiendo dichos que debían venir de tiempos coloniales, imaginó que un día la ciencia vendría a confirmarlo, demostrando que los genes no sólo se encargan de repetir rasgos físicos, sino también maneras de ser y de actuar.

Escribo esto pensando en mi hermana Elvira Mendoza. Todo lo que de ella recuerdan cuantos trabajaron a su lado o fueron sus cercanos amigos podría aplicarse a nuestros padres, Plinio Mendoza Neira y Soledad García. A ella muy pocos la recuerdan hoy. Desapareció en la flor de la edad, a los 28 años, pero dejó un recuerdo vivo en sus contemporáneos, políticos, escritores y poetas. Nos quedó un libro con textos bellísimos que ellos escribieron cuando murió. Olaya Herrera tenía por ella, por su inteligencia, su vivacidad y su carácter, una real admiración. Era la clave en el fulgurante ascenso en la vida pública de su marido. "Tu madre -me dijo alguna vez Alfonso López Michelsen- fue la primera mujer ejecutivo que tuvo Colombia". "¿Cómo lo sabes?", le pregunté.  "Me lo comentó mi tío, que era el gerente de un banco donde ella empezó a trabajar".

Editora de la revista Acción Liberal -una publicación de izquierda que recogía firmas no sólo de esa corriente política en Colombia sino de otros países de América Latina-, nuestra casa era también su oficina de redacción, única manera que encontró para ocuparse de sus hijos sin descuidar su trabajo periodístico. Muy pequeños aún, nos dormíamos escuchando el veloz tecleo de su máquina de escribir en un cuarto vecino. De día, en casa había el ajetreo de una oficina con redactores y empleados que entraban y salían siempre con prisa. Los almuerzos eran alegres y ruidosos con personajes como Luis Enrique Osorio, Oliverio Perry, Darío Samper o Darío Achury Valenzuela para quienes Solita, como la llamaban, no era sólo el ama de casa sino la compañera de luchas políticas.

Murió prematuramente por culpa del meticuloso e impaciente furor que ponía en su trabajo. Esperando que la revista del mes quedara lista, aplazó una urgente operación de apéndice indicada por su médico. Murió en la Clínica de Marly de una peritonitis aguda dejando cinco huérfanos. Elvira, la mayor, tenía 10 años; yo, 5 y Consuelo, la menor, sólo dos meses.

Quedamos a merced de un padre que tenía por la letra impresa la misma pasión. Su carrera como editor es bien conocida. Nunca escribió un artículo y menos aún un texto literario, pero era un devoto adorador de la poesía y sabía catar la buena prosa con el mismo gusto exigente de quien sabe catar un buen vino. Más que los políticos, poetas y escritores eran sus mejores amigos. Como gran jefe liberal de Boyacá, en su lista para el Senado del departamento llevaba a Armando Solano, a José Mar, a Eduardo Caballero Calderón o a José Umaña Bernal.

Fue en Sábado, un semanario político y literario de gran éxito en los años 40 dirigido por él, el promotor de los poetas de Piedra y Cielo, de los perfiles de políticos escritos por Juan Lozano y recogidos luego en un libro titulado Mis contemporáneos y yo, de los textos que configuraron la obra de Silvio Villegas La canción del caminante y de las famosas Bagatelas de Hernando Téllez. A Gabo, en Caracas, lo acosaba pidiéndole notas para sus publicaciones. Descubrió de inmediato su talento. "Gabito va a ser famoso -me pronosticó un día, cuando aquello no era aún evidente-. Es el único colombiano que va a hacer plata con la literatura".

Primeros pasos

Esa vocación editorial y periodística la prosiguió como nadie Elvira, mi hermana. La suya fue una vocación precoz. A los 8 años de edad su mayor entretenimiento era hacer diminutos periódicos que distribuía en las casas del barrio El Nogal donde vivíamos. Menos de 10 años después, terminados sus estudios en el colegio de La Enseñanza, mi padre la hizo responsable, con Josefina Lleras, de las páginas femeninas de Sábado,  lectura obligada en los fines de semana.

Su primera entrevista a la declamadora argentina Berta Singerman estuvo a punto de ser para ella un humillante fracaso. Llevaba las preguntas anotadas siguiendo las indicaciones de Daniel Arango y de Eduardo Carranza. La declamadora debió considerar un agravio que hubiesen encargado para entrevistarla a una muchacha con pinta de escolar. Sin dejar de maquillarse ante el espejo de su camerino, en el Teatro Colón, sus respuestas, lanzadas con un desdeñoso acento porteño, eran más cortantes que una navaja. "Lo que me pregunta es un lugar común, una tontería", "Nunca contesto esa clase de preguntas, ¿no tiene algo más original que preguntar?" Al volver a su oficina, todavía con lágrimas por la humillación sufrida, Elvira reprodujo textualmente el calvario de aquel diálogo. Fue un éxito. Todavía lo recuerda García Márquez, quien lo leyó cuando aún era estudiante en un colegio de Zipaquirá.

Cuando trabajaba en Sábado, Elvira se enamoró de quien sería su marido: Diego Mendoza, un medio pariente nuestro que a ojo de mis tías y de mi padre no parecía el mejor partido. Nada tenía que ver con los poetas que tanto la querían y admiraban (Daniel Arango, Andrés Holguín, Carlos Martín, Eduardo Carranza). Era un hombre simpático, muy vivo, con fama de trasnochador y mujeriego, muy hábil para vender publicidad, pero incapaz de encontrarle encanto a una metáfora o de detener su atención en una prosa de Hernando Téllez.

A su lado, primero en Bogotá y después en Caracas donde mi padre tuvo que purgar un largo exilio de 13 años por conspirar contra el Gobierno de Ospina Pérez, Elvira pareció abandonar su oficio para convertirse en esposa fiel y sufrida ama de casa, enamorada de un marido simpático y algo calavera que trasnochaba jugando al dominó con  sus amigos y olvidaba pagar a tiempo el alquiler o los pedidos al carnicero de la esquina. Recién llegado de París, donde había iniciado estudios de Ciencias Políticas, yo había logrado ser entonces jefe de redacción de la revista Elite, de la cadena Capriles. "Consígueme un trabajo allí -me rogó Elvira una mañana-. Necesito disponer de algún ingreso". Todo lo que pude encontrarle fue un puesto de reportera, pésimamente pagado, en Últimas Noticias, un diario sensacionalista de gran circulación en Venezuela. 

Elvira volvió al periodismo cubriendo crímenes y escándalos de farándula o entrevistando a campeones de lucha libre que llegaban en esa época a Caracas. La veo sentada en el catre de una pensión, libreta de apuntes en mano, escuchando las broncas estupideces de alguno de esos corpulentos enmascarados con fama de sanguinario. Ese fue su segundo debut, el más modesto de todos cuantos puede haber en el periodismo diario.

Editora de armas tomar

Su ascenso fue fulgurante, tanto que su matrimonio se fue a pique dejándole tres hijos. No recuerdo cómo Miguel Ángel Carriles, propietario de la cadena de publicaciones más numerosa de Venezuela, acabó nombrándola directora de la revista femenina Páginas. Fue el comienzo de una larga carrera de editora en varios países. En Colombia fue directora de Cromos y fundadora de Magazín  Aldía y de la Revista Diners;  en México, de Activa y Geomundo, y en Miami, durante más de 10 años, de Vanidades, una revista cubana llevada al exilio y convertida por ella en una publicación continental con más de medio millón de ejemplares de circulación.

"Lo que se hereda no se hurta", es cierto, y no sólo en cuanto a una vocación se refiere sino también, y sobre todo, al carácter. Franca, exigente, generosa son los adjetivos que siempre le asignan a Elvira, los mismos que identificaban a Plinio Mendoza, nuestro padre. No es fácil decir lo que se piensa de un texto, de un traje, de un mobiliario. La verdad con frecuencia ofende. ¿Qué cara pondría un redactor al que Elvira (o mi padre) le rompían sus cuartillas en sus narices diciéndole: "La cosa no es por ahí, vuélvela a hacer". A Consuelo, nuestra hermana, le desbarataba cualquier atuendo con un veredicto sin apelación: "Te ves lobísima con ese vestido". Ni yo me salvaba de sus anotaciones sin piedad. Alguna vez que fui entrevistado en la televisión mexicana, sólo pasé el examen con ella en cuanto a mis respuestas pero no a como me vio en la pantalla. "Te veías feísimo". (La culpa, sin duda, era de mis orejas que no tengo manera de ocultarlas).

Exigente: todos la recuerdan así. Según lo escribía recientemente Heriberto Fiorillo en El Heraldo, no le daba paso a la retórica, ni a los párrafos aburridos o mal aderezados. Pero cuando algo le parecía bueno sus elogios eran entusiastas.

Generosa también y de una manera desmesurada. Otro rasgo propio de mi padre. Ambos gastaban sin precauciones y al fin al de su vida se quedaron sin un peso aunque con magníficos trajes y zapatos en su ropero. A nadie le negaban un favor dictado por la necesidad. Sus regalos eran copiosos y refinados.

Imprevisivos ambos, la enfermedad los tomó siempre por sorpresa. No estaba en sus cálculos. No podían aceptar que un mal recortara su actividad. Se impacientaban tomándola por una intrusa, y cuando al fin la consideraban irremediable -o así se lo decían sus médicos-, no tenían interés alguno en prolongar la vida conviviendo con un mal. Con la prisa de siempre iniciaban sus despedidas. Así lo hizo Elvira con Felipe López y otros amigos. Lúcida, tranquila. "Oye, Felipe, te llamo porque me voy a morir y quiero despedirme de ti ahora que todavía puedo hacerlo".

Elvira tuvo la misma exasperación de mi padre cuando se vio amordazada por una máscara de oxígeno, con tubos en nariz y boca y las venas atormentadas por sueros y drenajes. Su mirada no aceptaba consuelos y promesas de recuperación. "¿Para qué seguir con esto?, parecían decir sus ojos. Yo acabé comprendiéndola. "¿Quieres irte, verdad?", le pregunté. "Vamos a pedirle a Dios que haga lo que tú quieres y no lo que nosotros queremos, que es mantenerte en vida". Asintió con la expresión de que al fin alguien comprendía lo que deseaba.

No fue fácil para nosotros aceptar ese final, a las nueve de la mañana de un lunes. Era nuestra hermana madre. De niños, cuando nos quedamos huérfanos, asumió este papel en su condición de hermana mayor. Compraba los cuadernos que nos hacían falta y nos ayudaba a las tareas escolares. Y de viejos, siguió siendo igual. "Cámbiate esa corbata, no va con esa camisa". "Esa billetera está muy vieja, déjame regalarte otra".

Me quedó un hermoso recuerdo cuando a ella y a nuestras hermanas Soledad y Consuelo las invité a Lisboa. Nos tomamos fotografías a orillas del Tajo y vimos la ciudad extendida al atardecer, lila y azul y punteada de luces, desde el castillo de San Jorge. Oímos en la noche los fados que tanto le gustaban a nuestro padre. Nada nos hacía presagiar un fin muy próximo de ella. En el féretro quedó como le hubiese gustado: peinada, bien maquillada, digna y elegante, con un estupendo traje sastre de color gris. Así la vimos por última vez. 

Ver Términos y Condiciones.

COPYRIGHT © 2007 CEET Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular.