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Elvira volvió al periodismo cubriendo crímenes y escándalos de farándula o entrevistando a campeones de lucha libre que llegaban en esa época a Caracas. La veo sentada en el catre de una pensión, libreta de apuntes en mano, escuchando las broncas estupideces de alguno de esos corpulentos enmascarados con fama de sanguinario. Ese fue su segundo debut, el más modesto de todos cuantos puede haber en el periodismo diario.
Editora de armas tomar
Su ascenso fue fulgurante, tanto que su matrimonio se fue a pique dejándole tres hijos. No recuerdo cómo Miguel Ángel Carriles, propietario de la cadena de publicaciones más numerosa de Venezuela, acabó nombrándola directora de la revista femenina Páginas. Fue el comienzo de una larga carrera de editora en varios países. En Colombia fue directora de Cromos y fundadora de Magazín Aldía y de la Revista Diners; en México, de Activa y Geomundo, y en Miami, durante más de 10 años, de Vanidades, una revista cubana llevada al exilio y convertida por ella en una publicación continental con más de medio millón de ejemplares de circulación.
"Lo que se hereda no se hurta", es cierto, y no sólo en cuanto a una vocación se refiere sino también, y sobre todo, al carácter. Franca, exigente, generosa son los adjetivos que siempre le asignan a Elvira, los mismos que identificaban a Plinio Mendoza, nuestro padre. No es fácil decir lo que se piensa de un texto, de un traje, de un mobiliario. La verdad con frecuencia ofende. ¿Qué cara pondría un redactor al que Elvira (o mi padre) le rompían sus cuartillas en sus narices diciéndole: "La cosa no es por ahí, vuélvela a hacer". A Consuelo, nuestra hermana, le desbarataba cualquier atuendo con un veredicto sin apelación: "Te ves lobísima con ese vestido". Ni yo me salvaba de sus anotaciones sin piedad. Alguna vez que fui entrevistado en la televisión mexicana, sólo pasé el examen con ella en cuanto a mis respuestas pero no a como me vio en la pantalla. "Te veías feísimo". (La culpa, sin duda, era de mis orejas que no tengo manera de ocultarlas).
Exigente: todos la recuerdan así. Según lo escribía recientemente Heriberto Fiorillo en El Heraldo, no le daba paso a la retórica, ni a los párrafos aburridos o mal aderezados. Pero cuando algo le parecía bueno sus elogios eran entusiastas.
Generosa también y de una manera desmesurada. Otro rasgo propio de mi padre. Ambos gastaban sin precauciones y al fin al de su vida se quedaron sin un peso aunque con magníficos trajes y zapatos en su ropero. A nadie le negaban un favor dictado por la necesidad. Sus regalos eran copiosos y refinados.