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Fue en Sábado, un semanario político y literario de gran éxito en los años 40 dirigido por él, el promotor de los poetas de Piedra y Cielo, de los perfiles de políticos escritos por Juan Lozano y recogidos luego en un libro titulado Mis contemporáneos y yo, de los textos que configuraron la obra de Silvio Villegas La canción del caminante y de las famosas Bagatelas de Hernando Téllez. A Gabo, en Caracas, lo acosaba pidiéndole notas para sus publicaciones. Descubrió de inmediato su talento. "Gabito va a ser famoso -me pronosticó un día, cuando aquello no era aún evidente-. Es el único colombiano que va a hacer plata con la literatura".
Primeros pasos
Esa vocación editorial y periodística la prosiguió como nadie Elvira, mi hermana. La suya fue una vocación precoz. A los 8 años de edad su mayor entretenimiento era hacer diminutos periódicos que distribuía en las casas del barrio El Nogal donde vivíamos. Menos de 10 años después, terminados sus estudios en el colegio de La Enseñanza, mi padre la hizo responsable, con Josefina Lleras, de las páginas femeninas de Sábado, lectura obligada en los fines de semana.
Su primera entrevista a la declamadora argentina Berta Singerman estuvo a punto de ser para ella un humillante fracaso. Llevaba las preguntas anotadas siguiendo las indicaciones de Daniel Arango y de Eduardo Carranza. La declamadora debió considerar un agravio que hubiesen encargado para entrevistarla a una muchacha con pinta de escolar. Sin dejar de maquillarse ante el espejo de su camerino, en el Teatro Colón, sus respuestas, lanzadas con un desdeñoso acento porteño, eran más cortantes que una navaja. "Lo que me pregunta es un lugar común, una tontería", "Nunca contesto esa clase de preguntas, ¿no tiene algo más original que preguntar?" Al volver a su oficina, todavía con lágrimas por la humillación sufrida, Elvira reprodujo textualmente el calvario de aquel diálogo. Fue un éxito. Todavía lo recuerda García Márquez, quien lo leyó cuando aún era estudiante en un colegio de Zipaquirá.
Cuando trabajaba en Sábado, Elvira se enamoró de quien sería su marido: Diego Mendoza, un medio pariente nuestro que a ojo de mis tías y de mi padre no parecía el mejor partido. Nada tenía que ver con los poetas que tanto la querían y admiraban (Daniel Arango, Andrés Holguín, Carlos Martín, Eduardo Carranza). Era un hombre simpático, muy vivo, con fama de trasnochador y mujeriego, muy hábil para vender publicidad, pero incapaz de encontrarle encanto a una metáfora o de detener su atención en una prosa de Hernando Téllez.
A su lado, primero en Bogotá y después en Caracas donde mi padre tuvo que purgar un largo exilio de 13 años por conspirar contra el Gobierno de Ospina Pérez, Elvira pareció abandonar su oficio para convertirse en esposa fiel y sufrida ama de casa, enamorada de un marido simpático y algo calavera que trasnochaba jugando al dominó con sus amigos y olvidaba pagar a tiempo el alquiler o los pedidos al carnicero de la esquina. Recién llegado de París, donde había iniciado estudios de Ciencias Políticas, yo había logrado ser entonces jefe de redacción de la revista Elite, de la cadena Capriles. "Consígueme un trabajo allí -me rogó Elvira una mañana-. Necesito disponer de algún ingreso". Todo lo que pude encontrarle fue un puesto de reportera, pésimamente pagado, en Últimas Noticias, un diario sensacionalista de gran circulación en Venezuela.