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A LAS 4:00 P.M. del miércoles pasado, cuando en Bogotá la gigantesca marcha de protesta de estudiantes y profesores de universidades y colegios públicos empezó a disiparse con ayuda de la lluvia, Policía y autoridades respiraron con alivio pues, salvo un incidente con estudiantes de la universidad Distrital, no hubo hechos qué lamentar.
Los 4.000 hombres desplegados para contener un plan que, según información de inteligencia, iban a poner en marcha las milicias urbanas de las Farc, apoyadas por grupos universitarios clandestinos, no tuvieron que enfrentar situaciones graves. En forma relativamente tranquila y en medio de arengas contra el Gobierno, avanzaron por las calles los manifestantes -100.000 según la Alcaldía y 280.000, según los organizadores-.
Los grupos radicales que suelen participar en las protestas se mezclaron con estudiantes y profesores y no se vieron armas o capuchas, ni hubo policías y estudiantes heridos o almacenes destrozados, como ocurrió el 1 de mayo y el día en que el presidente Bush llegó a la capital.
Sin embargo, hubo una nota amarga: la participación de menores en la marcha lanzando arengas que, según personas que los interrogaron en las calles, no sabían qué significaban. Esto generó la protesta de mucha gente que llamó a la emisoras de radio y escribió cartas a las redacciones de los periódicos, y que llevó al Concejo de Bogotá a proponer un proyecto de acuerdo que prohíba la participación de menores en este tipo de actos.
La marcha del miércoles fue una más de las que desde mediados del año pasado vienen realizando estudiantes y maestros para protestar contra el proyecto de reforma de las transferencias que, dicen ellos, disminuye los recursos destinados a educación y abona el terreno para la privatización de las universidades públicas, y cuyas consecuencias han sido la cancelación del semestre académico en la Universidad Nacional,
-algo que no ocurría desde 2.001-, el cierre de la Universidad Pedagógica, y la toma por parte de los alumnos de 36 colegios distritales, dos de los cuales han tenido que ser desalojados por la fuerza.
Cristian Del Real, quien fuera el niño genio de los timbales, hoy se dedica a la música clásica.
El debate sobre las transferencias entre el Gobierno y la oposición promete aumentar de volumen.