Al escapar de las Farc, el policía Jhon Frank Pinchao demostró que sí es posible intentar un plan de fuga y salir vivo en el intento.
En octubre de 1998, Colombia vivía una especie de luna de miel con el recién iniciado mandato de Andrés Pastrana, cuyo equipo de gobierno avanzaba en el propósito de despejar cinco municipios del sur del país para iniciar negociaciones de paz con el secretariado de las Farc.
Los preparativos progresaban en forma vertiginosa cuando el país fue sacudido por la noticia de que medio millar de guerrilleros de las Farc asumieron a sangre y fuego el control del municipio de Mitú, capital de Vaupés.
Lo alejado del lugar hacía difícil una operación de retoma de la localidad, pero Pastrana presionó a la cúpula militar, que en forma audaz ocupó Mitú con patrullas especiales lanzadas sobre la selva en las horas de la noche. Pero ya era tarde y el balance de la incursión subversiva no podía ser peor: 16 policías asesinados y otros 61 secuestrados porque se les acabó la munición.
Tres años más tarde, en junio de 2001, en desarrollo de un intercambio de guerrilleros presos por militares y policías en poder de las Farc, fueron liberados 242 uniformados, entre ellos 54 de la toma en Mitú. Atrás, en la inmensidad de la selva, quedaron el coronel Luis Mendieta, el teniente Javier Rodríguez, el sargento César Lasso y los suboficiales Luis Peña y Jhon Frank Pinchao.
Este último se convirtió en protagonista de una de las noticias más importantes de la semana pasada, luego de que en una arriesgada decisión escapó del lugar donde estaba cautivo en las selvas del Vaupés.
Al júbilo por la temeraria acción de Pinchao, que deambuló por 12 días en la selva hasta que fue hallado casi moribundo por indígenas que lo atendieron con esmero, siguió la expectativa por el relato de sus largos años en cautiverio y por conocer la suerte de los otros secuestrados que estaban con él. En tal sentido, contó que por cerca de dos años estuvo recluido en un pequeño campamento con la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, el ex congresista Luis Eladio Pérez, siete miembros del Ejército y tres militares estadounidenses.
En medio de su delicada condición médica producida por la desnutrición, Pinchao contó que Betancourt intentó escapar en cinco oportunidades y que una de ellas, en compañía de Pérez, se prolongó por espacio de cinco días, pero fue recapturada por los subversivos. Por esa razón le disminuyeron las porciones de comida y le quitaron el pequeño radio en el que escuchaba noticias.
La fuga
Betancourt, según el suboficial, se enfermó de hepatitis y permanece encadenada la mayor parte del día, pero aún así mantiene su fortaleza y en muchas ocasiones asume una actitud agresiva con los guerrilleros que la custodian y hasta discute con sus compañeros de cautiverio. Cuando la liberan de sus ataduras, hace gimnasia y escribe. Pero, una noche, en un momento de desesperación rompió los cuadernos que había escrito en los últimos años.
Respecto a Keith Stancell, Mark Goncalves y Tom Howes, los tres militares estadounidenses secuestrados en febrero de 2003, Pinchao dijo que los guerrilleros los mantienen encadenados todo el tiempo y cada hora uno de ellos revisa que los candados estén en su lugar.
Luego, el uniformado hizo un extenso relato de su fuga, que estuvo precedida por un intento fallido en compañía de Betancourt y Pérez. En efecto, en abril pasado, habían almacenado comida suficiente para sobrevivir por varios días en la selva, pero de repente los dos políticos discutieron y el plan fue abortado.
Hasta que, en los primeros días de mayo, aprovechó un torrencial aguacero para escapar en medio de la oscuridad y una intensa tormenta eléctrica. Antes de correr para esconderse en la manigua, tomó la comida almacenada durante semanas por Betancourt y Pérez. En los siguientes días siguió el curso del río Apaporis, en el área comprendida entre la desembocadura del río Cananarí y su confluencia con el río Caquetá.
Para evitar que los subversivos localizaran sus huellas, Pinchao optó por caminar por la mitad del río. Hasta que, exhausto, fue hallado por varios indígenas que lo llevaron a sus viviendas y lo alimentaron durante varios días. Finalmente, el martes de la semana pasada, cuando ya estaba recuperado y podía caminar sin dificultad, sus anfitriones ocasionales le dijeron que no lejos de ahí estaba un comando jungla de la Policía que patrullaba la región.
Pinchao siguió las indicaciones y no tardó en localizar a los uniformados, que cuando lo vieron estallaron en un sonoro aplauso. Lo que ocurrió después, es historia. El policía, convertido en héroe por un día, visitó al presidente Álvaro Uribe y luego fue internado en el hospital de la institución en Bogotá, donde los médicos decidieron aislarlo porque padecía un agudo cuadro de desnutrición.
Ahora, con Pinchao como testigo de excepción del calvario que sufren los secuestrados en poder de las Farc, es previsible que la Policía aproveche la información del uniformado para desarrollar operaciones encaminadas a localizar el campamento donde los guerrilleros mantienen a los rehenes. Pero como ocurre en estos casos, en los que los secuestradores son burlados, también es posible anticipar que los hayan cambiado de lugar y extremado los cuidados para evitar que escapen.