Abril 20 de 2007

Los hijos de Ralito

Más de 40 madres solteras con hijos de 'paras' que las abandonaron, esperan que el Gobierno les tienda la mano.

"USTED NO SE IMAGINA lo que debo hacer para vivir, es muy duro porque no tengo un marido que me ayude con su manutención. Por ahora, mis hijos y yo nos alimentamos con los 90.000 pesos que me gano al mes. Donde me quede sin este trabajo nos morimos de hambre", dice Arnoli Ávila, una menuda mujer que no sobrepasa los 30 años y que hoy sobrevive con sus cuatro hijos de lo poco que gana como mesera en el único restaurante de Santa Fe de Ralito, el corregimiento de Tierralta, Córdoba, que sirvió como sede de las conversaciones de paz del Gobierno con las Auc.

Arnoli es una de las muchas madres solteras que hay en la que fue llamada zona de ubicación y que paramilitares desmovilizados dejaron embarazadas y luego dejaron con sus hijos y sin medios para mantenerlos. Hijos y madres de Ralito, abandonados a su suerte, porque ni Arnoli ni las mujeres que como ella tuvieron relaciones con miembros de las Auc, se atreven a reclamar sus derechos o a revelar la identidad de aquellos que las preñaron y luego se fueron de la región.

En Ralito impera la ley del silencio. Nadie habla mal de los desmovilizados, pero en voz baja mencionan nombres como el de La Perrita, un ex combatiente de apellido Vidal, a quien atribuyen la paternidad del hijo de Arnoli y del que se desconoce su paradero. "No quiero hablar del tema", dice la joven madre.

Dubis, en cambio, sí habla. Tiene 20 años y no ha hecho el bachillerato. Asegura que el padre de su bebé de seis meses se llama Enrique Cárdenas, un tipo al que le decían Trompoloco. "No me acuerdo en qué bloque trabajaba, sólo sé que era paramilitar y que se fue sin dejar rastro -afirma-. Ellos vinieron, prometieron y nos dejaron en el completo olvido. Al menos así quedé yo".  Vive en una pequeña casa de dos habitaciones que comparte con su mamá, su abuelo, dos menores y su pequeño hijo. La pobreza es su realidad. Los siete sobreviven con los pocos pesos que le deja una tienda de víveres.

Arnoli, Dubis, Lili Janeth, Ester, Lili Luz y más de 40 jóvenes que tienen hijos de desmovilizados, sienten que para ellas no hay futuro ni en Ralito, ni Bonitoviento, Nueva Granada, Betania, Nuevo Paraíso, Quebradacosta, Los Galones y Aguaditas, corregimientos que vieron pasar los millones de los jefes paramilitares que controlaban la región, pero que a ellas sólo les dejaron frustración, tristeza, pobreza, desilusión... "Muchas jóvenes se dejaron enamorar de los paramilitares -dice Ana María Ana Ávila, líder comunal de Santa Fe de Ralito-. Ellos dejaron hijos regados en esta región y se volaron o están detenidos en alguna parte. Las madres esperan a que alguien les ayude".

La realidad de las madres y los hijos de los desmovilizados de Ralito es dramática. Viven en condiciones de extrema pobreza, difíciles de superar en una zona que presenta índices muy altos de necesidades básicas insatisfechas. "La situación es preocupante porque la mayoría de esas mujeres en ocasiones no tiene ni para comer -asegura Ávila-.  Y pocos se atreven a denunciar este fenómeno que acentúa el problema de pobreza de las familias de la región".

El presente es cruel y no menos cruel pinta el futuro para unos niños que, sostiene la líder comunal, "crecerán con el resentimiento de haber sido abandonados".

Santa Fe de Ralito, un pueblo distribuido en unas pocas calles polvorientas, es hoy un pueblo fantasma de 1.300 habitantes sin mayores oportunidades de progresar. Las fincas de los jefes paramilitares -Salvatore Mancuso, Francisco Javier Zuluaga, Gordo Lindo, y los hermanos Miguel y Víctor Mejía Múnera, Los Mellizos, entre otros-, que un día fueron fuente de empleo hoy están  abandonadas; 15 policías, una corregidora que visita la población cada 15 días y un centro de salud casi en ruinas testimonian la desidia y la indiferencia del Estado que sólo a comienzos de este año se dio por notificado.

La Defensoría del Pueblo y el Instituto de Bienestar Familiar conformaron un equipo interinstitucional para que visitara la zona, y aunque algunos funcionarios aseguran que en Ralito nadie quiso hablar abiertamente sobre las madres y los hijos abandonados por los paramilitares desmovilizados, dieron asesoría a más de 100 personas y asistieron a niños con problemas de desnutrición. "Hicimos intervención psicosocial para los casos de conflictos de pareja, orientación sobre crianza y solucionamos algunos problemas de alimentación a los que les hacemos un seguimiento periódico", aseguró Beatriz Vuelvas, coordinadora del ICBF en Tierralta.

Son pañitos de agua tibia para una realidad que requiere mucho más que una presencia débil y esporádica de las instituciones del Estado. Sin embargo, algunos en Ralito piensan que la Ley de Justicia y Paz que supone verdad, justicia y reparación para las víctimas, podría ser un instrumento para que esas madres reclamen por el abandono de los que ellas llaman "los hijos de la negociación". Vana esperanza. La Ley es aplicable sólo a aquellos que figuren en la lista de elegibles para acogerse a los beneficios que ella contempla, que no incluye al grueso de los combatientes, la mayoría ya por la libre, y entre los cuales están los padres de esos hijos abandonados. 

QUÉ HACER

Elvira Forero, directora del ICBF, le dijo a CAMBIO que la estrategia con las madres solteras de Ralito es "trabajar con ellas en temas como educación y salud sexual y reproductiva, vincularlas al programa de desayunos infantiles del ICBF y al Sisbén, y gestionar para  incorporarlas al programa de Familias en Acción, que les representa un subsidio condicionado nutricional, económico y educativo para sus hijos. Esta sería nuestra misión con ellas".

 

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