"El mundo sería muy aburrido sin libros": Ana Roda

Foto: Abel Cárdenas

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CAMBIO. Su carrera ha sido entre libros, sobre todo en el campo editorial, ¿el paso a la dirección de la Biblioteca Nacional qué significa? 

ANA RODA. Es muy raro porque a mí siempre me gustó el trabajo silencioso y artesanal con el libro. Confieso que desde que era traductora y correctora de estilo, disfrutaba mucho ese trabajo porque nadie se da cuenta que se hizo, porque en la medida que esté bien hecho es transparente, no se nota. Y confieso que ahora, que he dado la vuelta por dentro de la Biblioteca me ha vuelto a surgir esa idea de que este tenía que ser mi destino, pero no sentada en esa sala tan linda en la que estoy sentada sino que yo estaría feliz estando allá metida otra vez, detrás, trabajando con el libro y con esos archivos, esa sería mi felicidad en la vida, pero no sé por qué me tocó allá, entre cuatro teléfono y una pantalla de televisión.

¿Qué representa para usted la BNC?

Me representa respeto porque guarda nuestra historia, nuestra memoria. Creo que ahora sí me metí en un campo totalmente distinto de lo que había hecho hasta ahora. De otra manera es lo mismo en la medida en que si alguna vez mi trabajo fue lograr que un libro traducido a otro idioma pudiera producir la misma sensación en castellano y llegar a un lector, era lo mismo, era tratar de que algo que está ahí ponerlo en manos de otra persona, que es de alguna manera lo que hice también con Libro al Viento, esto es lo mismo pero de otra manera, hay esos archivos y esos fondos impresionantes, a uno le duele pensar que haya una miscelánea con documentos que nadie sabe que existen porque no están clasificados. Hay que poner a la luz todo eso.

¿El reto más grande?

 Leyendo la historia de la biblioteca, parece que desde 1777 hasta hoy la situación no ha cambiado mucho: no hay espacio, no hay personal, los libros están sin clasificar... siempre se va a quedar corto el trabajo. Creo que hay que meterle recursos. Una biblioteca nacional merece el respeto del país, es una entidad venerable porque es nuestra historia, nuestra memoria, por eso tiene que haber voluntades, no sólo estatal, para traerla al siglo XXI.

¿De dónde su amor por la literatura y los libros? 

En mi casa era una tradición que mi mamá nos leyera en voz alta a mis hermanos y a mí, tanto que sólo hasta los nueve años pudimos ver televisión... Nos leyó mucha cosas que no siempre entendimos, como Shakespeare, pero siempre quedó la idea de un mundo que estaba más allá de las cuatro paredes en las que vivíamos. Eso me sedujo hasta el punto de que el mundo me parecería muy aburrido si no tuviera esa posibilidad.

¿Sigue siendo fundamental la persona que le lea al niño o es mejor que sea él mismo el que se acerque en la librería y escoja lo que quiere leer?

Creo que son ambas cosas, aunque puedo estar basándome en mi experiencia. La lectura leída enriquece mucho el aprendizaje, porque, por un lado, si es un niño al que le está leyendo un adulto se crea una relación entre esos dos seres, que es compartir algo y por otro lado, para mí el lenguaje literario tiene mucho que ver con ritmo, con cadencia, con sonido, así uno no entienda lo que le están leyendo en ese momento, las palabras están evocando cosas y el hecho que se las estén leyendo en voz alta con un ritmo bien puesto creo que es una introducción a la literatura.

¿De libros leídos en la adolescencia cuáles le dejaron marca?

Me marcaron Crimen y castigo de Dostoievski, que me revolvió la sangre y con el cual me convertí en lectora autónoma, y Cuatro años a bordo de mí mismo de Eduardo Zalamea, que me llenó de vida, de rabia... soy una lectora romántica, apasionada y crédula como El Quijote y Madame Bovary, no como Cervantes, ni racional e inteligente.

¿Cuáles no volvería a leer?

No volvería leer a Herman Hesse.

¿Cuál de los libros que ha traducido le gustó más traducir?

El Señor Malaussène de Daniel Pennac. Cuando lo leí en francés creí que no iba a ser capaz de traducirlo porque había mucho argot y hacerlo sin que sonara falso era un reto. Otro que fue muy divertido por bobo y fácil fue una novela de John Grisham que debía traducir del español de España al latinoamericano: tuve que llamar muchas veces mi papá para preguntarle por el significado de muchas palabras. 

A propósito de su papá (el pintor Juan Antonio Roda) también le leía libros como su mamá? 

No, él me hablaba. Y si bien mi mamá representa la infancia en mi vida, mi papá fue clave en la adolescencia, quizás porque él mismo tenía el entusiasmo de un adolescente. Lo que más me marcó de él fue un viaje que hicimos a Europa cuando yo tenía 18 años. Fuimos a París y él me llevó a conocer los museos, a la calle donde el señor que asaba castañas...Me mostró ese mundo que había sido el suyo de joven con el mismo entusiasmo que sintió entonces. Recuerdo haber pasado frente a un cuadro, en el Louvre, en una sala donde yo decía `no hay nada que me guste, no hay nada interesante¿ y de repente oí a mi papá dando unos alaridos llamándome `tienes que ver un cuadro¿, justo uno por el que había pasado... era un Goya, pero no de los tremendos, sino una señora con unos zapatos de seda, aburridísima, y me explicó por qué era importante, y me mostró su pasión y el por qué de la luz, y de las pinceladas una al lado de la otra...

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