Al cierre Rodrigo Pardo

27/01/10

Un mal rasguño

Al gobierno de Samper no le convenía la muerte de Gómez Hurtado, quien además había sido un aliado cercano.

Me sorprende que la incoherente declaración de Luis Hernando Gómez Bustamante, alias ‘Rasguño’ —dada a conocer por La FM la semana pasada— haya recibido tanta atención y que varios columnistas la consideren factible. El siniestro narco del Cartel del norte del Valle afirma —14 años tarde— que el asesinato de Álvaro Gómez fue cometido con la anuencia del presidente Ernesto Samper y su ministro del Interior, Horacio Serpa. Hace unos meses el ex ministro de Defensa Fernando Botero había dicho algo parecido, pero casi nadie lo tomó en serio: ‘Rasguño’ levantó más polvareda que Botero.

La polarización que generó el Proceso 8.000 hace que la temeraria acusación sea bien recibida entre los contradictores de Samper y de Serpa. Pero una cosa son los sentimientos hacia unos actores de la política y otra, muy distinta, el juicio objetivo sobre un asunto tan grave. La versión de ‘Rasguño’ es absurda. Semana la desecha con buenos argumentos, y la verdad es que Samper y Serpa no tenían motivos para atentar contra Gómez y que ninguno de los dos tiene la mentalidad criminal que se necesita para considerar semejante magnicidio.

Gómez Hurtado fue aliado político del gobierno Samper y su amigo durante mucho tiempo. Su antipatía hacia Andrés Pastrana lo llevó a acercarse al candidato liberal en 1994, y a su campaña se vincularon alvaristas como Rodrigo Marín Bernal. Un sobrino de Gómez, Daniel Mazuera Gómez, fue ministro de Comercio Exterior.

En calidad de canciller, tuve con Gómez Hurtado una apreciable cercanía. Los temas internacionales le interesaban en forma especial y por esa razón analizamos juntos, casi siempre en la biblioteca de su apartamento en Bogotá, temas de política exterior. Gómez había asumido la tesis de que Colombia debía promover la legalización de la droga, que no podía compartir el Gobierno. Pero aceptaba que, al menos, se debería buscar un tratamiento multilateral —a través de la ONU— y más equilibrado en el tratamiento de la oferta y la demanda. “Váyase a Viena y no a Washington”, me decía en alusión a la agencia contra las drogas de la ONU, que quedaba en la capital de Austria.

Álvaro Gómez fue modificando su posición hacia el gobierno Samper y al final escribió un par de editoriales pidiendo la renuncia del Presidente. Esa era la opinión mayoritaria entre los editorialistas y entre los columnistas, y la voz de Gómez no era predominante ni sobresaliente. Pensar que en ese escenario al Gobierno le conviniera la muerte de su ex aliado no tiene pies ni cabeza y más bien habría que recordar la conmoción que causó el magnicidio: Gómez, polémico y odiado por los liberales, había sido uno de los principales protagonistas de la política en la segunda mitad del siglo XX. Su ignominioso homicidio produjo el momento más difícil de la presidencia de Samper porque alimentó la percepción de que se perdía la gobernabilidad y que el precio de su continuidad en el poder era demasiado alto: el atentado, lejos de beneficiarlo, puso contra las cuerdas al Gobierno.

Tampoco me suena la idea de que Gómez preparaba un golpe de Estado contra una administración de la cual había estado cercano y en cuyo Gabinete ministerial todavía estaba su sobrino. En sus escritos y propuestas siempre se ocupó de reformas para hacer más operativas las instituciones: Gómez no estaba contra el Estado de Derecho y el tal golpe contra Samper no era más que un tema de tertulia entre conversadores de nivel intelectual muy inferior al político conservador.

El jueves pasado el ex embajador Myles Frechete —el más pugnaz opositor de Samper— le quitó toda credibilidad a la versión de ‘Rasguño’. Lo mismo hizo el ex fiscal Alfonso Valdivieso, promotor del Proceso 8.000. Pero los bandidos saben que la Justicia lenta y por eso lanzan historias que aunque al final son descartadas por los jueces, en el corto plazo son resaltadas por los medios. Un juego peligroso que solo les conviene a los ‘Rasguños’ de turno.

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