Uribe resucitó el referendo y así debilitó el debate, congeló la campaña y le quitó credibilidad a las elecciones.
No han sido bien analizados los efectos de la desafortunada decisión del presidente Uribe de jugarse a fondo por el referendo, tal vez porque muchos creen que la ofensiva es tardía y no logrará resucitar al muerto, o porque los detalles de la misteriosa reunión del Presidente y sus bancadas en Palacio no se conocen de manera completa. Solo ha habido versiones parciales según las cuáles Uribe, por primera vez, pidió votar el referendo, dijo que si pasa será candidato, y soltó la idea de hacerlo el sábado 13 de marzo, un día antes de las elecciones de Congreso.
Lo cierto es que las consecuencias son nefastas. Se terminó la breve luna de miel que tuvieron las campañas de la veintena de aspirantes de todos los partidos que habían impulsado sus actos y propuestas, y anticipaban un panorama político interesante con una hoja de ruta para un buen debate que depuraría las candidaturas y permitiría llegar a mayo con un grupo sólido y capaz. Una oportunidad que no existe en ninguno de los países vecinos.
La sombra de la reelección volvió a oscurecer el camino. Frente a Uribe la lista de buenos candidatos queda eclipsada. En el corto plazo se congela mientras terminan de definirse los vericuetos del referendo, proceso que tomará el resto del año. La primera damnificada con la resurrección de la segunda reelección es la campaña electoral porque frena el debate. Los perfiles, ideas y actos de los candidatos se ven opacados o postergados por el fatigante proceso de cambio de la Constitución.
Más grave aún son las secuelas del embeleco reeleccionista sobre la credibilidad de las elecciones. Si se frustra en alguna de las etapas que faltan, quien salga elegido tendrá que cogobernar con la sombra del Uribe que querían las mayorías y que fue frenado por las reglas. Si no, la campaña será lánguida y no tendrá credibilidad porque la verdadera elección no será la del 30 de mayo sino la del referendo. La abstención, por definición, crece cuando los votantes sienten que ya todo está definido.
Infortunada también la idea de hacer el referendo en vísperas de las elecciones parlamentarias. Devela un interés por vincular las candidaturas al Congreso con las posiciones de los aspirantes sobre el referendo. Si se mantiene la popularidad de la reelección —lo más probable—, la oposición a la enmienda se volverá costosa. Todo quedará convertido en una burda estrategia para que el uribismo tenga en su tercer cuatrienio mayorías aún más aplanadoras que las de los dos primeros. El daño a la legitimidad sería doble, en el Ejecutivo y en el Legislativo, y eso sin mencionar el peligro que significa llegar hasta marzo sin definir las reglas de juego para las presidenciales de mayo. Cosas típicas de una república bananera.
El referendo retrasado, además, deja sin piso la ley de garantías que se aprobó en 2005 para la primera reelección. Entre otras cosas, ella estipulaba que, por obligación, el Presidente tenía que anunciar su candidatura seis meses antes de las elecciones, fecha a partir de la cual tenía restricciones en materia de nombramientos, celebración de contratos y uso de los canales del Estado. El objetivo: equilibrar la competencia. Ahora nadie sabe si la ley, de por sí insuficiente, está vigente y eso es malo: si lo está, tendrán que violarla o reformarla porque cuando se apruebe el referendo quedarán menos de los seis meses estipulados, y si no lo está, pues no habrá garantías para los aspirantes diferentes a al Presidente-candidato.
Al propio Uribe no le conviene haberse metido de lleno al ruedo. Se le acabó el cuento de que la reelección no es su obsesión, y de que es el pueblo el que lo reclama. Sus maniobras de los últimos días para superar el atolladero de la conciliación en el Congreso no lo muestran como un estadista diferente a los caudillos de los países vecinos. Es lo mismo pero con otro nombre.
Ojalá ese muerto siguiera muerto.