Mientras Obama se rodea de pesos pesados, a Uribe se le desgasta el gabinete y no lo cambia.
El presidente Uribe debería aprender de Barack Obama. Mientras en Estados Unidos el presidente electo está formando un equipo de gobierno con pesos pesados que nadie pensó que pudieran caber en una misma mesa, aquí las principales carteras ministeriales están acusando un grave desgaste que amenaza la capacidad de gestión del Ejecutivo.
Obama se la está jugando por la experiencia, el conocimiento y el peso político. Tres de sus rivales en las elecciones primarias —Joe Biden, Hillary Clinton y Bill Richardson— estarán a su lado los próximos cuatro u ocho años. También los ex secretarios del gobierno saliente, como Robert Gates. El presidente electo no considera que sus anhelos de cambio necesitan una renovación generacional. ¿Quién se habría imaginado, después de su victoria contundente y refrescante, que sacaría de su retiro a Paul Volcker, de 81 años, para convertirlo en su principal asesor económico?
En Colombia se pensaría que una cuadrilla de viejos bloquearía las reformas. Obama cree que su proyecto de transformación, en medio de una crisis de proporciones históricas, es más factible con personas expertas. Su papel será dar línea y buscar que las agendas propias de tanto gurú se orienten en la misma dirección, lo cual implica una concepción de su función como presidente, más asociada a la de líder que a la de ejecutor. Director de una orquesta de grandes protagonistas, Obama demuestra que se tiene confianza, que no teme ser opacado y que le juega a la unidad para enfrentar la adversidad. De paso, compromete con su causa a quienes podrían ser posibles rivales en el futuro.
De Álvaro Uribe se ha dicho, con razón, que tiene ministros con trayectoria y funciones de viceministros para asegurar su obediencia, regañarlos en los consejos comunales y mandar. El Presidente es la verdadera cabeza en la mayoría de las carteras. Hay funcionarios técnicamente valiosos y capaces, pero jóvenes y sin pretensiones políticas en varios despachos. En Comercio Exterior, Comunicaciones, Minas… hay rostros que la opinión pública escasamente reconoce. Uribe no lidera su grupo, sino que ejecuta, y por eso no pudo compartir espacios con los temperamentos de Roberto Junguito, Fernando Londoño y Martha Lucía Ramírez, en su primer cuatrienio.
El esquema uribista está haciendo crisis. Una cosa es gobernar con pesos livianos y asumir la microgerencia de todo en épocas de vacas gordas y en plena luna de miel, y otra muy distinta cuando el panorama se ensombrece por el desgaste, los falsos positivos, la recesión de la economía mundial, la desaceleración del PIB nacional, DMG, ‘pirámides’…
Varios ministros están al borde de la parálisis. El de Hacienda, Óscar Iván Zuluaga, está achantado porque se deterioraron sus relaciones con su jefe y amigo a raíz de su omisión ante la crisis de DMG, justo cuando la economía entra en su peor momento. El del Interior, Fabio Valencia, quedó herido en un ala con el escándalo de su hermano, el ex fiscal de Antioquia, y no ha podido con la agenda legislativa. El de Protección Social, Diego Palacio, bajó la cabeza desde el lío de la ‘Yidispolítica’. El de Defensa, Juan Manuel Santos, no es considerado interlocutor por parte de la oposición y no se habla con su antiguo partido. El de Transporte, Andrés Uriel Gallego, ha recibido tantas críticas por el fracaso del Plan 2500, que ya ni las contesta. El de Agricultura, Andrés Felipe Arias, gasta demasiado tiempo peleando con la senadora Cecilia López.
La semana pasada, la Casa de Nariño sacó un comunicado para desmentir insistentes rumores sobre una revisión del gabinete. Al presidente Uribe no le gusta cambiar funcionarios, y mientras más lo critican más los atornilla porque detesta hacer concesiones. Una terquedad que, para lo que se vislumbra en los próximos meses, puede resultar muy inconveniente. El ejemplo de Obama no debería desconocerse.