Opinión Fernando Quiroz

12/08/09

Diez años sin Garzón

Le hace una falta enorme a Colombia. Porque Jaime Garzón, además de cantar las verdades, las anticipaba.

En este país en el que asesinan todos los días —desde la izquierda, desde la derecha, los de arriba, los de abajo— pocas muertes recuerdo tan dolorosas como la de Jaime Garzón. En la Plaza de Bolívar, repleta de gente de todas las edades y de todas las condiciones que llegó para despedirlo, una pancarta ilustraba el sentimiento general del pueblo colombiano ante su desaparición: “Es la primera vez que nos haces llorar”.

Han pasado exactamente diez años, y su crimen sigue en la impunidad. En la vergonzosa y triste impunidad. En la desesperanzadora impunidad: porque no hay duda de que en otros diez años, mientras la Justicia estudia a última hora si declara la prescripción de este caso atroz, seguiremos en las mismas. Espero estar equivocado, por supuesto. Pero tal vez les suene conocido el caso de Luis Carlos Galán, y conozcan de sobra el final de estas historias sin final.

Solo quedan sospechas e indicios, pero nada claro. O, mejor, deducciones que se establecen sin mayor dificultad, pero ante las cuales los autores intelectuales se encargan de enredar la madeja de pruebas y de dilatar o refundir el proceso. Solo queda el eco de las palabras de algunos de los que se atrevieron a levantar el dedo acusador en su momento, como el hoy vicepresidente Francisco Santos, quien aseguró en su columna de El Tiempo que “en este caso no hay duda. A Jaime Garzón lo mató la extrema derecha militar”. Pero, como tantas veces, la acusación se pierde en el inmenso baúl de uniformes manchados de sangre a los que se les ha retirado la marquilla con el nombre.

Lo cierto es que no debían ser pocos los que vivían incómodos con las denuncias de Garzón, y aun más con el hecho de que las expresara en un tono que las hacía digeribles para todos los públicos. Con la ayuda de esa arma poderosa del humor, un don que le era natural, Garzón se convirtió en una suerte de fiscal de políticos, militares, extremistas, guerrilleros y traquetos, entre muchos otros. Pero Garzón era mucho más que un humorista. Era, sobre todo, un crítico profundo de la sociedad y del sistema. Era, como lo dice el periodista Germán Izquierdo en el título del libro que acaba de publicar sobre él, “el genial impertinente”.

Además de ofrecer un completo y entretenido perfil sobre el personaje, Izquierdo recoge algunos de los apuntes más significativos de Garzón en su truncada carrera. Hay uno que forma parte de mis favoritos y que sucedió cuando era alcalde de Sumapaz, poco antes de su debut en los medios de comunicación. A su despacho en aquella paupérrima localidad llegó una solicitud de la Alcaldía Mayor de Bogotá —cuando Andrés Pastrana gobernaba desde el Palacio Liévano— para que se sirviera “notificar las casas de lenocinio autorizadas en su zona”. La respuesta de Garzón fue contundente: “Después de una inspección visual, informo que aquí las únicas putas son las putas Farc”.

Era apenas un anticipo de esa suma de irreverencia y de agilidad mental que les trasladó a personajes emblemáticos como Dioselina Tibaná, Néstor Elí, Inti de la Hoz, Frankestein Fonseca, el vocero del Quemando Central y, sobre todo, al muy recordado lustrabotas Heriberto de la Calle.

A propósito de esta década de ausencia, Izquierdo consigna en su libro las palabras de uno de los grandes amigos y cómplices de Garzón, el periodista Antonio Morales: “Hace mucha falta, Jaimito, para que cante las verdades”. Adhiero sin restricciones. Nos hace falta. Le hace una falta enorme a Colombia, y sobre todo en momentos como este. Porque Jaime Garzón, además de cantar las verdades, las anticipaba.

Júzguenlo ustedes mismos con esta joya que les dejo de despedida, una intervención de otro de sus personajes memorables, Godofredo Cínico Caspa, pronunciada cuando nuestro actual Presidente era Gobernador de Antioquia: “…un hombre de mano firme y pulso armado, líder que impulsa con su aplomado cooperativismo pacíficas autodefensas. (…) Será él quien por fin traiga a los redentores soldados norteamericanos, quienes humanizarán el conflicto y harán de Uribe Vélez el dictador que este país necesita”.

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