Lógicas Paradójicas Alfredo Rangel

12/02/07

El precio de la verdad

Se equivocan quienes creen que la paz y la reconciliación nacional son caminos de rosas. Todos los países en conflicto que han llegado a acuerdos de paz con distintas dosis de verdad, justicia y reparación, han tenido que sufrir periodos de transición muy traumáticos y dolorosos. En contraste, aquellos que han apelado al perdón y al olvido y mediante leyes de indulto y amnistía –o sin ellas como el caso de España– resolvieron sepultar su pasado en aras del futuro, y han sanado lentamente sus heridas sin mayores sobresaltos. Como no soy fundamentalista, sino realista y pragmático, creo que ambos caminos son válidos para lograr la paz, que es una condición esencial para la vida y para la libertad.

La verdad y la justicia no son valores universales ni absolutos. Son relativos y temporales. Hace 15 años, en Colombia era “políticamente correcto” aceptar el indulto y la amnistía, perdón y olvido para las guerrillas. Hoy es “políticamente correcto” exigir verdad, justicia y reparación a los paramilitares. Hace 15 años hubiera sido “incorrecto” exigirles verdad, justicia y reparación a las guerrillas; hoy lo es proponer perdón y olvido para los paramilitares.

El problema es que lo “correcto” y lo “incorrecto” se empiezan a refundir cuando se trata de develar la verdad en medio de un conflicto tan complejo como el nuestro, con tantas facetas y protagonistas. La guerrilla, el narcotráfico, los paramilitares, la política y la corrupción se han entremezclado durante décadas en un confuso vórtice de violencia. Los vínculos y las múltiples relaciones de causa y efecto entre los distintos fenómenos no permiten establecer compartimentos herméticos en la búsqueda de la verdad.

Cualquier indagación rigurosa sobre la verdad histórica y judicial de un fenómeno conduce inevitablemente a la indagación de otros fenómenos con él relacionados. Entonces hay que estar dispuestos a averiguar la verdad simultáneamente de todos los fenómenos, sin excepción. Y creo que no lo estamos: hay verdades tabú, como las que no han confesado las guerrillas ya desmovilizadas.

También es inevitable que en el proceso se digan muchas verdades, verdades a medias, mentiras y calumnias. Como lo es que el debate se polarice, se politice y se personalice. Porque una verdadera búsqueda de la verdad es un gigantesco y masivo ajuste de cuentas personales, políticas y judiciales de quienes estuvieron relacionados directa o indirectamente con las múltiples expresiones y protagonistas del conflicto.

Entonces, ¿cómo así que hay que bajar la voz, suavizar el tono y ser delicado con las palabras? Si lo que está en juego es la asignación de responsabilidades políticas y penales de décadas de dolor y sufrimiento, es inevitable que al abrir la caja de Pandora de la verdad se desaten todas las furias, se exalten los ánimos y broten las pasiones. Al pan, pan; y al vino, vino. O callemos para siempre.

Pero si tenemos temor de que la verdad quiebre nuestras instituciones o nos conduzca a una reproducción de la violencia, si no nos sentimos maduros para encarar la verdad, entonces corrijamos el rumbo hacia el camino alternativo de las amnistías, los indultos, el perdón y el olvido. El mundo tendría que comprenderlo y aceptarlo: la paz es un ejercicio de soberanía. Pero decidámoslo libre y autónomamente de una vez, antes de que se nos vengan encima los acuerdos de paz con las Farc y el Eln, el trauma de la verdad sea aún mayor, se haga imposible la paz o, a regañadientes, humillados y ofendidos, nos veamos obligados a aceptar el trago amargo del olvido forzoso. Decidamos.

 

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