De Frente. Maria Elvira Samper

11/02/09

La nueva presa de Uribe

Sectores de la sociedad civil están abriendo trocha en la dirección de un acuerdo humanitario, y eso no significa ser afín, idiota útil o defensor de las Farc.

Desde mi re

tiro forzoso, lejos del tráfago de la sala de redacción, seguí el proceso de liberación del ex gobernador Alan Jara, el ex diputado Sigifredo López y los uniformados Wálter Lozano, Juan Galicia, Alexis Torres y William Domínguez. Me quedó la desoladora sensación de que el Gobierno no quiere saber sino de echar plomo, que tolera mal y es mezquino con quienes, como Piedad Córdoba y el movimiento Colombianos por la Paz, creen en la solución negociada del conflicto y han hecho posible que las Farc hayan realizado liberaciones unilaterales de secuestrados.

También me quedó claro que no fueron los periodistas Jorge Enrique Botero —que se equivocó al hacer prevalecer su condición de periodista sobre su papel de garante—, y Holman Morris —presente en el sitio de las liberaciones—, los que pusieron en jaque la operación. El responsable fue el Gobierno que ordenó sobrevuelos militares que violaban el protocolo establecido con la Cruz Roja. Pero para desviar la atención se ensañó contra los periodistas Botero y Morris y los convirtió en chivos expiatorios. Morris fue condenado a priori, y curiosamente nadie se acordó de que Botero fue quien reveló hace unos años las condiciones infrahumanas en que las Farc tenían a los secuestrados en la selva. El valiente de ayer es hoy el “publicista del terrorismo”, según el presidente Uribe.

El Gobierno no nos mide a todos los periodistas con el mismo rasero. Nunca condenó a las tinieblas exteriores a los que entrevistaban a Carlos Castaño —o hicieron libros sobre él— o a otros miembros de las tenebrosas Auc. Se encarniza con los que no se limitan a hacer de correa de transmisión de la información oficial, con los que buscan otras voces, otras fuentes, opiniones diversas, con los que creen que la realidad es compleja y múltiple y que disentir no es herejía.

El Presidente anda siempre a la caza de enemigos y ahora encontró una nueva presa: el ‘bloque intelectual de las Farc que intenta desorientar al país con un discurso de paz”. Y aunque no mencionó nombres, blanco es y gallina lo pone… El halcón mayor lanzó sus garras contra el movimiento Colombianos por la Paz que, gracias al intercambio de cartas con las Farc, logró que seis secuestrados volvieran a sus hogares.

Si bien no se trata de agradecer las liberaciones unilaterales como gesto humanitario, es posible interpretarlas como una señal de que las Farc buscan oxígeno y de que, por fin, parecen haber entendido que se hicieron el harakiri al haber recurrido al secuestro como arma política. Así parecen indicarlo las dos reciente comunicaciones que ‘Cano’ y compañía le hicieron llegar a Piedad Córdoba, y en las cuales mencionan las últimas liberaciones como un gesto que puede contribuir a “desbrozar el camino hacia el acuerdo de canje”.

El Gobierno, que recuperó para el Estado la iniciativa perdida durante tantos años, debería capitalizar esto políticamente sin que signifique claudicación o debilidad, y sin necesidad de cambiar el corazón de su estrategia. Es una cuestión de voluntad política, no de apaciguamiento. Quiéralo o no, gústele o no, sectores de la sociedad civil están abriendo trocha en la dirección de un acuerdo humanitario, y eso no significa ni ser afín, idiota útil o defensor de las Farc. Son descalificaciones demasiado primarias y simplistas.

Lástima que tantos colombianos se hayan rendido en forma incondicional al discurso del Gobierno que ve a aliados de las Farc, “propagandistas de la violencia” y “publicistas del terrorismo” en todos aquellos que creen en la solución política. Ignoran o se les olvida que en el mundo la gran mayoría de los conflictos armados se han resuelto mediante negociaciones y no por una victoria militar. ¿Por qué podría ser distinta la situación en Colombia? La aniquilación de las Farc no está cerca ni la creo posible. ¿Entonces?

Publicidad