Google decidió la semana pasada que ya estaba bien de tanta censura en China. Tras la sospecha de que un gusano informático había penetrado el sistema operativo y 'jaqueado' cuentas de correo de defensores de derechos humanos y de decenas de empresas estadounidenses, puso al descubierto los planes maquiavélicos de los que era víctima. El comunicado puede leerse en googleblog.blogspot.com, bajo el título A new approach to China (Un nuevo acercamiento a China). Sorprende la gallardía de la empresa contra el impopular gobierno del Imperio del sol naciente.
El apoyo de la Casa Blanca no se hizo esperar, como tampoco la escueta reacción del acusado: el que quiera entrar a China debe someterse a las reglas, y Google no es una excepción. China persiste en los vetos virtuales a todo aquello que considere una amenaza para el régimen, y les paga a bloggers y permite buscadores como Baidu por alinearse con sus políticas. Estos métodos, de por sí reprochables, son requerimiento sine qua non para toda multinacional, tan importante -e imprescindible- como el buen agarre de los palitos chinos. Y las condiciones comprometen el fuero ético de empresas que controlan flujos de información como Google. Su protesta contra la intromisión china es legítima, unida a la defensa heroica de los más débiles.
Triste pero cierto, lo que parecía un cuento de hadas tiene su lado siniestro. La pita de Google -y su imagen prístina- empezó a enredarse en un punto de su pasado, el 27 de enero de 2006, cuando anunció el nacimiento de google.cn y con él su ingreso al mercado chino bajo las condiciones del Gobierno. En el documento titulado "Google en China", publicado en su blog, decía que no muchos estarían contentos con la decisión de "eliminar información sensible de nuestros resultados de búsquedas". Palabras más palabras menos, aceptaba someterse a la censura. Entonces, numerosas organizaciones defensoras de la libertad de expresión miraron con desilusión el portal que siempre había sido punto de referencia de un mundo sin mordazas. Solo había dos caminos, quedarse o irse, y Google se fue por el primero.
No son nuevas las historias de corporaciones que se adaptan a condiciones non sanctas en tierras ajenas, pero lo que sí dejó al mundo boquiabierto fue que una empresa de esa naturaleza pusiera el grito en el cielo por misteriosas intromisiones chinas en su sistema operativo. ¿Acaso no era de esperarse que en algún momento podía darse un abuso de confianza y que el Gobierno decidiera extender sus tentáculos hacia otros archivos de Google? ¿Cuáles fueron las condiciones que aceptó? ¿Publico estas fotos y censuro estas otras? ¿Doy esta información y me guardo esta otra? Lo cierto es que Google News fue una de las grandes víctimas del acuerdo: no podía publicar fotos del Dalai Lama, de la tragedia de Tiananmen y de "todo aquello que le disgustara al régimen".
Se veía venir
Sobra decir que el desastre se veía venir y que, tras haber aceptado condiciones tan limitantes, cuestionables y absurdas, es muy poco lo que puede exigir. La protesta actual brilla por sus vacíos. A veces dice que casi se 'jaquean' dos cuentas de correo, otras hablan de un proyecto de espionaje contra Estados Unidos jamás visto. No hay certeza de la magnitud, de la identidad de los perpetradores -si hubo o no complicidad de sus empleados-, ni del paso a seguir. Aún así, la sensación mundial es de solidaridad con Google y de decepción con China.
Pero el asunto no acaba ahí. De hecho, empeora para Google: en octubre de 2009 fue denunciada la publicación ilegal en Google Books de más de 18.000 libros de 570 autores chinos. Flagrante violación de un derecho humano que debería aparecer en la bandera de la libertad que ondea la empresa estadounidense. Pero no sale por ningún lado y solo con ese dato se siembra la duda sobre la legitimidad del reclamo ético. El historial de demandas y reclamaciones contra Google por romper la ley y corregir sobre la marcha, le ha ocasionado dolores de cabeza en países como Alemania, el propio Estados Unidos y España por violación de derechos de autor y por permitir el acceso gratuito a periódicos web de contenido pago. Una lista de actuaciones dudosas como estas produjo incontables opiniones en su contra en el caso que hoy está sobre el tapete. Y no es para menos: su historial no da para encarar a semejante dragón, como adalid de la libertad de Occidente. Google era consciente de las complicaciones que conllevaba montar sucursal en China pero tal vez jamás calculó su magnitud. Elliot Schrage, vicepresidente de Comunicaciones Globales y Relaciones Internacionales de Google, intenta justificarlo en un documento de 20 páginas publicado en el blog oficial de la empresa "Testimonio: Internet en China".
Ante ese salto al vacío, siempre quedará el beneficio de la duda sobre las verdaderas intenciones de una decisión tan complicada. Puede ser cierto que Google quisiera entrar al mercado chino, así fuera parcialmente y para, en la medida de lo posible, abrir ese país al mundo. Puede que su propósito fuera altruista y es posible que después de cuatro años de intentar ofrecer a un país sometido a un régimen dictatorial la opción de acceder al buscador más grande de la Red, haya decidido poner punto final al ensayo y decir "hasta aquí llegamos". Tal vez, y a pesar del rechazo que produjo su decisión de entrar en China bajo condiciones limitantes, su titánico esfuerzo de llevar un respiro de libertad a un pueblo oprimido no tuvo los resultados esperados.
El buscador Baidu sigue con el monopolio del mercado chino de cibernautas, el más grande del mundo. De esos 300 millones de usuarios, no más de un 35 por ciento 'googlea'. Un resultado precario para el motor de búsqueda que se jugó todo por ese país. A estas alturas del partido, Google le haría un favor a su imagen si pusiera todas las cartas sobre la mesa y llevara sus denuncias hasta las últimas consecuencias así le signifique cerrar google.cn e incluso olvidarse de China como centro de operaciones. Y no sin antes resolver el asunto espinoso con la Asociación de Escritores de China.
Desde ya, el gran ganador es Baidu, cuyas acciones se dispararon. El asunto tiene a Estados Unidos y a China con los pelos de punta y a la espera de que Google empaque sus maletas para regresar a casa. Pero los días pasan y no hay indicios de mudanzas ni de despidos masivos. El mundo sigue a la espera de que Google avance hacia el jaque mate o agache la cabeza. Las apuestas corren, unas a su favor y otras a favor de China. Lo cierto es que este "nuevo acercamiento" de Google con China, aún sin resolver, deja en evidencia a un país que todavía no se pone a tono con las libertades del siglo XXI y a una empresa de Internet que se enfrenta a la disyuntiva de sentar un precedente libertario o de quedarse en un mero ladrido lacónico de perro que no muerde.
Por María Antonia García de la Torre,
editora de opinión de eltiempo.com