La presencia de las tropas de Estados Unidos en Afganistán no es un compromiso sin fin. Es la conclusión principal del nuevo y complejo plan que Barack Obama presentó la noche del martes para cambiar el rumbo de la guerra en ese país, que ya completa ocho años y se ha convertido en uno de los mayores riesgos políticos de su paso por la Casa Blanca. En uno de los discursos más importantes, pero también más difíciles de su corta historia como el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, Obama trazó la nueva 'hoja de ruta' para Afganistán, con base en una serie de recomendaciones del Pentágono.
Después de tres meses de intensos forcejeos con sus principales asesores militares y políticos, y tras haber sido objeto de durísimas críticas y presiones por parte de los republicanos dentro y fuera del Congreso, que en general tienden a apoyar un aumento de fuerzas estadounidenses en esa nación, Obama anunció su decisión de enviar a Afganistán entre 30.000 y 35.000 hombres más, en un plazo de seis meses y de manera gradual, para tratar de resolver un conflicto que se alarga sin que parezcan surgir esperanzas de que la situación mejore.
La meta con el aumento temporal de tropas es "terminar el trabajo que se comenzó" y adiestrar a las fuerzas de seguridad afganas para que, en el mediano plazo, combatan a una insurgencia impopular y cada vez más violenta. Y claro, además de luchar para que los talibanes "no le presten refugio a la red terrorista de Al Qaeda", Obama planea dar una nueva imagen de esta guerra que, por el creciente número de estadounidenses muertos en combate, tiene consternada a la opinión pública. Ese contingente adicional está muy cerca del pedido que hizo el comandante militar estadounidense en Afganistán, general Stanley McChrystal, quien hace unos meses habló de la necesidad de contar con 40.000 efectivos más pues, de lo contrario, esa guerra podría estar perdida.
Los nuevos soldados se sumarán a los 110.000 (de los cuales 68.000 son estadounidenses, y el resto de otros países de la Otan) que ya están en Afganistán pero, para que el plan funcione, Obama no solo necesita más efectivos militares.
El juego de la culpa
Hace falta, según la mayoría de los analistas, que recupere la relación que tiene con su homólogo afgano Hamid Karzai, pues los soldados llegarían en un momento en que las relaciones de Washington con Kabul se han deteriorado y eso solo parece ayudar a los talibanes. Los países occidentales han criticado la corrupción extendida y la ineficacia del gobierno de Karzai, así como sus alianzas con antiguos señores de la guerra para mantener el poder.
La comunidad internacional destinó unos 250 millones de dólares para ayudar en la realización de las elecciones presidenciales del 20 de agosto pasado, pero luego tuvo que ver cómo se llevó a cabo un fraude masivo a favor de Karzai y en detrimento de Abdulá Abdulá, su ex ministro de Relaciones Exteriores. Una investigación patrocinada por la ONU determinó que casi un tercio de los votos que recibió el presidente afgano eran fraudulentos. Los resultados se corrigieron, se convocó a una segunda vuelta, pero Abdulá se retiró.
Por su parte, Karzai acusa a Occidente de hacer poco para evitar el creciente número de muertes de civiles en sus ataques, de fomentar la corrupción al gestionar equivocadamente miles de millones de dólares en ayuda y de obligarlo a marginar a los talibanes sin tener en cuenta la realidad política del país centroasiático. La legisladora afgana Shukriya Barakzai opina que el fracaso de los dos países en frenar el intercambio de acusaciones no solo envalentonaría a los talibanes sino también a rivales regionales de Washington como Irán, China y Rusia. "Esto ayudará a aquellos en Afganistán y en la región que están en contra de la presencia de EE.UU. en nuestro país", dice.
En las últimas semanas, ambas partes han intentado salvar sus diferencias. En la posesión de Karzai para su segundo mandato, por ejemplo, este prometió acabar con la corrupción, lo que le valió las alabanzas de invitados como la secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton. Con todo, si los dos quieren trabajar juntos contra los talibanes, van a tener que colaborar más. "Hablar de plazos límite (por parte de algunos políticos occidentales) o sobre mejoras milagrosas de la situación (por parte de Karzai) y presiones y dictados al mandatario puede tener un impacto contraproducente", le dijo a la agencia Reuters Nasrullah Stanekzai, profesor de Derecho de la Universidad de Kabul. "No tengo mucha esperanza en el futuro si continúa la misma diplomacia de Estados Unidos y luego Karzai reacciona a ella", agregó.
Obama, además, deberá convencer a los escépticos que temen un empantanamiento en Afganistán del tipo ocurrido en Vietnam. El problema es que las encuestas de opinión muestran una drástica caída del apoyo a una guerra que ya se ha cobrado la vida de casi 900 soldados estadounidenses. Solo en el pasado mes de octubre, el más sangriento desde que se inició la guerra, murieron 74 militares de Estados Unidos, además de decenas de soldados afganos y de otros países.
Y aunque el argumento de fondo de Obama es que la guerra en Afganistán es necesaria pues, de lo contrario, Al Qaeda podría volver a atacar como lo hizo en el 2001 y desestabilizar una región volátil y crítica dada la vecindad con India y Pakistán, la factura de ese conflicto le está dando serios problemas. Los cálculos más optimistas estiman que enviar el contingente adicional tendría un costo cercano a los 75.000 millones de dólares, en un momento en que la economía estadounidense todavía no levanta cabeza y, ciertamente, tiene otras prioridades.