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Kabul es una ciudad tomada por el miedo. Después de las elecciones de este jueves la historia dirá que concluyó una campaña electoral que estuvo marcada, como pocas, por los sucesivos golpes terroristas propinados por los talibanes, incluso en la capital, que se creía de alguna manera aislada del conflicto que inflama al resto del país.
Pero a pesar de que la ciudad está tomada por miles de soldados, policías y guardias privados no solo afganos, sino también miembros de la Isaf, la fuerza multinacional de la Otan en el país, los kamikazes talibanes han logrado asestar duros golpes contra estas fuerzas, a través de carros bomba conducidos por suicidas o ataques con proyectiles.
En Afganistán hay unos 100.000 policías, pero la mayoría están mal formados y equipados, tienen salarios bajos y cuentan con infraestructuras poco adecuadas.
Sólo en la capital, hay unos 8.500 agentes encargados de velar por el orden, pero son precisos muchos más en una ciudad asolada por los robos y los secuestros, con los empresarios y los extranjeros como objetivos principales.
Por eso, más allá de los graves problemas de corrupción (es el quinto país más corrupto del mundo) y de la pobreza (más del 40 por ciento de la población está bajo el umbral), la percepción de los afganos sigue siendo que la seguridad es el principal problemas nacional, 21 puntos por encima de la situación económica, según encuestas recientes.
¿Triunfo cantado?
Aunque son muchos los afganos que se confiesan decepcionados con el gobierno de Hamid Karzai, que espera ser reelegido para un nuevo periodo, las proyecciones señalan que, salvo que ocurra un giro sorpresivo en las tendencias, logrará aferrarse a la Presidencia pese al pobre balance de su gestión en materia de seguridad, de lucha anticorrupción, y de los notables avances de los talibanes. A Occidente le ha gustado, no obstante, su propuesta de dialogar con los talibanes moderados.
Su principal rival, Abdullah Abdullah, es un ex ministro que ha recorrido el país en desarrollo de su campaña, en abierto contraste con Karzai, que hasta la semana pasada ni siquiera se había molestado en hacer más que algunos ocasionales actos de campaña.
El Presidente también se negó a participar en un debate televisado con sus principales rivales, que ponen en duda su competencia para dirigir el país. El mandatario espera ser reelegido gracias a sus acuerdos con líderes étnicos y religiosos, así como con los jefes tribales locales y señores de la guerra de dudosa reputación, que le garantizarán millones de votos, según los observadores.
Un sondeo publicado el viernes pasado por un instituto estadounidense otorgó a Karzai un 44 por ciento de votos, por delante de Abdullah, con un 26 por ciento, y los ex ministros de Planificación y Finanzas, Ramazan Bashardost y Ashraf Ghani, con un 10 y un 6 por ciento, respectivamente.
Conocido por su cortesía y elegancia, con su caftán verde y violeta y su bonete de piel de cordero, Karzai, de 51 años, nació en una familia de poder. Y fue el hombre que Estados Unidos colocó al frente del país tras la intervención militar internacional que derrocó al régimen islamista talibán a finales de 2001. Fue también el candidato apoyado oficiosamente por Washington en los primeros comicios del país en 2004, que la población vio como la promesa de una nueva era y en los que participó con entusiasmo.
Pero su estrella se ha apagado bastante desde entonces. En Washington, la nueva administración de Barack Obama no ahorró, recién al llegar, una variedad de críticas, aunque terminó por atenuarlas por falta de alternativa.
Karzai ha sobrevivido, al menos, a cuatro intentos de asesinato, el último durante un desfile militar en abril en Kabul.
Sus rivales también le reprochan no haber acabado con el tráfico de opio con el que los talibanes financian su insurrección. Del sur de Afganistán procede el 90 por ciento de la producción mundial de esa droga. La decisión de Karzai de designar como candidato a la vicepresidencia a Mohammad Qasim Fahim, un ex jefe de guerra tayiko acusado de crímenes de guerra, horripiló a la comunidad internacional, pero debería aportar al presidente, de etnia pashtún, los votos de la influyente minoría tayika.
Los rebeldes talibanes han ganado terreno en Afganistán desde hace tres años y ejercen una influencia más o menos grande en casi la mitad del país, donde la violencia ha alcanzado niveles récord, según los observadores. La Comisión Electoral señaló la semana pasada que cerca de un 12 por ciento de las 7.000 oficinas de voto podrían permanecer cerradas este jueves a causa de la inseguridad. Los observadores temen, además, fraudes, sobre todo en las regiones más aisladas.