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Chávez, quien apenas el lunes se decía dispuesto a 'resetear' las relaciones con EE.UU., dio muestras de que la pelea es peleando cuando programó la Cumbre de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba) para el 14 y 15 de abril, dos días antes de la Cumbre de las Américas. Chávez declaró: "Si en Trinidad y Tobago nos vienen con el discurso excluyente del imperio sobre el bloqueo a Cuba, entonces nada ha cambiado, y un atropello a Cuba lo es también para nuestros pueblos de América".
En este escenario gana importancia la figura del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, a quien el gobierno estadounidense ha reconocido como un interlocutor amigable, y quien se perfila como cabeza visible de un bloque abierto a la cooperación con la Casa Blanca, lo que dejaría a Chávez como el líder de un grupo incómodo, pero comparativamente pequeño, de inconformes. Esto convierte a Lula en el mandatario regional con mayor capacidad para influir sobre Obama.
El viernes pasado, The Wall Street Journal indicó que el mandatario estadounidense afronta presiones de varios líderes latinoamericanos, entre ellos Lula da Silva, para hacer un "gesto simbólico hacia Cuba".
El asunto es que, más allá de las provocaciones y amenazas de gobiernos poco simpatizantes, la Cumbre de las Américas es sumamente importante para EE.UU., que durante los ocho años de la administración Bush vio a la región dar un 'giro a la izquierda', en el que creció la antipatía por las imposiciones de Washington.
En el papel, la agenda de la cumbre tiene seis temas principales: prosperidad, energía, medio ambiente, seguridad, democracia y el seguimiento a las decisiones de la cumbre misma. Sin embargo, al igual que ocurrió con la Cumbre del G-20 en Londres, el tema de la crisis económica bien podría tomarse la agenda y opacar el resto de las discusiones.
Hay, además, temas fundamentales que preocupan a los asistentes, que no pueden permitirse dejar pasar un encuentro continental sin examinar las perspectivas del libre comercio, el control al tráfico de armas y el creciente poder de los carteles mexicanos de la droga.
Esta semana se conoció un borrador de la declaración final en la que se plantean objetivos generales guiados por un "espíritu renovado de cooperación, integración y solidaridad regional". En el texto abundan las reflexiones sobre las "profundas y persistentes desigualdades" en el continente, y en cambio se incluyen pocas metas concretas, entre las que, sin embargo, se destacan el compromiso de detener y revertir para el año 2015 la propagación del VIH/Sida y otras enfermedades de transmisión sexual, así como el propósito de desarrollar sistemas de energía limpia que permitan, para el 2050, cubrir, al menos, el 50 por ciento de la demanda regional de energía.
Si las pasadas cumbres de Miami, Santiago, Quebec y Mar del Plata sirven como referente, probablemente nadie, ni Obama, ni Chávez, ni Castro, espere demasiado de este encuentro. Pero quienes esperan que la cumbre logre involucrar al continente en un proceso de deliberación basado en el respeto mutuo y la confianza, piensan que es posible ese "nuevo comienzo" y que en Trinidad y Tobago América tiene, por lo menos, una oportunidad.