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Desde los tiempos de la campaña presidencial, el presidente Barack Obama había propuesto el establecimiento de un diálogo con Irán, roto desde hace más de treinta años después de la Revolución Islámica. Aunque entre ambos países existe una enorme distancia, Obama considera que Teherán es clave para la estabilidad de Oriente Medio, vital en sus esfuerzos bélicos en Irak y Afganistán, y una amenaza que debe ser contenida pues sigue avanzando en sus planes de enriquecer uranio suficiente como para construir un arma nuclear.
El viernes de la semana pasada el presidente estadounidense Barack Obama, a través de un video traducido al farsi -la lengua de este país- se dirigió a los iraníes para ofrecer un nuevo comienzo, basado en la diplomacia y el trabajo conjunto en temas bilaterales de mutuo interés. En Irán, donde la hostilidad hacia Estados Unidos es mayor que en cualquier otro país de la región, el mensaje de cambio del presidente Barack Obama cayó bien y confirmó que su gobierno hablará con un tono diferente y que tiene voluntad política para rediseñar su actitud diplomática hacia Irán.
Sin embargo, no habían pasado ni 24 horas cuando el mismo jefe supremo, el Ayatolá Ali Jamenei, pidió a la población no dejarse tentar por cantos de sirena y advirtió que su país seguiría en la misma tónica hasta que Estados Unidos pasara del verbo a la práctica. "Ellos predican su eslogan de cambio, pero no veo un cambio en la práctica. Estamos observando, vigilando y juzgando. Si ustedes cambian entonces nosotros cambiaremos nuestro comportamiento. Si ustedes no lo hacen, entonces seguiremos siendo la misma nación de hace treinta años -la que derrocó al régimen del Sha que respaldaba Estados Unidos"-. La respuesta era previsible, y no significa necesariamente que no se pueda producir un cambio de rumbo. Más bien, es una jugada estratégica de Teherán.
Algunos expertos consultados por CAMBIO sostienen que la primera reunión entre representantes de los gobiernos de los dos países se producirá más pronto de lo que la gente imagina. Esta misma semana, un alto diplomático estadounidense estará en Shangai para discutir la estrategia en Afganistán y luego, a finales de mes, en Holanda. En ambos casos estará en la mesa un representante de Teherán. Hasta dónde pueden llegar esos contactos, es lo que está por verse.
El presidente Barack Obama ha construido un plan de acción multifacético para manejar las relaciones con Irán, que se basa en el viejo esquema del garrote y la zanahoria. Lo primero es aprovechar su buen nombre en el mundo islámico sacando provecho de sus nexos familiares. Obama tiene una medio hermana musulmana, producto del segundo matrimonio de su madre con un indonesio. Eso, y su mensaje de aproximación, mejoran las percepciones sobre Estados Unidos en Teherán. En junio hay elecciones en el país y aunque es poco probable que se pueda derrotar al radical presidente Mahmoud Ahmadinejad, sí es posible que emerja de ellas con una mandato menos antiestadounidense.
Paralelamente, la idea es entablar cooperación con Irán en áreas de mutuo interés. Richard Holbrooke, el nuevo enviado de Obama para Pakistán y Afganistán, ya sugirió una de ellas: la guerra con el Talibán. "Como Estados Unidos, Irán no quiere ver un resurgimiento de los talibanes o Al Qaeda, pues los dos grupos son adherentes a una visión radical sunni, que aborrece a los chiítas, el ala del Islam que representa Irán. De hecho Teherán casi va a la guerra con los talibanes en 1988, luego de que una milicia asesinara a ocho diplomáticos iraníes en Afganistán", dice Karim Sajadpour del Carnegie Endowment para la Paz Internacional, en Washington.
Además, el régimen está muy preo-cupado por el tráfico de heroína desde Afganistán, que pasa por su país, y que se está convirtiendo en un problema de salud pública. Y allí también coincide con Occidente. La idea, dice Sajadpour, es usar estos temas como plataforma para llegar a los asuntos de fondo.
En el caso de Washington, que Irán abandone su programa de enriquecimiento de uranio y deje de apoyar a grupos como Hamas y Hezbolah. Y para Teherán, que se suspendan las sanciones comerciales y que Estados Unidos abandone su apuesta de hacer fracasar al régimen islámico.
Pero la estrategia de Obama también avanza con el garrote en la mano. El propósito del nuevo enviado para Irán, Dennis Ross, es ejercer la máxima presión económica contra el país a través de sanciones comerciales pero dejando siempre abierta la puerta de la diplomacia. Y para hacerlo está coqueteando con otros países como Rusia, que tienen evidente influencia sobre el régimen en razón de sus lazos históricos. Hace poco trascendió una carta de Obama al primer ministro ruso Dmitri Medvedev, en la que le ofrece congelar sus planes de construir un escudo antimisiles en su patio trasero -Polonia y la República Checa- a cambio de ayuda en el tema de Irán. Los rusos no han respondido en concreto, pero la oferta es atractiva pues para Moscú tanto el escudo como la ampliación de la OTAN son quizá los temas más sensibles de seguridad nacional.