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El viernes de la semana pasada, a eso de las 12:00 m., el presidente Barack Obama paralizó al planeta cuando anticipó la estrategia para "ponerle fin a la guerra en Irak de una manera responsable". El mundo tomó atenta nota dadas las profundas implicaciones que tendrá el repliegue estadounidense de un conflicto de casi seis años y cuyo desenlace es visto como la piedra angular de la estabilidad de una región de por sí volátil.
El plan de Obama establece el mes de agosto de 2010 como punto final de la intervención de Estados Unidos en operaciones de combate y prevé para entonces el regreso de por lo menos dos tercios de los 145.000 hombres que hay desplegados en Irak. Solo quedarán entonces entre 35.000 y 50.000 soldados que ayudarían al entrenamiento de las fuerzas de seguridad iraquíes y participarían solo en operaciones antiterroristas. Pero a finales de 2011 deberán abandonar el país, tal como fue acordado el año pasado por los gobiernos de Bagdad y Washington.
Aunque muchos medios destacaron que con ese anuncio Obama estaba cumpliendo una de sus grandes promesas de campaña, la realidad es otra. De hecho, el Presidente trazó un camino que, si bien es pragmático, acaba siendo muy conservador y hasta ambiguo. Tanto, que sus aliados demócratas en el Congreso criticaron duramente la estrategia y el ala más liberal del Partido lo sintió como una traición.
Para comenzar, Obama se inclinó por las recomendaciones del Pentágono y en lugar del repliegue total en 16 meses que había prometido, se la jugó por un retiro gradual que solo comenzará el año entrante -después de las elecciones de diciembre en Irak- y que, con los 50.000 hombres que deja en territorio iraquí, deja abierta una puerta por si las cosas no salen bien. "Obama demostró la diferencia que existe entre el discurso simplista y rígido que caracteriza las campañas, y las acciones de un mandatario frente a temas muy complejos que exigen flexibilidad", dice el ex subsecretario de Estado Douglas Feith, analista del tanque de pensamiento Hudson Institute.
En su editorial del domingo pasado, el Washington Post pidió a los demócratas rodear al Presidente y entender sus motivaciones. "Sus acciones son prueba de liderazgo -decía el editorial-. Aunque se opuso a la guerra, su estrategia reconoce lo que se ha conseguido en Irak, pese al terrible costo, y le apunta a preservarlo. Su partido también debería entenderlo así".
Inquietudes
Pese a las críticas, la estrategia de Obama tiene sentido y denota olfato político. Si bien es cierto que la situación en Irak ha venido mejorando en los últimos años, aún sigue siendo frágil. El propio Obama reconoce que Estados Unidos no va a devolver "un país perfecto, sin ningún hecho de violencia en las calles", pero sí por lo menos gobernable. Es lo que espera lograr al retrasar el repliegue y enviar el mensaje de respaldo continuo más allá de fechas límites.
En desarrollo del plan, Estados Unidos irá transfiriendo parte del personal hacia Afganistán -ahora prioridad-, mientras otra parte regresa a casa, con lo cual, de paso, da contentillo a las bases del Partido que el año entrante verán regresar a miles de hombres del campo de batalla, justo en momentos en que el país se prepara para las elecciones legislativas de noviembre, en las cuales los demócratas aspiran a conservar sus mayorías en Cámara y Senado.
El repliegue y reubicación de hombres significará un ahorro cercano a 200.000 millones de dólares -según la Oficina de Investigaciones del Congreso-, recursos que el Gobierno necesita con urgencia en aras de recuperar en algo el equilibrio fiscal, alterado seriamente con los multimillonarios planes de estímulo económico para superar la crisis financiera.