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Las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos nunca han sido fáciles, y el eventual regreso del ex primer ministro Benjamín Netanyahu al poder nublan las perspectivas de una solución duradera para el ya largo conflicto.
Tras conocerse los resultados de las elecciones parlamentarias, el presidente Shimon Peres le pidió a Netanyahu, líder del partido derechista Likud, que formara gobierno. Tiene seis semanas para hacerlo y aún no es claro si podrá hacerlo. Muchos temen que el regreso de la derecha, que salió fortalecida en los comicios, no solo no da para buenos augurios, sino que devolverá el asunto al terreno de lo incierto.
Netanyahu, que ocupó el cargo a mediados de los años noventa, es conocido como el 'Doctor No' por su oposición a tres de los asuntos más contenciosos en la región: no a la creación de un Estado palestino, no a la división de Jerusalén y no a la devolución de los Altos del Golán a Siria. Por otra parte, cree que el grupo extremista Hamas, que hoy controla la llamada franja de Gaza, debe ser derrotado o de lo contrario nunca se librarán de la amenaza terrorista. Un punto de vista contrario al del partido Kadima, que llevaba cuatros años en el poder y apoyaba un intercambio de tierra por paz, y al de los laboristas que le apuestan a una solución definitiva del conflicto con el reconocimiento de un Estado palestino.
Las inquietudes solo comenzarán a encontrar respuestas cuando se conozca el tipo de coalición que propone Netanyahu para garantizar la gobernabilidad. El Likud, su partido, solo obtuvo 27 escaños de los 120 que componen el Parlamento y por eso necesita armar una alianza con otros partidos para alcanzar los 61 votos que constituyen mayoría.
El ex primer ministro tiene dos alternativas radicalmente opuestas. O hacer coalición con los otros partidos de derecha y extrema derecha para formar un gobierno ultraconservador, o buscar un acuerdo con Kadima y un sector de los laboristas para uno moderado. La primera opción, en principio la más fácil para él, lo pondría en contradicción con Estados Unidos -el principal aliado de Israel-, los europeos y las naciones árabes que vienen presionando por un proceso de paz en el que la figura del Estado palestino es prácticamente una precondición.
La mayor parte de los partidos derechistas creen que hay que expandir y proteger los asentamientos israelíes en territorio palestino, se oponen a la existencia de un Estado palestino y a eventuales negociaciones mientras persistan los ataques terroristas. Netanyahu comparte algunas de estas ideas pero cree que es posible hacer negociaciones económicas para mejorar la situación de los habitantes en la región. Y sabe, sobre todo, que sería imposible complacer a la extrema derecha sin entrar en contradicciones con la comunidad internacional. Por eso, de momento, ha optado por tender una rama de olivo a Kadima y a los laboristas, y les ha ofrecido un lugar en el nuevo Gobierno.
Terreno minado
Armar coalición con los moderados no es asunto sencillo para Netanyahu. La primera ronda de negociaciones con la canciller y jefe de Kadima, Tzipi Livni, fracasaron y esta sigue prometiendo que pasará a la oposición.
Livni cree que su partido, que obtuvo la votación más alta, debe compartir de igual a igual el Gobierno, e incluso ha propuesto una doble jefatura: dos años para Likud y dos para Kadima. Netanyahu rechazó la propuesta.
Gerald Steinberg, del departamento de Ciencia Política de la Universidad Bar-Ilan, en Israel, sostiene que en Kadima impera la tesis según la cual Netanyahu caerá y por eso es preferible no hacer parte de su gobierno. "Si Kadima no lo ayuda, caerá aún más rápido -asegura Steinberg-. Un gobierno de extrema de derecha no resistirá mucho, pues entrará en conflicto con Estados Unidos. Eso dejaría el terreno servido para que se recuperen en las próximas elecciones y entonces podrán formar un gobierno".
A los laboristas les pasa algo similar. De ser el partido número uno hace algunos años, ha pasado a ser el cuarto, con solo 13 escaños en el Parlamento. Por eso, según Steinberg, unirse con Netanyahu podría ser su fin, pues la crisis económica fortalecerá la socialdemocracia que ellos representan y, por tanto, sería más rentable hacer oposición y esperar la debacle del ex primer ministro para recuperar escaños en futuros comicios. Sin embargo, Netanyahu les ha pedido no caer en ese juego y llama a la unidad.
Quedan por delante varias semanas de intensas negociaciones y todo depende de qué tan dispuesto esté Netanyahu a conceder en uno u otro frente. Sea cual sea el resultado, por ahora lo que queda claro es que el Gobierno que presidirá el ex primer ministro será frágil y tendrá poco margen de maniobra.