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"No pudimos, por ahora", les dijo el presidente venezolano Hugo Chávez a sus seguidores el 3 de diciembre de 2007 al conocer su derrota en un referendo que pretendía reformar de manera extensiva la Constitución de 1999, y que incluía la figura de la reelección presidencial indefinida. No pasó mucho tiempo. El "por ahora" se cumple el próximo 15 de febrero cuando los venezolanos acudirán nuevamente a las urnas para votar a favor o en contra de una modificación constitucional que otra vez plantea la reelección indefinida, pero en esta ocasión para todos los cargos de elección pública.
La eventual aprobación le permitiría a Chávez aspirar nuevamente a la presidencia en 2012, poco antes de que expire su actual período (en el 2013) y después podría hacerlo en forma indefinida. A diferencia de la reforma del 2007, que incluía cambios a 69 artículos de la Carta Magna, la del 2009 está limitada a solo cinco artículos todos relacionados con los términos de un mandato y la figura de la reelección.
Se aproxima, en consecuencia, un nuevo pulso entre el oficialismo chavista y la oposición, que ya está generando disturbios y actos de violencia. La semana pasada miles de estudiantes, los mismos que ayudaron a derrotar al Gobierno en el referendo de 2007, se tomaron las calles de las principales ciudades para protestar por la iniciativa, y fueron reprimidos a punta de bolillo y gases lacrimógenos.
La presentación de la idea ha generado polémica dentro y fuera del país. La Constitución del 99, que hizo aprobar el propio Chávez, prohíbe que se presente una reforma a la Carta cuando esta ya ha sido rechazada, hasta que se posesione una nueva Asamblea Nacional. En este caso eso solo sucedería en 2010. Pero Chávez y sus seguidores alegan que no se trata de una reforma -un cambio significativo al texto- sino de una enmienda menor -una 'enmiendita'-, que sí es una figura permitida dentro del mismo período de la Asamblea. La oposición cree que se trata de un fraude monumental pues eliminar los límites a la reelección no puede ser interpretado como un cambio minúsculo. Pero, en cierto sentido, tiene las manos atadas.
Chávez, que controla la Asamblea, hizo aprobar el texto sin mayores reparos y un desafío jurídico probablemente tomaría mucho tiempo y ahuyentaría a los partidarios del 'No'. Como les sucedió en el pasado cuando intentaron boicotear las elecciones. Por lo tanto el único camino que le queda a la oposición es jugarse a fondo para derrotar la iniciativa en las urnas.
El Presidente, otra vez en campaña, ha vuelto a amenazar con una guerra civil y ha ignorado actos de sus simpatizantes como la toma de la Alcaldía de Caracas que controla la oposición desde su triunfo en las elecciones municipales del año pasado. De acuerdo con la mayoría de los analistas, fueron los resultados de esos comicios de noviembre, en parte, los que precipitaron la decisión de Chávez de acudir a las urnas en dos semanas. Porque si bien el chavismo ganó 17 de los 22 estados del país, la oposición se llevó cinco, entre ellos los más populosos -Zulia y Miranda-, y cruciales alcaldías como la de Caracas.
Los últimos meses no han sido buenos para el Gobierno. La crisis económica mundial que sacudió al planeta a finales del año pasado se ha reflejado en una caída de los precios internacionales del petróleo, principal producto exportador del país y músculo de Chávez para hacer avanzar su agenda. De julio a noviembre del año pasado el precio del crudo venezolano cayó casi un 100 por ciento, de 69 dólares por barril a los 38 que se registraron en noviembre. Aunque Chávez se mantiene con un sólido 60 por ciento de popularidad, ha venido cayendo y caerá más cuando los efectos de la crisis comiencen a sentirse entre la población. "Para Chávez es ahora o nunca. Quiere aprovechar el momento para evitar que la desaceleración de la economía, la alta inflación y la reducción de ingresos por la caída del petróleo comiencen a golpearlo y no pueda ya recuperarse", dice Patrick Esteruelas del Eurasia Group, en Nueva York.
Al dar menos de dos meses de preaviso antes de las elecciones, también evita que la oposición pueda organizarse de manera efectiva como sucedió en el proceso del referendo de 2007. Y lo hace hora, además, aprovechando que Estados Unidos está distraído en el proceso de transición entre la administración Bush y la de Barack Obama y cuando este último aún no ha trazado una línea en sus relaciones con Chávez y el resto del hemisferio.