Obamanía

Barack Obama se convirtió en el fenómeno político de 2008, y su elección como presidente de Estados Unidos resultó histórica. Foto: Efe

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La elección de Barack Obama, un miembro de una minoría racial, lejano a las élites tradicionales, y con una promesa de cambio, como 44° presidente de Estados Unidos, fue el hecho del año en la política mundial.

La revista Time, la más importante de Estados Unidos, declaró al presidente electo Obama la semana pasada como personaje del año. Obama, decía Time, "irrumpió en la escena como un trueno, puso patas arriba la política del país, derribando décadas de lógica tradicional y centurias del orden social".  The Washington Post, también destacó su llegada a la Casa Blanca: "Obama, en el proceso de su triunfo, borró las barreras raciales y rejuveneció la imagen de Estados Unidos y del sueño americano".

El ascenso de Obama fue sorprendente. Un político joven tiene 47 años con solo cuatro de experiencia en el Senado y que hace ocho era un perfecto desconocido, llegó al cargo más poderoso del mundo: la Presidencia de Estados Unidos. Obama sacó provecho de la coyuntura: tras ocho años de una desastrosa administración de George W. Bush el público estadounidense votó por un cambio. Y Obama supo interpretar se deseo dejando en el camino a Hillary Clinton, en las internas de su partido, que había sido la candidata seleccionada por el establecimiento demócrata. 

Además, y ya en la contienda final contra John McCain, se benefició por el estallido de la crisis económica, que el público atribuyó a errores de Bush y del liderazgo republicano en el Congreso. Pero eso no debe restar mérito a la campaña de Obama, calificada por muchos como perfecta. El ahora presidente electo, con promesas de un nuevo amanecer, le supo llegar a un público joven y apático de los procesos políticos y puso a su servicio las bondades de Internet, que le permitió propagar su mensaje a lo largo del país y recaudar una impresionante cantidad de recursos (750 millones de dólares, un récord), con los que pulverizó a sus oponentes.

Pero lo más impresionante de Obama es el grado de entusiasmo que ha despertado. Algo que no se veía en Estados Unidos desde la época de John F. Kennedy en los años sesenta. Nota aparte merece la misma campaña electoral. No solo por lo larga (22 meses) sino porque vio emerger a las mujeres como una fuerza política que dará mucho de qué hablar en el futuro: Hillary Clinton, como firme candidata de uno de los dos partidos tradicionales y Sarah Palin integrando el tiquete republicano para la vicepresidencia.

Aun después de su triunfo, Obama sigue sorprendiendo. En tiempo récord ha construido su equipo de gobierno y, a un mes mudarse a la Oficina Oval ya parece que estuviera ejerciendo la Presidencia. El equipo llama la atención por su diversidad -hay negros, hispanos, mujeres y republicanos- y por lo conservador que terminó siendo a pesar de que Obama hizo campaña desde la izquierda.

La gran ironía de la elección de Obama es que llegará a dirigir un país en uno de sus peores momentos de la historia. Y es una paradoja pues así como ese mismo contexto de crisis lo llevó a la Casa Blanca, le va a generar muchos problemas en sus primeros meses de administración. La economía se encuentra en recesión y algunos hablan ya de una "depresión" similar a la de los años treinta. Las cifras de desempleo son las peores desde la década de los sesenta, los mercados financieros nada que se estabilizan y varias industrias que son columna vertebral del país, como la automotriz, están al borde del descalabro.

Obama, junto a los demócratas del Congreso -que incrementaron sus mayorías en el poder legislativo-, prepara un ambicioso plan que comenzará a ser implementado desde el primer día de gobierno: un millonario paquete de estímulo económico del orden de 700.000 millones de dólares con el que piensa hacer inversiones masivas en infraestructura y energía renovable como estrategia para generar empleo. Una terapia de choque similar a la que empleó el presidente demócrata Franklin Delano Roosevelt en la era del New Deal  (el Nuevo Trato)  en los años treinta. Este será su principal objetivo, en el cual consumirá su capital político.

Paralelamente, Obama llega al poder con dos guerras vigentes y con la misión de recuperar el prestigio y relevancia geoestratégica en el mundo que se esfumaron con los años de Bush. Por no hablar de la tensa situación entre India, Pakistán y Afganistán, los desafíos de Rusia y China o la amenaza nuclear de Irán o Corea  del Norte.

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