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Está llegando la hora de la verdad para los Estados Unidos. El martes 4 de noviembre, un número récord de personas -el cálculo apunta a 130 millones- acudirá a las urnas para elegir al nuevo inquilino de la Casa Blanca, el presidente número 44 en más de 200 años de historia democrática.
Y, a juzgar por las últimas encuestas, la elección favorecerá al senador de Illinois Barack Obama. Según Real Clear Politics, que saca el promedio nacional de los sondeos más importantes, Obama llega a la cita con un 6 por ciento de ventaja frente a su rival del Partido Republicano John McCain: 50,3 vs. 44,1 por ciento.
De confirmarse la ventaja de Obama en las urnas, sería un triunfo histórico. Por primera vez un afroamericano, por más señas hijo de africano musulmán, asumiría las riendas de un país marcado por el racismo. Un hito que no tiene parangón en Europa o en América Latina, o en países donde los negros son minoría. Y es que los afroamericanos solo representan el 11 por ciento de la población estadounidense. Por eso, el triunfo de Obama sería una demostración de la madurez democrática a la que se asoma la principal potencia del mundo.
No obstante, nada está definido y hay campo para sorpresas. Y McCain es especialista en darlas. En 2000, por ejemplo, sorprendió cuando ganó las primarias de New Hampshire y casi le arrebata la nominación a George W. Bush, el consentido del Partido. En esta campaña, cuando todo el mundo lo daba por muerto porque sus credenciales no respondían a los estereotipos republicanos, resucitó con una victoria en las primarias de Florida. Y en los últimos días, las encuestas han mostrado que la distancia frente a Obama ha ido disminuyendo. Los ocho o más puntos que los separaban hace tres semanas, han bajado a seis y en la última muestra de Zobgy-Reuters la ventaja se ha reducido a cuatro puntos. Con un margen de error del 3,5 por ciento, cualquier cosa puede pasar.
De hecho, muchos sostienen que la diferencia podría esfumarse en las urnas si se tiene en cuenta el factor racial -la creencia de que el votante blanco, enfrentado a la decisión, no vota por negro-. Algunos analistas vaticinan una larga noche de conteo de votos y hasta posibles escenarios pesadilla, como el que se presentó en Florida en 2000, cuando Bush ganó la Casa Blanca tras varios conteos y reconteos de votos, y se hizo necesaria la intervención de la Corte Suprema de Justicia para que emitiera el veredicto final.
Pese a la ventaja que hoy tiene Obama, las miradas no deben fijarse tanto en los resultados generales como en lo que suceda en el puñado de estados que son los llamados a definir la contienda. En los Estados Unidos no necesariamente gana el que obtiene la mayoría del voto popular. Eso sabe el ex vicepresidente Al Gore, quien hace ocho años perdió la Casa Blanca pese a haber obtenido cerca de un millón de votos más que Bush.
Gana el que obtiene más votos en el Colegio Electoral, órgano encargado de elegir al presidente luego de la votación popular. Los votos del Colegio Electoral están distribuidos entre los 50 estados, más el Distrito de Columbia, y dependen del tamaño de la población. Por ejemplo, quien gana California se lleva 56 votos, mientras que el que triunfa en Montana solo obtiene tres. Llega a la Casa Blanca quien sume 270 votos del Colegio, es decir, la mitad más uno de 538 votos distribuidos en los estados. El sistema, establecido en 1874, busca garantizar que en un país tan grande los candidatos no olvidaran a los estados más pequeños.
Aun así, las elecciones se definen, por lo general, en estados muy particulares, conocidos como swing states o battle ground status, que son los estados en los cuales no hay una tendencia marcada de uno u otro partido, contrario a los que sucede en un grupo de estados que, por tradición, son marcadamente demócratas o republicanos. Así las cosas, la pelea real se libra en esos pocos estados que oscilan entre uno y otro partido.