El viernes de la semana pasada, mientras el mundo observaba la inauguración de los Olímpicos en Beijing, en la región del Cáucaso estallaba un conflicto que constituye la amenaza más seria al equilibrio de poder desde el colapso de la Unión Soviética.
Georgia, un pequeño y joven Estado de 4 millones de personas que proclamó su independencia de la URSS en 1990, lanzó un ataque contra las fuerzas separatistas en Osetia del Sur, una provincia protegida por Rusia que goza de autonomía desde hace más de una década. Moscú respondió con un violento ataque contra las tropas de Tbilisi (capital de Georgia), que dejó a cientos de civiles muertos. A las pocas horas se abrió un nuevo frente de batalla en Abkhazia, otra región de Georgia con ambiciones separatistas y que también cuenta con el respaldo del Kremlin.
Rusia siguió avanzando hacia al interior del territorio georgiano, bombardeando otras ciudades como Gori y Zugdidi mientras su flota en el mar Negro partía desde Ucrania para bloquear la salida al mar.
El martes pasado, tras cinco días de violencia y llamados de la comunidad internacional al cese de las hostilidades, el presidente ruso, Dmitry Medvedev, ordenó detener la ofensiva no sin antes elevar un ambicioso pliego de condiciones: Rusia quiere ahora que Georgia retire a todo su personal en Osetia del Sur y Abkhazia, donde hasta el jueves compartía con los rusos el control a través de fuerzas de paz que se crearon en la década pasada. Además, pretende la creación de una zona desmilitarizada más allá de ambas provincias que garantice su autonomía. En otras palabras, quiere mover la línea de su zona de influencia. Además, pidió la renuncia del presidente de Georgia, Mikheil Saakashvili, a quien considera un líder inestable y lo responsabiliza por los sucesos de los últimos días. El estatus final es indefinido e impredecible y se determinará en complejas negociaciones que se iniciaron el mismo martes con la llegada a Moscú del mandatario francés Nicolas Sarkozy, quien viajó en calidad de presidente de la Unión Europea.
El trasfondo del conflicto es muy complejo. Involucra a Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea, y también tiene que ver con el renacimiento de Rusia como potencia. Desde su llegada al poder en el 2004, Saakashvili -que efectivamente ha demostrado ser un dirigente volátil- prometió recuperar el control de las regiones separatistas y occidentalizar a su país con un posible ingreso a la OTAN y eventualmente a la UE. Para lograrlo, venía forjando una estrecha alianza con Washington, a quien ayudó con el envío de más de 2.000 de sus soldados a la guerra en Irak. E.U., por su parte, ve en Georgia un aliado estratégico que le permite el flujo de grandes recursos energéticos desde Azerbaiyán.
En marzo de 2008 el propio presidente George W. Bush llevó el caso de Georgia al consejo de la OTAN para solicitar su membresía, rechazada inicialmente por los países miembros. El cálculo de Saakashvili fue forzar su ingreso a la OTAN -o buscar respaldo de Occidente- con el ataque en Osetia del Sur. "Era obvio que Moscú no se quedaría de brazos cruzados y respondería con vigor. Aprovechó la cita de los Olímpicos, donde se
reunían los líderes mundiales -Bush estuvo sentado junto al primer ministro Vladimir Putin durante la inauguración- para exponer su posición sobre lo que considera ambiciones expansionistas del Kremlin. Pensó que Washington correría al rescate de su gran aliado", dice Alexei Malashenko del Centro de Pensamiento Carnegie, en Washington.
Si Georgia asegura un cupo en la OTAN quedaría blindado de eventuales agresiones de Rusia, pues allí las amenazas contra la seguridad de uno de los Estados miembros se responde en forma colectiva.
Así mismo, esta ex república soviética buscaba resaltar la doble moral rusa: mientras suprime con violencia los intentos separatistas de Chechenia (que quiere independencia total del Kremlin), apoya abiertamente los de Osetia del Sur y Abkhazia.
Pero el cálculo puede ser errado. Aunque Georgia es importante para Estados Unidos, las relaciones con Rusia son cruciales. Las necesita, por ejemplo, en su cruzada contra Irán. Para los europeos, que dependen en un 90 por ciento del suministro energético de Rusia, tampoco es una opción pelearse con su proveedor. Y a la larga, nadie quiere entrar en un conflicto con una potencia nuclear como Moscú que podría llegar a punto de tensión y a poner en peligro la paz, tanto como en los temidos años de la Guerra Fría.
Por todo lo anterior, aparte de declaraciones condenatorias, pocos levantaron la mano para impedir la represalia contra Georgia. A Rusia, por el contrario, la agresión en Osetia del Sur le cayó como 'anillo al dedo'. Desde la caída de la Unión Soviética, este territorio -al igual que Abkhazia- ha sido parte integral en la estrategia del Kremlin para mantener su esfera de influencia en la ex república y frenar las ambiciones de Tbilisi de ingresar a la OTAN.
Rusia considera los coqueteos con la Alianza Atlántica como un acto hostil de Occidente para encajonarlo. Y tampoco ve con buenos ojos las aspiraciones de Ucrania -otro ex satélite que busca asiento en la OTAN- ni los propósitos de Estados Unidos de instalarle un escudo antimisiles en Polonia y República Checa, que considera su patio trasero. También le molesta que Azerbaiyán esté bombeando petróleo hasta Turquía a través de Georgia, pues le impide controlar la supremacía energética que mantiene en la zona. "Rusia quería enviar un poderoso mensaje. Que reprimirá con violencia cualquier desafió de las ex repúblicas o de Occidente por minar su órbita de influencia", sostiene Malashenko. Además, está pasando una cuenta de cobro al Gobierno de George W. Bush y a sus socios por apoyar a Kosovo, que reclamó su independencia de Serbia en febrero de este año, en contravía de su firme oposición.
Cualquier predicción puede resultar prematura. Se podría producir una balcanización del Cáucaso pues hay otros territorios con aspiraciones separatistas. Aunque una línea de pensamiento sostiene que Rusia ganó esta mano, otra cree que con su violenta
reacción en Georgia se le podría devolver como un bumerán. "A los ex satélites rusos lo de Georgia podría recordarles por qué es urgente que busquen la protección de la OTAN", editorializó la revista Time. Ucrania, por ejemplo, podría acelerar sus esfuerzos para ingresar a la alianza. También es probable que intente expulsar la base militar rusa que hay en el país y desde donde se orquestó el bloqueo naval de Georgia, que es su más estrecho aliado. Y Polonia y República Checa, donde las bases antimisiles de los gringos son vistas con recelo por la población, podrían cambiar de parecer.
El martes, la UE hizo una propuesta de cese el fuego que fue aceptada por Rusia y por Georgia. Pero la situación es compleja y la paz verdadera requerirá de la solución de los históricos motivos de confrontación. Nada fácil.