Durante trece años, Radovan Karadzic, uno de los más sangrientos defensores de la Gran Serbia, fue un prófugo de la Justicia internacional. Esta semana fue arrestado en Belgrado y será trasladado ante el Tribunal Penal para la Antigua Yugoslavia en La Haya, donde deberá confrontar 11 cargos por genocidio, crímenes de guerra y contra la humanidad.
El Estado multinacional yugoslavo no resistió el fin del comunismo. En 1992, el ultranacionalismo serbio vio en la declaración de independencia de Bosnia la oportunidad para detonar la guerra. Los tres grupos poblacionales -serbios, croatas y bosnio-musulmanes- terminaron enfrentados. Con la ayuda del general Ratko Mladic, todavía fugitivo, Karadzic, líder político de los serbios en Bosnia, inició una campaña de limpieza étnica contra croatas y musulmanes.
Son muchos los delitos internacionales que pesan sobre Karadzic, entre ellos la masacre de Srebrenica en julio de 1995 que produjo la muerte a unos 8.000 musulmanes. La Fiscalía lo acusa también del sitio de Sarajevo que produjo gravísimas consecuencias humanitarias y del uso de cientos de cascos azules como escudos humanos.
Con su arresto ganó la diplomacia europea. Durante la última década, la Unión Europea supeditó el acercamiento de Serbia a Bruselas al arresto de los criminales de guerra. Durante la última campaña electoral, este condicionamiento reforzó la posición del partido de gobierno, que es pro-Europa. Con su triunfo, se logró el cambio en el balance político de Serbia, lo cual permitió cristalizar la cooperación judicial.
Los estados de la Unión Europea dejaron claro que no ratificarían el acuerdo de asociación, el primer paso hacia la membresía en esta organización internacional, hasta que Serbia avanzara en materia de cooperación judicial con el Tribunal. Por eso, también ganó Serbia, que se aleja así del ámbito ruso para aproximarse al occidental.
El gran ganador es el Tribunal Penal para la Antigua Yugoslavia, creado por el Consejo de Seguridad de la ONU para juzgar los crímenes cometidos en Yugoslavia. Sin Karadzic, esta corte podría haber sido considerada un fracaso.
Pero los principales responsables habían evadido la justicia internacional. El único que estuvo frente a ella, Slobodan Milosevic, el presidente serbio, la utilizó como escenario para sus discursos políticos. Tanto se prolongó el juicio -más de cuatro años- que Milosevic y uno de los magistrados fallecieron antes de producirse la sentencia final. A un costo de 150 millones de dólares al año, cabía preguntarse si la relación costo-beneficio era favorable. La preocupación era compartida por el Consejo de Seguridad, que puso finales de 2010 como fecha límite para la existencia del Tribunal.
La corte internacional enfrentará, con la presencia de Karadzic, una prueba de fuego: en las palabras de Martin Bell, analista de la BBC, "los tribunales sirven para adelantar procesos y, a veces, los procesos sirven para juzgar a los tribunales". Queda aún por verse si también ganarán las víctimas.
Por Laura Gil,
analista internacional.