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ÁFRICA PARECE haber quedado por fuera del mundo globalizado de principios de siglo. Desde las descolonizaciones de los años 60, 54 Estados intentan sobrevivir en medio de la corrupción, las enfermedades y las guerras. De ellos, el 80 por ciento está al sur del Sahara donde cada 30 segundos muere un niño por paludismo y la esperanza de vida está entre 32 y menos de 50 años.
Este "club de la miseria" -en la cola del escalafón de Desarrollo Humano de la ONU-paradójicamente es muy rico en petróleo, uranio, cobalto, diamantes y coltán, mineral imprescindible para la telefonía celular y la estaciones espaciales, y por cuya posesión la llamada "sociedad de la información" ha desatado guerras, muchas de ellas ignoradas. África sufre, al mismo tiempo, las consecuencias de la crisis alimentaria mundial y un nuevo colonialismo protagonizado por Francia, que intenta recuperar su viejo papel de gendarme del continente, y China, el segundo consumidor de petróleo del mundo, y que ni siquiera guarda las apariencias en la fiscalización del respeto por los Derechos Humanos por parte de sus socios.
En la larga lista de los países donde contrastan en forma brutal las riquezas naturales y la pobreza generalizada, botones de muestra son Angola, Níger, República Sudafricana, Gabón, Nigeria, Sudán...
Angola es uno de los ejemplos más citados de neocolonialismo. Rico en petróleo, figura entre los 10 países más pobres del mundo con una esperanza de vida de 40 años. Está prácticamente controlado por China, que saca más de la cuarta parte de sus necesidades de energía.
Níger es el primer exportador de uranio del mundo, un producto que está en alza por el viraje mundial hacia la energía nuclear como alternativa al carbón y el petróleo, y por la demanda creciente de India, China y Europa. Su precio se ha multiplicado por 10 en cinco años, pero no ha servido para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, que se disputan con los de Sierra Leona el primer lugar entre los más pobres del planeta.
En Chad, el octavo país más pobre del mundo, China y Francia rivalizan en su apoyo al sátrapa Idriss Déby que, tras un golpe de Estado, gobierna desde 1990, y se disputan el petróleo, único bien del país, cuyos beneficios se van en corrupción y compra masiva de aviones y tanques.
Somalia es un país sin Estado desde cuando las tropas etíopes lo invadieron con apoyo occidental para "salvarlo" de los islámicos. Los cinco clanes de los "señores de la guerra" se repartieron el botín, y los saqueos y violaciones no han cesado. La ONU, mientras tanto, no se atreve a entrar en el país.
Guinea-Bissau es un "narcoestado" por el tránsito de la droga de Colombia con destino a Europa. Es el tercer país más pobre del mundo: dos terceras partes de la población viven con menos de un dólar al día, mientras los militares en el poder solo se preocupan por repartirse la riqueza producto del tráfico de cocaína.
El economista de Oxford, Paul Collier, en su libro El club de la miseria (Turner), clasifica a los gobernantes de esos países: "A veces son psicópatas que han llegado al poder mediante el asesinato, otras veces son sinvergüenzas que lo han hecho a base de comprar a todo el mundo, y otras son personas valerosas que, por increíble que parezca, se empeñan en construir un futuro mejor para su país. En estos Estados, la apariencia de gobierno moderno no es en ocasiones más que una simple fachada, como si sus dirigentes representasen un papel teatral. Se sientan a las mesas de negociación internacionales, como la Organización Internacional de Comercio, pero no tienen nada que negociar. Ni siquiera cuando sus sociedades van a pique dejan de ocupar esos sillones..."
Negro panorama
A decenas de conflictos, tan sangrientos como ignorados por ser "de baja intensidad", se une el azote de enfermedades que no han sido controladas a pesar de los sucesivos planes de la OMS. De los 600.000 enfermos de sida, solo el 5 por ciento recibe tratamiento, según la ONU, entre otras razones porque hacen falta, por lo menos, un millón de trabajadores sanitarios. La mayoría de los médicos y enfermeras de la región emigraron para trabajar en Europa, Australia o Canadá.