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"Durante dos décadas Obama estuvo sentado en su Iglesia oyendo este tipo de sermones y nunca dijo nada. Eso dice mucho de quién es, o quién no es", le dijo a CAMBIO una fuente en la oficina de McCain. Una frase que demuestra que a Obama le apareció un talón de Aquiles al que sus rivales, dentro del partido y entre los republicanos, le van a seguir apuntando.
Obama, no obstante, no ha perdido. En esta campaña los candidatos han subido y bajado como en una montaña rusa. Las cifras todavía lo favorecen y aunque el martes pasado ocurrió lo previsible, al final de la jornada salió mejor librado que Hillary. Ahora, fortalecido, tendrá que desbaratar el argumento que estaba empezando a inclinar la balanza a favor de su oponente: que con Obama se pondría en riesgo la extraordinaria oportunidad que tiene el partido para recuperar la Casa Blanca después de ocho años de dominio republicano.
El desprestigio del presidente Bush y el triunfo de los demócratas en las últimas elecciones de diciembre, en efecto, alimentaron esa ilusión. Pero ahora, ante la pugnaz disputa entre Clinton y Obama, han surgido dudas por lo que pudiera significar la división. En las primarias de Carolina del Norte, la mitad de quienes votaron por Barack dijeron que no votarían por Hillary. Lo cual significa que la división, en efecto, puede estarles haciendo mucho daño a los dos.