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INCLUSO EN UNA LARGA historia de conflictos y tensiones, como la del Tíbet y la China, las protestas de los últimos días en Lhasa carecen de antecedentes, por su magnitud y gravedad. Las cifras de la violencia varían: los chinos hablan de 10 muertos mientras los tibetanos y activistas en el mundo que defienden su causa dicen que son cientos, y miles más los encarcelados. Pero el conflicto ha seguido creciendo y ya toca otras ciudades en el Tíbet y algunas en China, donde la población tibetana es alta.
Incluso en India, donde existe una gran población budista y reside el Dalai Lama, su líder espiritual en el exilio, se han presentado disturbios. Aunque la tensión nunca ha cesado, los enfrentamientos eran previsibles y están relacionados con la vecindad de los Juegos Olímpicos que realizará China en agosto. Las justas son materia de orgullo para los chinos, que las aprovecharán en su deseo de presentarse como la gran potencia económica del siglo XXI. Pero también son vistas por sus detractores como una oportunidad para ventilar la represión de la que se les acusa. Y en esta lista el Tíbet figura alto.
"Los tibetanos escogieron el momento más propicio para centrar la atención del mundo en su causa -le dijo a CAMBIO Christopher McNally, del Centro Oriente-Occidente, con sede en Honolulú (Hawai)-. Una causa que pasa directamente por la supervivencia de una cultura milenaria".
China reclama que el Tíbet hace parte de su territorio, al menos desde el siglo XIII. Y así ha sido sobre el papel. Sin embargo, a comienzos del siglo pasado los tibetanos gozaron de una virtual independencia por más de 40 años, hasta que el Ejército Popular de Liberación de Mao venció a los tibetanos en Chamdo, en 1950. Al evento se le conoce en China como "una liberación pacífica del Tíbet" en el que se abogaba por respetar la autonomía de la zona. Y aunque durante los primeros años los reportes internacionales sobre la invasión fueron positivos, también salieron a la luz sucesos que hicieron dudar al mundo de los métodos del gobierno chino. Se llegó a hablar de una "campaña de terror" para acabar las tradiciones, cultura y creencias que habían prometido salvaguardar. En 1959, de hecho, se forzó al exilio al Dalai Lama, el líder espiritual de los tibetanos, quien hasta entonces se desempeñaba como el gobernante de facto.
Grupos de protesta y cifras entregadas por el gobierno en el exilio hablan de cientos de miles de muertes por tortura, suicidio, ejecuciones y hambre. También se dice que se han dejado en cenizas miles de sus monasterios y evacuado a casi la totalidad de los monjes que vivían allí.
Así mismo, el gobierno de Beijing viene promoviendo la migración de chinos Hun que, lentamente, se han ido convirtiendo en la mayoría, acorralando aún más a los tibetanos que ni siquiera hablan el mismo idioma. Como si fuera poco, han instaurado sesiones de educación patriótica para los monjes dentro de sus propios monasterios y han alterado hasta las reglas de sucesión para los Dalai Lama. Una vez muera el actual, su reemplazo será elegido por un sistema que permitirá a China tener la última palabra. Según la revista Time, un "títere" que marcará el inicio del fin.
El propio Dalai ya ni reclama la independencia y hasta admite la soberanía china. Lucha, sin embargo, por una autonomía que les permita sobrevivir como cultura. Los Olímpicos pueden ser, según McNally, la última oportunidad para impedir que China absorba al Tíbet.
Pero el Tíbet no es único problema que enfrentarán los chinos en los meses venideros. Eso quedó en evidencia este lunes, cuando manifestantes interrumpieron la ceremonia del encendido de la llama olímpica en Grecia para denunciar las violaciones a los derechos humanos del régimen comunista. Con una bandera negra y cinco 'esposas' en reemplazo de los aros olímpicos, los rebeldes dejaron mudo a Liu Qi, presidente del comité organizador de los Juegos.
La alta jerarquía china ha recibido otras malas noticias. El director de cine Steven Spielberg -quien había sido escogido como asesor artístico en las ceremonias de apertura y clausura- renunció por no estar de acuerdo con la política de China para Darfur (venta de armamento y compra de petróleo). La actriz Mia Farrow, ex embajadora de la Unicef, calificó los Juegos como "los Olímpicos del genocidio" a causa de los grandes problemas de medio ambiente de Beijing. La corrupción y la pobreza son ahora comidilla de los medios que están por llegar pronto a la capital.
Según analistas, la aproximación a los Olímpicos es un detonante para los grupos de protesta. Pero según Rebecca MacKinnon, profesora de comunicación en la Universidad de Hong Kong, "las protestas probablemente empujarán a China a adoptar medidas aún más severas para cuidar su orgullo nacional. En vez de crear espacios para debatir, el régimen estará a la defensiva". Para China, dicen analistas, la soberanía es más importante que la imagen. A pesar de creer que los Juegos son una ventana al mundo, no dejarán que les haga perder el control del país.