China quedó expuesta a pocos meses de los Juegos Olímpicos.

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Otros creen que esta nueva oleada de críticas podría además despertar el nacionalismo chino, que ya ve con resentimiento el trato que le dan en Occidente. Michael Pettis, profesor en la Universidad de Beijing, lo explica de otra manera: "Mientras China se convierte en una potencia, va a existir mucho más escrutinio y críticas. Así como los estadounidenses han aprendido a lidiar con eso, los chinos también tendrán que hacerlo. Mi esperanza es que después de la rabia habrá algo de reflexión sobre la complejidad de los asuntos", dice el académico.

Las expectativas sobre China y los Juegos han estado desbalanceadas. Desde que ganó la sede, China presentó al mundo un plan de acción en el que se incluían compromisos sociales, económicos, de gobernabilidad y medioambientales. Pero para Minxin Pei, director del Programa de China en el Carnegie Endowment para la Paz Internacional, "mientras los grupos de activistas y críticos del gobierno de China esperaban cambios concretos en sus políticas, el Gobierno tomó los compromisos por el lado de la imagen y accesibilidad de su capital como un lugar apto para vivir".

Los meses que vienen serán de alta tensión. Existe presión para que otros países del mundo no envíen a delegaciones de alto nivel como señal de solidaridad con el Tíbet o Darfur. Y hasta se habla de un boicoteo semejante al de los Juegos Olímpicos en Alemania, en los albores de la  Segunda Guerra Mundial, o los de Moscú y Los Ángeles, en los años setenta, en plena Guerra Fría. Que eso ayude o empeore la causa de los tibetanos, es lo que está por verse. 

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