Por Antonio Albiñana, periodista y analista.
DESPUÉS DE CASI 10 años tutelado por la ONU, en una especie de insólito protectorado, Kosovo proclamó unilateralmente su independencia el 19 de febrero, sin el acuerdo de algunas de las grandes potencias, pero con el impulso de Estados Unidos.
Se levanta así un nuevo Estado, que nunca lo ha sido -era hasta ahora una provincia de Serbia-, que no tiene posibilidad alguna de sobrevivir sin la ayuda internacional, que carece de cualquier estructura productiva, con un 50% de desempleo; que constituye un centro neurálgico de la economía ilegal europea y en el que imperan las mafias y la amenaza del islamismo radical.
La declaración de independencia de Kosovo, con el reconocimiento de Estados Unidos y de países como Alemania y Francia, se ha perpetrado en manifiesta violación de la Carta de Naciones Unidas, que consagra el principio de integridad de los estados, y del Acta Final de Helsinki, que declaró inamovibles las fronteras europeas desde 1974.
La primera consecuencia de la independencia kosovar ha sido la división de Europa. Con 20 Estados a favor y siete en contra, la Unión Europea ha mostrado su incapacidad para una política exterior común. El Consejo Europeo de Ministros de Exteriores acordó que cada país fuera libre de reconocer o no la independencia de Kosovo, por tratarse de un caso sui géneris, desconociendo, en un bochornoso lavado de manos, que se trataba de un territorio perteneciente a un Estado soberano.
El Presidente de la Asamblea del Consejo de Europa, Luis María de Puig, dijo: "Se puede decir que Estados Unidos nos ha metido en un buen lío con este empeño de darle la independencia a Kosovo, que de forma unilateral y contraviniendo el derecho internacional ha declarado su independencia".
Las declaraciones del responsable europeo y las de líderes como Felipe González -"la secesión de Kosovo es una semilla terrible"-, evocan el origen de lo que hoy sucede y que se puede situar en el invierno de 1991, cuando Alemania reconoció unilateralmente a Eslovenia y a Croacia como estados independientes, haciendo estallar el statu quo de la zona.
El entonces canciller español, Paco Fernández Ordóñez, acababa de regresar de una reunión de colegas europeos en Maastricht en la que todos se habían comprometido a no aceptar independencias autoproclamadas, cuando fue informado de que la diplomacia alemana, vencedora en la Guerra Fría, acababa de desencadenar la disgregación de la antigua Yugoslavia. Su reflexión no podía ser más premonitoria: "Alemania ha actuado al margen de los acuerdos e instituciones europeas. Para reforzar su área de influencia nos mete a todos en una dinámica que podría tener consecuencias imprevisibles". Se abrió así lo que iba a ser llamado sin exageración El atolladero de los Balcanes, cuya última etapa acaba de empezar.
La provincia de Kosovo, que nunca fue una república independiente, tiene mayoría de población y cultura albanesas, aunque posee un valor histórico indeclinable para los serbios, que la consideran el origen de su reino y un símbolo nacional, ya que allí se encuentra el campo de los Mirlos, donde en 1389 tuvo lugar su derrota contra el imperio otomano.
En medio de la desintegración yugoslava, el presidente serbio Milosevic emprendió una ofensiva de limpieza étnica en Kosovo contra la mayoría de origen albanés (el 90 % de la población). El acto conmovió al mundo y justificó en 1991 la primera intervención militar de la OTAN desde su fundación, con casi tres meses de bombardeos. El Presidente serbio, derrotado, aceptó ceder la soberanía de Belgrado a la ONU, que estableció una especie de protectorado al que Kosovo había estado sujeto hasta hoy y que, en todo caso, dejó fuera de cuestión el respeto a la integridad territorial de Yugoslavia.
La OTAN desplegó entonces 17.000 soldados en su mayor operación militar, a la que la Unión Europea se acaba de comprometer a agregar 2.000 personas, entre ellos 1.500 policías, y el resto juristas, jueces, fiscales, funcionarios de prisiones y de fronteras, para levantar un inexistente Estado de derecho donde no hay más que informalidad y cohecho.
El receptor en Kosovo de todo este despliegue es el primer ministro Hashim Thaçi, antiguo terrorista del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) apodado La serpiente y al que Estados Unidos ha tratado de mostrar como el rostro de un nuevo Kosovo. En todo caso, es difícil ocultar que el UÇK llevó a cabo una especie de contralimpieza étnica que, con métodos terroristas, masacró a cientos de personas y provocó el desplazamiento de más de 200.000 kosovares de origen serbio. No en vano, el predecesor del actual mandatario, Ramush Haradinaj, tuvo que dimitir para comparecer como criminal de guerra ante el Tribunal de La Haya.
Lo más preocupante de la independencia de Kosovo es lo que supone como precedente su declaración unilateral de independencia, en un mundo plagado de conflictos protagonizados por minorías que reclaman su propia independencia con argumentos étnicos, culturales, territoriales, políticos...
España, junto con Grecia, es el país europeo más importante que se ha negado a reconocer la independencia de Kosovo. Incluye dos territorios, el catalán y el vasco, cuyos sectores nacionalistas han celebrado la iniciativa kosovar en la línea con su aspiración a una autodeterminación que algunas minorías desean que se convierta en independencia en un plazo indeterminado.
Las implicaciones que el ejemplo de la independencia kosovar desplegará en el mundo son impredecibles. Rusia acaba de anunciar que podría promover la segregación de Osetia del Sur y Abjazia, a las que sostiene económicamente, del Estado de Georgia, fiel aliado de Estados Unidos. En sentido opuesto, Taiwán ha intensificado su reivindicación para constituirse como Estado integrante de la ONU, con manifestaciones masivas en septiembre que causaron inquietud en China, un país radicalmente opuesto a conceder cualquier estatus a la proclamada República de Kosovo.
Sahara Occidental, Gibraltar, Escocia, Zanzíbar para la Organización de Pueblos no Representados (UNPO), que agrupa a 69 miembros, la independencia de Kosovo es un acicate para promover planteamientos secesionistas en los cinco continentes de un mundo sobradamente convulsionado en los albores del siglo XXI.
POR ANTONIO ALBIÑANA,
periodista y analista internacional.