Inminente separación de Kosovo puede acentuar las tensiones entre Rusia y Occidente

Las ambiciones separatistas de Kosovo tomaron impulso con la reelección en Serbia de Boris Tadic. Foto: AP

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"SI KOSOVO DECLARA su independencia, y el mundo la reconoce, se abrirá una Caja de Pandora de consecuencias impredecibles, no solo para la región sino para el mundo", dijo hace poco Sergei Ivanov, viceprimer ministro ruso durante una conferencia de cancilleres en Munich, Alemania.

Esa advertencia, que no es nueva, resuena con mucho más fuerza hoy, pues en pocos días -probablemente el domingo- esta provincia de la antigua Yugoslavia anunciará oficialmente su decisión de romper los lazos que la mantenían atada a Serbia. La inminente decisión acentuará las fuertes tensiones que ya existen ente Rusia y Occidente, descritas por muchos analistas como una virtual "guerra fría".

Las ambiciones separatistas de Kosovo cobraron impulso la semana pasada, tras la victoria en las elecciones presidenciales de Serbia de Boris Tadic, líder moderado cuya bandera ha sido la integración de su país a la Unión Europea. Tanto la Unión Europea como Estados Unidos han condicionado ese camino a una pronta resolución sobre el estatus de Kosovo, provincia administrada por las Naciones Unidas desde 1999, cuando las fuerzas de la OTAN expulsaron a los serbios de este territorio. Los kosovares, cuya mayoría es musulmana y tienen fuertes nexos con la vecina Albania, interpretaron su triunfo como una "vía libre" para declarar su independencia. Una independencia, entre otras, anunciada y prometida por Hashim Thaci, líder electo en esta provincia. "La separación de Kosovo es, desde hace tiempo, un hecho. La pregunta era cuándo y a qué costo", dice Yevgeni Volk, de la Fundación Heritage, con sede en la capital estadounidense .

El cuándo ya llegó. El costo es lo que está por determinarse.

Para una gran mayoría de los serbios, especialmente la corriente nacionalista, Kosovo es inseparable pues la ven como "cuna de su civilización": fue allí donde cedieron ante la invasión del imperio Otomano en el Siglo Xlll, y también donde se recuperaron centurias después. Además, un porcentaje minoritario de los kosovares es cristiano ortodoxo, y de fuertes vínculos con la madre patria. Si se independizan, piensan, quedarían atrapados y desprotegidos en un país cuya mayoría musulmana los odia.    

En Belgrado el tema es objeto de grandes controversias y amenaza con romper una frágil coalición de gobierno. El Primer Ministro serbio Vojislav Kostunica se opone con virulencia a la separación de Kosovo y cuenta con el apoyo de los partidos nacionalistas en el parlamento. Pero ahora, tras la reelección de Tadic -y su mandato a favor de consolidar la Unión Europea- nadie sabe qué pueda pasar.

Los analistas creen que Serbia, en la eventualidad de que no pueda contener la separación de Kosovo, tratará de partirla. Es decir, respaldaría una secesión del norte de la provincia, donde viven la mayoría de los cristianos ortodoxos. Y para ello contaría con el apoyo de Rusia, un actor que no ha sido invisible en esta crisis.

Moscú, aliado incondicional e histórico de los serbios, viene advirtiendo que la independencia de Kosovo desatará una oleada de movimientos separatistas en el mundo. Y menciona los casos en Escocia, España (vascos), Turquía (chipriotas), Iraq (kurdos) y hasta en Estados Unidos, donde un grupo intenta algo similar en el estado de Vermont. 

Y existe el temor de que Rusia, si Occidente reconoce la independencia de Kosovo, aplique el mismo criterio en Abkhazia y Ossetia del Sur, dos provincias en Georgia en las que tiene interés particular. Tanto para Estados Unidos como para Europa, Georgia es clave pues su gobierno pro occidental es un freno a la creciente influencia de la Rusia del presidente Vladimir Putin en la región.

De acuerdo con Anatol Lieven, de la Fundación para una Nueva América, también radicada en Washington, "se están alineando muchos factores que hacen de esta una situación explosiva". Y el mundo recuerda con horror lo que pasó en los Balcanes entre 1991 y 1999, cuando los esfuerzos del líder serbio Slodoban Milosevic por impedir la desintegración de Yugoslavia provocó una cruel guerra que dejó cientos de miles de muertos.

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