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"A VECES NO SÉ CONTRA cuál de los dos estoy compitiendo", dijo hace poco, exasperado, el senador afro americano Barack Obama al referirse al papel protagónico que ha comenzado a jugar el ex presidente Bill Clinton en la campaña presidencial de su esposa Hillary. Los medios de comunicación han comenzado a llamar a la dupla "Billary", al conjugar sus dos nombres.
Obama tiene razón. De un tiempo para acá, el popular ex mandatario William J. Clinton (1993-2001) se ha convertido en todo un "perro de ataque" que recorre el país declarando todo lo que a su esposa no le conviene decir. Y en especial contra el senador afro americano, el principal rival para obtener la candidatura del Partido Demócrata para la Presidencia.
Los analistas se han dedicado en los últimos días a debatir si el "factor Bill" contribuye o perjudica las aspiraciones de la ex Primera Dama. Lo que es claro es que se trata de un fenómeno inédito en la política estadounidense y que hasta hace pocos meses no figuraba en el radar. De hecho la estrategia era precisamente la contraria. Al inicio de su campaña, en febrero del año pasado, la noticia era cómo el ex mandatario se pasaba al extremo de ni siquiera hacer referencia a su compañera de vida en sus apariciones públicas por temor, argumentan, a dañar la imagen que para ese momento los asesores de Hillary estaban tratando de crear: una candidata a favor del cambio, independiente y con nuevas ideas.
Todo cambió tras la derrota de Hillary en las importantes primarias del estado de Iowa, el pasado 3 de enero. El campanazo de alerta fue sonoro, pues Iowa históricamente ha sido -junto con New Hampshire- un estado que da la pauta para determinar a los candidatos de cada partido. Allí Hillary perdió el halo de favoritismo que la había acompañado hasta entonces y la campaña comenzó a temblar. Hillary optó entonces por darle rienda suelta al ex presidente.
En un discurso en la exclusiva Universidad de Dartmouth en Nueva Hampshire, Bill Clinton puso a los votantes y analistas a dudar sobre el récord del senador en cuanto a sus opiniones frente a la guerra en Iraq, calificándolas de un "cuento de hadas". Y aunque el congresista se defendió y aclaró su posición, el 8 de enero Hillary logró el triunfo en las primarias de ese estado y logró detener el descalabro de su campaña. Desde entonces, y dado el aparente éxito de la estrategia, la senadora y su marido se han repartido el mapa político del país y ahora hacen campaña como si los dos estuvieran juntos en la candidatura por la Casa Blanca.
Para las primarias de Carolina del Sur, el pasado fin de semana, la senadora dejó en manos de su esposo la crucial batalla en un terreno de mayoría afro descendiente. Mientras tanto, ella se concentró en California, Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania e Illinois entre otros, escenarios decisivos para el llamado súper martes del 5 de febrero, cuando estarán en juego más de 1.600 delegados, casi la mitad de los que definirán la candidatura en la Convención Nacional Demócrata de agosto.
En Carolina de Sur el papel de Bill Clinton -el gran estratega y zorro político- quedó al descubierto. Los ataques contra Obama fueron tan agresivos, que muchos demócratas tuvieron que llamar a la compostura. Su jugada maestra fue introducir el elemento racial en la campaña. Clinton, en una calculada maniobra, les dijo a los medios que su esposa no podía ganar en un estado donde los afro americanos componen más del 50% de los votos demócratas pues la mayoría se inclinaba por la persona de su misma raza: Obama, en este caso. Y así sucedió. El senador barrió a Hillary gracias a un apoyo rotundo de esta comunidad, que la favoreció en un 80%.
El famoso estratega político Dick Morris, ex asesor de Clinton y uno de los artífices de su triunfo en las elecciones de 1992, afirma que el ex presidente ha desviado la competencia hacia la lucha entre blancos y negros. La estrategia, dice, es fingir que se busca el voto negro, cuando en realidad lo que quiere es consolidar el voto blanco. En otras palabras, encasillar a Obama como el representante de los afro americanos mientras Hillary se lleva el voto blanco y el de los hispanos, dada la vieja rivalidad entre negros y este último grupo.