Calentamiento global, nueva guerra fría y las hipotecas basura son los nuevos temores mundiales

Vladimir Putin y George Bush en Maine. La diplomacia de langosta no sirvió de mucho. Foto: AP

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EL MIEDO a que se desencadene una nueva Guerra Fría entre Rusia  y Occidente, con Estados Unidos como enemigo y Europa como escenario.

La incertidumbre sobre el calentamiento global. Este año tuvo protagonismo muy especial el futuro de la Tierra, con la azarosa Cumbre de Bali como punto y seguido.

El tercer miedo, aún no conjurado del todo, llegó de la mano de la crisis por las llamadas "hipotecas basura" -préstamos concedidos a la ligera por bancos y entidades financieras estadounidenses- que hizo cundir el pánico en los mercados ante el riesgo de un colapso mundial.

El laberinto ruso

De nada valieron operaciones disuasivas, como la cita para una jornada de pesca en la finca de George Bush padre en Maine. La "diplomacia de la langosta" no modificó un milímetro la posición del presidente ruso Vladimir Putin.  Estados Unidos sigue con su plan de instalar un nuevo sistema de defensa en Polonia y la República Checa, y Rusia en deshacer el complejo sistema de acuerdos que significó el final de la Guerra Fría.

Un plan que ha ido cumpliéndose: sus bombarderos nucleares empezaron a patrullar de nuevo por los cielos del planeta, cruzándose con los de Estados Unidos en riesgo cierto de incidentes y mediados de diciembre suspendió su participación en el Tratado de Armas Convencionales en Europa (FACE), a lo que seguirá la ruptura de otros tratados, como el de armas nucleares intermedias e intercontinentales. La escalada ha seguido con la puesta a punto de la bomba de vacío o "termobárica", comparable en sus potenciales efectos destructivos a la mayor carga nuclear. 

Mientras tanto, las fichas siguen moviéndose en el complejo tablero del poder central del país más grande del mundo. Contra todo pronóstico, tras ganar las elecciones  parlamentarias como cabeza de Rusia Unida -partido al que no pertenecía- sin dejar la Presidencia, Putin propuso como sucesor al tecnócrata Dmitri Medvédev, viejo amigo de San Petesburgo pero ajeno al clan de "los siloviki" -una oscura conjunción entre el poder militar y los mandos policiales y de los servicios secretos- y al movimiento Michki (los osos), sostén incondicional de Putin.

Todo indica que el actual Presidente ocupará el segundo puesto de la jerarquía como jefe de Gobierno, para atajar las durísimas luchas entre los clanes del Kremlin. Según algunas fuentes, lo que deseaba realmente era presidir una macro-corporación para el gas y la energía antes de regresar a la Presidencia, pero la situación le ha obligado a seguir con las riendas del poder.

El planeta

Este fue el año en el que el futuro de la Tierra, al menos en sus aspectos físicos, se convirtió en preocupación universal. Sirvió de mucho el apostolado mediático del ex vicepresidente estadounidense Al Gore (curiosamente, cuando era segundo de Bill Clinton no dedicó nada de su gestión al tema) con su documental ganador de un Óscar y su Premio Nobel, compartido por los mucho más serios integrantes del Panel sobre Cambio Climático de la ONU.

Frente a los "negacionistas" bien engrasados desde la Casa Blanca y el poderoso lobby de los industriales estadounidenses que no habían querido saber nada del Protocolo de Kioto, esta vez el consenso fue generalizado, aunque con distintos grados de entusiasmo.

Fue en la cumbre de Bali, a mediados de diciembre, donde se enfrentaron los más concienciados europeos, con los reticentes norteamericanos, los mayores emisores de gases con efecto invernardero, y los hiperdesarrollistas de China e India que no quieren sacrificar su crecimiento a prejuicios ambientalistas aplazados para más adelante, aunque al final cedieran moderadamente sin plazo ni cuantificación.

Los delegados estaban a punto de hacer las maletas sin conclusión alguna, pero ante presión de los activistas del ecologismo decidieron prolongar la cumbre un día. La última madrugada fue dramática. El Secretario del Convenio Climático, Yvo de Boer, que presidía la Convención, se derrumbó y abandonó el estrado entre sollozos cuando los chinos le acusaron de mentiroso.

El propio Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, debió terciar como autoridad universal: "Pueden elegir el camino del compromiso o el de la traición al planeta". Finalmente, la delegada estadounidense Paula Dobriansky declaró entre los aplausos de la concurrencia: "Nos unimos al consenso". Estados Unidos, la primera potencia contaminante, empezaba a implicarse en la guerra contra el cambio climático.

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