Por Antonio Albiñana
EL MIEDO a que se desencadene una nueva Guerra Fría entre Rusia y Occidente, con Estados Unidos como enemigo y Europa como escenario.
La incertidumbre sobre el calentamiento global. Este año tuvo protagonismo muy especial el futuro de la Tierra, con la azarosa Cumbre de Bali como punto y seguido.
El tercer miedo, aún no conjurado del todo, llegó de la mano de la crisis por las llamadas "hipotecas basura" -préstamos concedidos a la ligera por bancos y entidades financieras estadounidenses- que hizo cundir el pánico en los mercados ante el riesgo de un colapso mundial.
El laberinto ruso
De nada valieron operaciones disuasivas, como la cita para una jornada de pesca en la finca de George Bush padre en Maine. La "diplomacia de la langosta" no modificó un milímetro la posición del presidente ruso Vladimir Putin. Estados Unidos sigue con su plan de instalar un nuevo sistema de defensa en Polonia y la República Checa, y Rusia en deshacer el complejo sistema de acuerdos que significó el final de la Guerra Fría.
Un plan que ha ido cumpliéndose: sus bombarderos nucleares empezaron a patrullar de nuevo por los cielos del planeta, cruzándose con los de Estados Unidos en riesgo cierto de incidentes y mediados de diciembre suspendió su participación en el Tratado de Armas Convencionales en Europa (FACE), a lo que seguirá la ruptura de otros tratados, como el de armas nucleares intermedias e intercontinentales. La escalada ha seguido con la puesta a punto de la bomba de vacío o "termobárica", comparable en sus potenciales efectos destructivos a la mayor carga nuclear.
Mientras tanto, las fichas siguen moviéndose en el complejo tablero del poder central del país más grande del mundo. Contra todo pronóstico, tras ganar las elecciones parlamentarias como cabeza de Rusia Unida -partido al que no pertenecía- sin dejar la Presidencia, Putin propuso como sucesor al tecnócrata Dmitri Medvédev, viejo amigo de San Petesburgo pero ajeno al clan de "los siloviki" -una oscura conjunción entre el poder militar y los mandos policiales y de los servicios secretos- y al movimiento Michki (los osos), sostén incondicional de Putin.
Todo indica que el actual Presidente ocupará el segundo puesto de la jerarquía como jefe de Gobierno, para atajar las durísimas luchas entre los clanes del Kremlin. Según algunas fuentes, lo que deseaba realmente era presidir una macro-corporación para el gas y la energía antes de regresar a la Presidencia, pero la situación le ha obligado a seguir con las riendas del poder.
El planeta
Este fue el año en el que el futuro de la Tierra, al menos en sus aspectos físicos, se convirtió en preocupación universal. Sirvió de mucho el apostolado mediático del ex vicepresidente estadounidense Al Gore (curiosamente, cuando era segundo de Bill Clinton no dedicó nada de su gestión al tema) con su documental ganador de un Óscar y su Premio Nobel, compartido por los mucho más serios integrantes del Panel sobre Cambio Climático de la ONU.
Frente a los "negacionistas" bien engrasados desde la Casa Blanca y el poderoso lobby de los industriales estadounidenses que no habían querido saber nada del Protocolo de Kioto, esta vez el consenso fue generalizado, aunque con distintos grados de entusiasmo.
Fue en la cumbre de Bali, a mediados de diciembre, donde se enfrentaron los más concienciados europeos, con los reticentes norteamericanos, los mayores emisores de gases con efecto invernardero, y los hiperdesarrollistas de China e India que no quieren sacrificar su crecimiento a prejuicios ambientalistas aplazados para más adelante, aunque al final cedieran moderadamente sin plazo ni cuantificación.
Los delegados estaban a punto de hacer las maletas sin conclusión alguna, pero ante presión de los activistas del ecologismo decidieron prolongar la cumbre un día. La última madrugada fue dramática. El Secretario del Convenio Climático, Yvo de Boer, que presidía la Convención, se derrumbó y abandonó el estrado entre sollozos cuando los chinos le acusaron de mentiroso.
El propio Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, debió terciar como autoridad universal: "Pueden elegir el camino del compromiso o el de la traición al planeta". Finalmente, la delegada estadounidense Paula Dobriansky declaró entre los aplausos de la concurrencia: "Nos unimos al consenso". Estados Unidos, la primera potencia contaminante, empezaba a implicarse en la guerra contra el cambio climático.
Pero el acuerdo final dejó un sabor agridulce. No fue aceptada la propuesta europea de cuantificar el cese de emisiones y, en la práctica, todo queda pendiente de dos años de negociaciones para redactar un compromiso que sustituya al de Kioto. Con una propina para subvencionar a los países en desarrollo para que no les corten el oxígeno a los ricos deforestando los pulmones del planeta.
Lo peor que podría pasar es que el frenesí climático haga olvidar que la pobreza es el primer problema de la ecología humana. El Secretario Feneral de la FAO, Jacques Diouf, acaba de dar la voz de alerta.
Hipotecas basura
El fenómeno empezó realmente en 2001 cuando subió la demanda de vivienda, la Reserva Federal de EE.UU. bajó las tasas de interés, y bancos y entidades hipotecarias empezaron a dar créditos a personas que luego tendrían dificultades para pagarlos. Luego, los bancos repartieron el riesgo en activos que vendían a otros particulares, bancos o fondos de inversión. Los compradores desconocían los riesgos, obnubilados por la posibilidad de altísimas rentabilidades. Por eso, cuando las familias dejaron de pagar y los bancos de poder hacer frente al problema, empezó a zozobrar la situación de las compañías y la de quienes ofrecían rentabilidades del 14 %.
En 2007 se pinchó la burbuja. La vivienda empezó a caer y los deudores dejaron de pagar con moras cercanas al 20%. La desconfianza se generalizó. Los créditos subprime se convirtieron en basura para el mercado. Calculan en más de 400.000 millones de dólares el monto de la crisis, y crece el temor por una recesión en la economía estadounidense.
Los bancos centrales más importantes del mundo acudieron a inyectar liquidez para evitar el "colapso de confianza", y el Departamento del Tesoro negoció con los bancos hipotecarios un plan de salvamento para los afectados por los subprime, congelando durante cinco años las tasas de interés. Medidas intervencionistas que, paradójicamente, han reclamado a gritos los defensores del ultraliberalismo.
Dos de los bancos más poderosos, Citigroup y UBS, con miles de millones de pérdidas, vieron salir a sus directivos por la escalera de incendios y entrar por la puerta grande a los llamados "fondos soberanos" de países exóticos. Abu Dhabi se quedó con el 5 % del primero y el Gobierno de Singapur con el 9 % del segundo. La economía mundial estará contaminada en 2008 por el mal de las "hipotecas locas".
LA EUROPA DEL SIGLO XXI
El 13 de diciembre 27 estados firmaron en Lisboa un Tratado de Unión que sustituye a la fallida Constitución Europea, abatida en referendo por Francia y Holanda y con pésimas perspectivas de futuro en Reino Unido. El acuerdo puso fin a 10 años de reformas y más de dos de crisis, cuando se conmemoraba el 50 aniversario de la firma del Tratado de Roma, que se estableció la Comunidad Europea.
Al cierre de 2007, Europa es en todo caso, como destaca Jeremy Rifkin, -autor de El sueño europeo: Cómo la visión europea del futuro está eclipsando el sueño americano-, el primer espacio transnacional del mundo, una estructura sin paralelo en la historia que agrupa más de 500 millones de seres humanos desde el Mar de Irlanda hasta las puertas de Rusia.
El Acuerdo, suscrito casi in extremis, con el Primer Ministro inglés llegando tarde para firmar en solitario y marcar distancias, refuerza la figura de un Presidente estable, consagra una Carta de Derechos Fundamentales y abre la opción para que un millón de ciudadanos promueva una iniciativa legislativa. Además, entroniza a Alemania como el país más influyente, pues relaciona directamente los votos de cada Estado con su población. Vuelve la locomotora alemana en detrimento del principio histórico del eje París-Berlín para desdicha del polifacético presidente francés Nicolás Sarzozy.
Por lo demás, 2007 aportó al menos una noticia seria de paz: la de Irlanda del Norte. Dos antiguos prisioneros de Gran Bretaña por instigar o ejercer la violencia: el clérigo unionista protestante Ian Paisley y el líder católico y número dos del Sinn Fein, el brazo político del violento Ira (Ejército Republicano Irlandés), Martin McGuinness, formaron un gobierno de unidad que puso fin a décadas de bombas y enfrentamientos civiles.
POR ANTONIO ALBIÑANA,
periodista y analista internacional