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POR PLINIO APULEYO MENDOZA
Escritor y periodista.
CONSEGUIR a cualquier precio lo que se propone: tal es el rasgo que hace del presidente francés Nicolás Sarkozy, un personaje político fuera de serie. "Para mí -dice- las palabras y las ideas sólo importan en la medida que conducen a la acción". De ahí que aparezca obsesivo, encarnizado en sus empeños, casi un maniático. No cede ante un obstáculo, por grande que sea. No se contenta, como es habitual en el mundo político, con declaraciones y programas que suelen quedarse en palabras bien intencionadas. En su caso, sobran los ejemplos para demostrar lo contrario. De ahí que resulte en Francia un presidente sui generis.
Cuando nadie daba un peso por la vida de cinco enfermeras búlgaras y un médico palestino detenidos ocho años atrás en la Libia de Gaddafi y condenados a muerte bajo la inculpación, flagrantemente injusta, de haber inoculado el virus del sida a 400 niños en un hospital, por cuenta del Mossad y de la CIA, Sarkozy no se limitó a suscribir los implorantes llamamientos hechos por la Unión Europea. Tomó contacto con el dictador libio, rompió unilateralmente el bloqueo que se le había impuesto para la venta de armas, envió a su esposa Cecilia para entrevistarse con él, y en un par de semanas consiguió llevar a Sofía, sanos y salvos, a las enfermeras y al médico. Convirtió en realidad lo que estaba quedándose en inútiles y desesperados pronunciamientos diplomáticos.
Ahora está mostrando el mismo candente empeño para salvar a Íngrid Betancourt y a las demás víctimas de un secuestro político a manos de las Farc. Los dos mensajes de la semana pasada, uno a Manuel Marulanda y el otro a los secuestrados, no sólo resultaron sorprendentes para todo el mundo, sino que marcaron un viraje en la manera como los gobiernos europeos, incluyendo el de la propia Francia, han abordado el problema. Por primera vez las peticiones en busca de una solución humanitaria -y no de un acuerdo, precisión semántica que reviste importancia- fueron dirigidas a los secuestradores y no al Gobierno de Uribe. El mensaje a Tirofijo responde al lenguaje usual de Sarkozy: directo, franco, sin rodeos. "Señor Marulanda, usted lo sabe, no comparto sus ideas y condeno sus métodos". "Le pido solemnemente que libere a Íngrid Betancourt y no haga pesar sobre su conciencia el riesgo que significaría su desaparición". Y a los secuestrados: "Me he comprometido a arrancarlos de un destino inhumano".
Nunca las Farc habían sido emplazadas así por un gobernante europeo. Sarkozy les hace saber que el tiempo apremia, que no se trata de someter la búsqueda de una solución a una larga y paciente negociación como no lo descartaba el propio Chávez y como seguramente pretenden las Farc para reeditar la desastrosa experiencia del Caguán. A esta solicitud apremiante, el presidente Uribe se apresuró a darle un aporte inesperado aceptando, bajo algunas condiciones, una zona de despeje, lo que hasta entonces había negado.
La manera como Uribe puso esta última carta sobre la mesa revela cierta identidad entre los dos presidentes. En realidad se parecen. Son igualmente voluntariosos; tienen el mismo afán de sintonizar sus propósitos con la realidad. Son hiperactivos e invaden con el mismo ímpetu y con igual frecuencia el ámbito de sus colaboradores. Las críticas que les llueven desde las toldas de su respectiva oposición son similares. Los acusan de ser apresurados, emotivos, febriles, excesivos en su deseo de abarcarlo todo e imponer sus puntos de vista. Tienen también un estilo de hablar y de actuar que rompe con el habitual del mundo político. "Se elige a un presidente para que gobierne y no para que rumie", dice Sarkozy, a manera de explicación de su conducta. Uribe podría decir lo mismo.
¿Cómo llegó Nicolás Sarkozy, hijo de inmigrantes húngaros, sin raíces en Francia y sin que la política formara parte de su tradición familiar, a la actividad pública que lo llevó al poder? Él lo explica. "Siempre he sentido una auténtica pasión por romper con las viejas costumbres, por hacer posible lo imposible -escribe en su libro Testimonio-. Esa pasión podría haberme llevado a los negocios, a los asuntos sociales, a la intervención humanitaria o quien sabe a qué". Pero, en realidad, lo sedujo la política desde los 15 años hipnotizado por un propósito: romper con las servidumbres del pasado.
No tenía relaciones, ni dinero, ni un lugar propio en la Francia de provincia; algo que le sirviera, como a ellos, de punto de partida, de feudo propio. Su apellido era más bien un lastre. Su padre fue efímero en su vida: un aristócrata o en todo caso miembro de la elite húngara que abandonó su país tras los acuerdos de Yalta y la llegada del comunismo. Se entregó en París a una vida ligera, muy snob, rodeado de mujeres, vida que acabó por destruir su matrimonio y alejarlo de sus hijos. Éstos tuvieron que salir adelante gracias al empeño de su madre, hija de un judío de Salónica que hizo todos los esfuerzos para que Nicolás pudiera adelantar estudios de Derecho y se hiciera abogado.
Antes que pensar en abrirse paso en su profesión y ganar dinero, Sarkozy se afilió a la UDR, el primer partido gaullista. Nunca pudo olvidar la primera vez que habló en público en un congreso de ese grupo político. Era muy joven y casi no pudo dormir pensando en lo que podría decir al día siguiente. "Estaba aterrorizado", cuenta al recordar la tribuna y la multitud que llenaba el teatro. Cuando le llegó su turno, Jacques Chirac, máximo jefe de su partido, se dirigió a él con una brusca aspereza: "¿Es usted Sarkozy? Tiene sólo cinco minutos para hablar, y no se le permitirá un minuto más, ¿queda claro?".