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Fue su primer encuentro con Chirac, a quien acompañó durante 15 años en todas sus campañas políticas sin tener nunca una buena relación con él. La culpa provenía del propio Sarkozy. Nunca fue dócil con su jefe. No buscaba ganar su simpatía. Tenía sus propias ideas y las exponía sin reato. Y algo aún más insólito dentro de las costumbres políticas de Francia: jamás quiso encerrarse dentro de los linderos de su partido y hacer carrera dentro de él como el cuadro que va subiendo una por una las gradas de la jerarquía hasta llegar a la cúspide. "Me parecía -ha explicado él- que trabajar para un partido era como estar en una cárcel intelectual, privado de cualquier libertad de elección". Por eso nunca estuvo a sueldo del partido gaullista RPR. Por eso también cuando se lanzó como candidato a la Alcaldía del barrio parisino de Neuilly, ni Chirac ni su partido lo apoyaron. Triunfó por su cuenta.
"Presidente caníbal"
Esa orgullosa independencia propia de un líder que no quiere verse atado a compromisos partidistas, es otro rasgo suyo poco común. Tal vez es la clave de su liderazgo. Para sorpresa de sus amigos de derecha, lo demostró al ser elegido Presidente y formar su primer gabinete sin limitarse a su familia política. Produjo muchas sorpresas, pero las más relevantes fueron dos. La primera, designar como Canciller a una personalidad de izquierda y líder ecologista como Bernard Kouchner. La otra resultó aún más impactante: el nombramiento de Rachida Dati como Ministra de Justicia. Fue la mejor respuesta para quienes lo acusaban de racismo luego de que, siendo Ministro del Interior de Chirac, llamara racaille (chusma) a los muchachos negros o magrebíes que en los suburbios de París incendiaban automóviles y comercios como protesta por la muerte de dos de ellos. Dati, hija de un albañil argelino y de una modesta mujer marroquí, creció en esos barrios. Desde muy joven se ganaba la vida vendiendo productos de belleza, limpiando pisos o como cajera en un supermercado. Su designación provocó fruncimiento entre los viejos magistrados pero cayó muy bien en los sectores de izquierda. Y resultó, por cierto, una excelente Ministra.
La verdad es que con ésta y otras audacias, Sarkozy ha logrado poner contra las cuerdas tanto a la extrema derecha como a una izquierda fiel a sus dogmas, que no ha logrado ponerse al día con la economía de mercado y la globalización. "Presidente caníbal, llegó a llamarlo el semanario Le Nouvel Observateur, luego de registrar una frase suya lanzada al descuido: "Yo me los voy a comer a todos". Y hay algo de cierto en ello. Inclusive se ha comido el papel de su Primer Ministro, cargo que en otro tiempo correspondía a un real Jefe de Gobierno, al lado de un presidente con visos de monarca que sólo cumplía un lujoso papel de representación en las relaciones internacionales. Hoy el Jefe de Gobierno es él mientras que su Primer Ministro, François Fillon, juega un papel algo secundario bajo sus órdenes. Francia se encamina de esta manera a un régimen presidencial como el de Estados Unidos o el de Colombia.
Fiel a su propósito de romper ideas o certidumbres del pasado, Sarkozy se ha permitido herejías que ni la izquierda ni la derecha clásicas aceptaban hasta antes de que él llegara al poder. Algunas de ellas: "El problema en Francia es que no trabajamos lo suficiente". "La tasa de crecimiento es 1% más baja de lo que debería ser porque hemos infravalorado el trabajo y hemos hecho todo lo posible por desincentivar que los franceses trabajen". "En las semanas posteriores a mi elección, llevé al Parlamento varias reformas clave: exenciones fiscales para las horas extra; eliminación de los impuestos de sucesión para el 95% de los hogares (para que la gente pueda transmitir a sus hijos los frutos de su vida laboral); reducción del tope impositivo al 50%". "Muchos de los problemas actuales de nuestros suburbios son el resultado de una inmigración sin freno". "Nuestra política fiscal, que grava fuertemente a los sectores de la producción de más movilidad como el capital o los trabajadores altamente calificados, ha llevado a una virtual desaparición de las empresas familiares francesas".
De igual manera impugnó la semana laboral de 35 horas, considerada como una conquista por los socialistas y por él como un daño mortal a la economía. Y ha decidido suprimir los regímenes excepcionales de pensión y disminuir el número de funcionarios, lo que provocó en noviembre una explosión de protestas. Pero fiel a su obstinación, no cedió y al parecer se salió con la suya.
En estas y otras medidas parece seguir los pasos dados décadas atrás en el Reino Unido por Margaret Thatcher, oponiendo al dogma socialista de distribuir la riqueza, la necesidad de crearla, de incentivar al sector privado y disminuir el gasto público. Con ello la señora Thatcher sentó las bases para la prosperidad de su país en las décadas siguientes. ¿Será posible esto en Francia?, se preguntaba hace poco The Economist. El interrogante no es si Francia es o no reformable -decía el semanario- sino si habría alguien capaz de reformarla. La respuesta la dio Sarkozy. "Yo me propongo ser esa persona", dijo. Es posible que una vez más consiga lo que se propone. La propia izquierda francesa, recordando a Tony Blair y lo sucedido en los países escandinavos, ha entrado en un proceso de examen y autocrítica cuya cabeza más visible es Segolène Royal.
Tormentas del corazón
Sarkozy ha demostrado que tiene suficiente fuerza para desafiar tormentas. Las deja pasar de largo sin inquietarse, salvo las que se refieren a su vida sentimental. Allí su voluntarismo encontró límites y se mostró como un hombre vulnerable y muy cercano a cualquier mortal que haya sufrido penas de amor. Es tal vez el aspecto secreto y hasta conmovedor de su personalidad. El primer golpe lo recibió en el verano de 2005, al comienzo de su campaña, cuando Cecilia, su esposa, lo abandonó para vivir en Nueva York una aventura amorosa con un publicista, organizador del Foro de Davos. La fotografía de ella y su amante en la carátula de Paris Match lo obligó a cancelar apariciones públicas. "Nunca hubiera imaginado pasar por algo así", escribiría después.
Atractiva, algo secreta siempre, Cecilia ha sido su gran amor. Sarkozy la conoció cuando ella, muy joven, se casó con su primer marido y él, como Alcalde del barrio de Neuilly, debió oficiar el matrimonio civil. Es posible que no renunciara desde entonces al propósito de hacerla suya algún día, y de hecho lo consiguió cuando, años después, ambos quedaron libres de lazos conyugales. Fue su esposa y compañera de luchas sin que nada hiciera presagiar una ruptura. Con una sorprendente sinceridad -se precia siempre de decir lo que piensa y siente- Sarkozy hizo alusión a este drama, sin mencionarla a ella, cuando se abrió oficialmente la campaña presidencial y habló ante una multitud. "He sufrido mucho -dijo-. He cambiado, hoy soy un hombre distinto, quizás más cercano de quienes han sufrido problemas similares". Fue una extraña, casi íntima aproximación a sus electores.