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POR PRIMERA VEZ EN nueve años, la oposición en Venezuela tiene motivos para celebrar. Después de ocho consecutivas derrotas sacó fuerzas para atravesarse en el camino de la revolución bolivariana, que pretendía transformar el país en un modelo socialista. Para ponerle, al menos, un freno al vértigo con el que Chávez quería llevar a su país en esa dirección.
La inesperada derrota de Chávez en el referendo sobre la reforma de la Constitución le dio la vuelta al mundo y provocó toda una serie de interpretaciones. Para Michael Shifter, subdirector del Diálogo Interamericano, Venezuela no quiso ir a donde el Presidente quería llevarla. El país se asustó ante el prospecto de un líder con poderes ilimitados, perpetuado en el tiempo y con la agravante de coartar las libertades civiles y democráticas más básicas.
Otros, como Boris Segura de la firma inversionista Morgan Stanley, ve más un deterioro del régimen producto de la inflación -que se acerca al 20% anual- y al encarecimiento de productos de la canasta familiar. "La gente que dice favorecer, es la que más está sufriendo por sus políticas económicas", dice, y agrega: "Bill Clinton tenía razón cuando acuñó en 1991 la famosa frase Es la economía, estúpido. Cuando la gente no está satisfecha con sus condiciones de vida, culpa al Gobierno".
Habría que sumar el desgaste de la política exterior. En especial, su exceso de arengas e insultos contra líderes internacionales."Los venezolanos estamos cansados del estigma. Que todo sea 'o se está con Chávez o se está con Bush'. Chávez debe entender que no queremos más división, más agresiones. Debe entender que no estar de acuerdo no significa ser una lombriz, una serpiente o un lacayo del imperio", dice Teodoro Petkoff, director del diario Tal Cual.
El agresivo discurso que tan buenos dividendos le dio a Chávez en el pasado se puede estar agotando. Así lo indica la última encuesta de Latinobarómetro en la cual ocupa, junto a Bush, casi el último lugar de popularidad entre líderes hemisféricos. Lo cierto es que hubo una convergencia de grupos en contra de Chávez: los estudiantes, la iglesia, las ONG de Derechos Humanos, la llamada "oposición" y hasta un sector del chavismo.
Pero esa página ya se pasó. Y la pregunta ahora es qué sigue para Venezuela, para Chávez y para el movimiento bolivariano. ¿Se mantendrá la ambiciosa diplomacia petrolera, la política exterior que busca influir en varios países del continente? José Miguel Vivanco, de Human Rights Watch -crítico acérrimo de Chávez- cree que en la arena internacional habrá un efecto dominó. "Líderes como Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y Ortega en Nicaragua, que venían copiando su modelo, deben tomar nota. Esto fue un campanazo de alerta. Hay límites de la democracia que deben ser respetados".
En la arena doméstica el asunto es menos predecible. Según Vivanco de esto puede surgir un Chávez más conciliador o un Chávez más radicalizado. La lógica indica lo primero. Y sus primeros pasos, después de la derrota del domingo, también: no salió como un botafuego ni desconoció el resultado, a pesar del margen estrecho.
Lo que falta ver es si ha asimilado el mensaje que le envió, con claridad, el electorado. Que quiere un cambio de rumbo o, por lo menos, de la velocidad del cambio. Chávez tiró muy fuerte la cuerda de la tolerancia de los venezolanos. Y si algo quedó claro es que extralimitarse en la concentración de poder puede resultar costoso y hasta poner en tela de juicio la revolución.