(Página 1 de 2)
POR GABRIEL IRIARTE NUÑEZ,
analista internacional.
LAS ELECCIONES parlamentarias efectuadas en Kosovo el 17 de noviembre último, en medio de arduas gestiones diplomáticas para definir el futuro estatus de esta provincia autónoma de Serbia, constituyen un hito en la agitada historia de este olvidado territorio en el corazón de los Balcanes, todavía hoy una de las regiones más volátiles del planeta. El 90% de los kosovares, de origen albanés, mayoritariamente musulmanes y partidarios de la total independencia de Serbia, cuentan con el apoyo de Tirana, mientras que la minoría serbia, principalmente cristiana ortodoxa, es partidaria de mantener el dominio político-administrativo de Belgrado e incluso se negó a participar en los recientes comicios legislativos y municipales. A pesar de las prolongadas negociaciones lideradas por una troika compuesta por la Unión Europea, Estados Unidos y Rusia, las posiciones están polarizadas al máximo y todo apunta a que los albano-kosovares, a través del gobierno recién elegido, declararán su independencia antes de que termine el año.
El 10 de diciembre, la troika deberá entregar al Secretario General de la ONU el informe final sobre sus actividades en pro de un arreglo negociado. De no alcanzarse una solución como la que plantea este grupo, es muy probable que los Balcanes y, una vez más Kosovo, vuelvan a ser el centro de una delicada crisis internacional. Pese a que sus dos millones de habitantes viven en medio de la pobreza y el desempleo, la pequeña provincia de 10.877 km2 tiene enormes yacimientos de zinc, plomo, metales no ferrosos, plata y oro, entre otros, que la convierten en un botín muy codiciado.
Luego de siglos de dominación otomana, Kosovo pasó a formar parte del entonces reino independiente de Serbia desde la primera guerra balcánica, en 1912, y luego se incorporó a Yugoslavia. En vista de los anhelos secesionistas que siempre imperaron entre la población étnicamente albanesa de Kosovo, la Constitución yugoslava de 1974 le concedió a la región condiciones muy amplias de autonomía y un sistema de autogobierno de facto, situación que se mantuvo hasta finales de los años 80.
En respuesta a las denuncias de la minoría serbia kosovar de campañas de persecución por parte de las mayorías albanesas, el régimen ultranacionalista de Slobodan Milosevic suprimió por completo los derechos autonómicos de Kosovo, lo cual dio comienzo a una creciente agitación política contra la presencia militar y policiva de Belgrado en el territorio.
El derrumbe del bloque soviético en Europa Oriental y el desmoronamiento del estado multiétnico de Yugoslavia a partir de 1991, contribuyeron de manera notable a estimular las tendencias separatistas de Kosovo. Así, los legisladores kosovares declararon la independencia en julio de 1990 y dos años después eligieron al primer presidente de la autoproclamada república soberana, en abierto desafío a las autoridades serbias, lo que llevó a Milosevic a disolver el parlamento y a endurecer las ya draconianas medidas represivas contra la población albanesa. Con el surgimiento del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), a mediados de la década, la situación empezó a adquirir las características de una sanguinaria contienda civil. Según las agencias de inteligencia serbias, el ELK pronto comenzó a recibir ayuda de las organizaciones islámicas más radicales del Medio Oriente: dinero, armas e incluso combatientes.
En la medida en que la antigua Yugoslavia se fragmentaba en cinco estados independientes -Serbia/Montenegro, Bosnia, Croacia, Eslovenia y Macedonia- y ante el temor de que Kosovo se convirtiera en el sexto, Belgrado desató lo que cada vez se pareció a una campaña de exterminio contra los kosovares albaneses y el ELK, hasta el punto de que cerca 250.000 personas tuvieron que huir y refugiarse en países vecinos como Albania y Macedonia.
Entre marzo y septiembre de 1998, los numerosos actos de salvajismo perpetrados por el Ejército serbio trascendieron las fronteras: en septiembre la ONU exigió un cese del fuego en Kosovo y la OTAN lanzó un ultimátum a Milosevic advirtiéndole que estaría dispuesta a tomar medidas extremas si no suspendía sus acciones bélicas contra la población civil. Ante el abierto rechazo por parte de Belgrado, en marzo de 1999 la OTAN dio comienzo a una campaña de bombardeos contra objetivos militares serbios en Kosovo, que se prolongaría durante 78 días al cabo de los cuales Milosevic se vio obligado a ceder y a retirar sus tropas. Por su parte, el ELK también accedió a suspender acciones militares.
Bomba de tiempo
Desde junio de 1999, Kosovo ha sido administrada por la ONU bajo un régimen de protectorado internacional, mientras que 16.000 efectivos de la OTAN se encargan de mantener el orden interno -defender a la minoría serbia de ataques de los albaneses e impedir choques entre las dos etnias- y de proteger la provincia de cualquier operación militar de Serbia.