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Por GABRIEL IRIARTE NÚÑEZ
Editor General de Planeta.
COMO CONSECUENCIA del ataque a las Torres Gemelas, Estados Unidos invadió Afganistán a finales de 2001 con el objeto de derrocar el gobierno talibán, bajo cuya protección se habían desarrollado las huestes de Al Qaeda. El tenebroso régimen de los talibán fue destruido y los milicianos de Osama bin Laden tuvieron que huir a las montañas de Tora Bora y las regiones adyacentes de Paquistán.
Sin embargo, a pesar de sus éxitos iniciales, en los últimos años Washington y sus aliados se han visto envueltos en una compleja guerra que los enfrenta a dos adversarios -un renacido terrorismo talibán y el tráfico de narcóticos- cuyos intereses, tradicionalmente divergentes, hoy en día coinciden y se complementan en su lucha contra las tropas extranjeras y el gobierno de Hamid Karzai. Los más de 35.000 soldados de la OTAN (23.000 de ellos norteamericanos) desplegados en las principales ciudades y regiones afganas, apoyados por 38.000 efectivos del ejército de Kabul, no solamente han fracasado en su propósito de aniquilar las fuerzas talibán, sino que tampoco han conseguido frenar el crecimiento de los cultivos de amapola y la distribución de heroína.
En la actualidad, Afganistán es de lejos el principal exportador de opio, base de la heroína, con un 92% del suministro mundial y una producción de amapola que en 2006 superó las 6.000 toneladas métricas, un 57% más que el año anterior. Según la ONU, en 2007 podría registrarse un incremento adicional del 15%. Se calcula que más de 200.000 hectáreas están sembradas con adormidera y que alrededor de un 10% de la población total de 27 millones de habitantes se dedica al cultivo de la planta. Más de la mitad del Producto Interno Bruto del país (aproximadamente 3.100 millones de dólares) proviene de las acciones relacionadas con el narcotráfico, cuyos capos se quedan con la tajada del león. Para un labriego afgano la diferencia entre sembrar amapola y cualquier otro producto es notable, especialmente en un país con altísimos niveles de pobreza y marginalidad.
Así, en términos generales, una hectárea de adormidera genera un beneficio cercano a los 4.500 dólares anuales, contra apenas 400 de la misma superficie sembrada con trigo. Ante esta situación, las cuantiosas sumas de dinero invertidas por los contingentes de la OTAN en campañas de erradicación y sustitución de cultivos han fracasado estrepitosamente a lo largo y ancho del territorio afgano. Por cada hectárea de adormidera destruida surgen al menos una y media. No de otra manera se explica el aumento de los cultivos cada año que pasa.
Y aquí es donde entran en escena los talibán. Si bien durante su gobierno de terror y fanatismo aplicaron una dura política represiva contra la siembra de amapola y el tráfico de opio, que redujo estas actividades a su mínima expresión, en la actualidad se han convertido en sus principales patrocinadores y beneficiarios.