Septiembre 6 de 2007

La guerra del opio

Seis años después de la invasión, los talibán andan fortalecidos y la producción de heroína, disparada. Gabriel Iriarte Núñez para Cambio.

Por GABRIEL IRIARTE NÚÑEZ
Editor General de Planeta.

COMO CONSECUENCIA del ataque a las Torres Gemelas, Estados Unidos invadió Afganistán a finales de 2001 con el objeto de derrocar el gobierno talibán, bajo cuya protección se habían desarrollado las huestes de Al Qaeda. El tenebroso régimen de los talibán fue destruido y los milicianos de Osama bin Laden tuvieron que huir a las montañas de Tora Bora y las regiones adyacentes de Paquistán.

Sin embargo, a pesar de sus éxitos iniciales, en los últimos años Washington y sus aliados se han visto envueltos en una compleja guerra que los enfrenta a dos adversarios -un renacido terrorismo talibán y el tráfico de narcóticos- cuyos intereses, tradicionalmente divergentes, hoy en día coinciden y se complementan en su lucha contra las tropas extranjeras y el gobierno de Hamid Karzai. Los más de 35.000 soldados de la OTAN (23.000 de ellos norteamericanos) desplegados en las principales ciudades y regiones afganas, apoyados por 38.000 efectivos del ejército de Kabul, no solamente han fracasado en su propósito de aniquilar las fuerzas talibán, sino que tampoco han conseguido frenar el crecimiento de los cultivos de amapola y la distribución de heroína.

En la actualidad, Afganistán es de lejos el principal exportador de opio, base de la heroína, con un 92% del suministro mundial y una producción de amapola que en 2006 superó las 6.000 toneladas métricas, un 57% más que el año anterior. Según la ONU, en 2007 podría registrarse un incremento adicional del 15%. Se calcula que más de 200.000 hectáreas están sembradas con adormidera y que alrededor de un 10% de la población total de 27 millones de habitantes se dedica al cultivo de la planta. Más de la mitad del Producto Interno Bruto del país (aproximadamente 3.100 millones de dólares) proviene de las acciones relacionadas con el narcotráfico, cuyos capos se quedan con la tajada del león. Para un labriego afgano la diferencia entre sembrar amapola y cualquier otro producto es notable, especialmente en un país con altísimos niveles de pobreza y marginalidad.

Así, en términos generales, una hectárea de adormidera genera un beneficio cercano a los 4.500 dólares anuales, contra apenas 400 de la misma superficie sembrada con trigo. Ante esta situación, las cuantiosas sumas de dinero invertidas por los contingentes de la OTAN en campañas de erradicación y sustitución de cultivos han fracasado estrepitosamente a lo largo y ancho del territorio afgano. Por cada hectárea de adormidera destruida surgen al menos una y media. No de otra manera se explica el aumento de los cultivos cada año que pasa.

Y aquí es donde entran en escena los talibán. Si bien durante su gobierno de terror y fanatismo aplicaron una dura política represiva contra la siembra de amapola y el tráfico de opio, que redujo estas actividades a su mínima expresión, en la actualidad se han convertido en sus principales patrocinadores y beneficiarios.

Regreso a casa

A raíz de la invasión a Iraq en 2003, los Estados Unidos dedicaron sus mayores esfuerzos a la derrota de Saddam Hussein y, por decirlo de alguna manera, bajaron la guardia en Afganistán. Creyeron, además, que los talibán estaban acabados y Al Qaeda agonizaba, lo cual les permitía concentrarse en la batalla por Iraq. No obstante, pese a la aplastante derrota que sufrieron inicialmente ante la embestida norteamericana, los talibán consiguieron reagruparse en santuarios ubicados en el vecino Pakistán y a partir de 2003 emprendieron el camino de regreso a través de la porosa frontera que separa los dos países.

Desde entonces, las bandas terroristas talibán han logrado avances significativos en todos los frentes y recuperado el control sobre amplias regiones y núcleos de población cada vez más grandes, en especial allí donde el negocio de la droga está más arraigado y, por consiguiente, hay más inconformidad con las políticas de erradicación de cultivos de las autoridades locales y las fuerzas de la OTAN. Los talibán constituyen, entonces, una alternativa muy atractiva para cientos de miles de cultivadores de amapola, pues aquellos no solamente les ofrecen protección frente al invasor y sus aliados de Kabul, sino que al mismo tiempo les abren las puertas (o los presionan) para que ingresen a su aparato militar en calidad de combatientes asalariados.

Pero la lucha antinarcóticos no solo beneficia a los talibán con el reclutamiento de campesinos inconformes e incluso arruinados, sino que también les permite sacar provecho del negocio mismo de las drogas. En las zonas controladas por ellos y aun en aquellas en las cuales apenas empiezan a extender su dominio, han establecido estrechos vínculos con las organizaciones criminales del narcotráfico con el doble propósito de ganar amigos para el combate contra Estados Unidos y obtener fondos suficientes para financiar su causa. Esto lo logran a través del cobro de "impuestos de guerra", tanto a los cultivadores como a los traficantes, y mediante la protección militar a las plantaciones, a los laboratorios y a las rutas por las cuales salen al exterior el opio y la heroína. Solo la apartada y empobrecida provincia de Helmand, controlada por los talibán, produce hoy tanta o más droga que países como Myanmar o Marruecos. De esa magnitud es el negocio.

La gran paradoja de esta historia es que en Afganistán la guerra contra las drogas está perjudicando la guerra contra el terrorismo, o, mejor, la guerra contra las drogas está beneficiando tanto a los narcotraficantes como a los talibán. Al igual que otras partes del mundo, la alianza entre los grupos terroristas y el crimen organizado es una realidad en Afganistán y los primeros han descubierto una fuente inagotable de financiación y cierto respaldo en no pocos sectores de la población que viven de los cultivos ilícitos. Y lo más grave es que Estados Unidos no sólo no alcanzó ninguna de sus metas sino que el gobierno de Karzai es cada día más débil y más corrupto, los talibán resurgieron de las cenizas y el negocio de la heroína es más próspero que nunca.  

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