La guerra del opio

Ni los 35.000 soldados de la OTAN, ni los 38.000 efectivos de Kabul han podido detener a los talibán.

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Regreso a casa

A raíz de la invasión a Iraq en 2003, los Estados Unidos dedicaron sus mayores esfuerzos a la derrota de Saddam Hussein y, por decirlo de alguna manera, bajaron la guardia en Afganistán. Creyeron, además, que los talibán estaban acabados y Al Qaeda agonizaba, lo cual les permitía concentrarse en la batalla por Iraq. No obstante, pese a la aplastante derrota que sufrieron inicialmente ante la embestida norteamericana, los talibán consiguieron reagruparse en santuarios ubicados en el vecino Pakistán y a partir de 2003 emprendieron el camino de regreso a través de la porosa frontera que separa los dos países.

Desde entonces, las bandas terroristas talibán han logrado avances significativos en todos los frentes y recuperado el control sobre amplias regiones y núcleos de población cada vez más grandes, en especial allí donde el negocio de la droga está más arraigado y, por consiguiente, hay más inconformidad con las políticas de erradicación de cultivos de las autoridades locales y las fuerzas de la OTAN. Los talibán constituyen, entonces, una alternativa muy atractiva para cientos de miles de cultivadores de amapola, pues aquellos no solamente les ofrecen protección frente al invasor y sus aliados de Kabul, sino que al mismo tiempo les abren las puertas (o los presionan) para que ingresen a su aparato militar en calidad de combatientes asalariados.

Pero la lucha antinarcóticos no solo beneficia a los talibán con el reclutamiento de campesinos inconformes e incluso arruinados, sino que también les permite sacar provecho del negocio mismo de las drogas. En las zonas controladas por ellos y aun en aquellas en las cuales apenas empiezan a extender su dominio, han establecido estrechos vínculos con las organizaciones criminales del narcotráfico con el doble propósito de ganar amigos para el combate contra Estados Unidos y obtener fondos suficientes para financiar su causa. Esto lo logran a través del cobro de "impuestos de guerra", tanto a los cultivadores como a los traficantes, y mediante la protección militar a las plantaciones, a los laboratorios y a las rutas por las cuales salen al exterior el opio y la heroína. Solo la apartada y empobrecida provincia de Helmand, controlada por los talibán, produce hoy tanta o más droga que países como Myanmar o Marruecos. De esa magnitud es el negocio.

La gran paradoja de esta historia es que en Afganistán la guerra contra las drogas está perjudicando la guerra contra el terrorismo, o, mejor, la guerra contra las drogas está beneficiando tanto a los narcotraficantes como a los talibán. Al igual que otras partes del mundo, la alianza entre los grupos terroristas y el crimen organizado es una realidad en Afganistán y los primeros han descubierto una fuente inagotable de financiación y cierto respaldo en no pocos sectores de la población que viven de los cultivos ilícitos. Y lo más grave es que Estados Unidos no sólo no alcanzó ninguna de sus metas sino que el gobierno de Karzai es cada día más débil y más corrupto, los talibán resurgieron de las cenizas y el negocio de la heroína es más próspero que nunca.  

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