Peor el remedio

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Lo más anecdótico es que esta "guerra contra el terrorismo" que era la gran bandera del presidente George W. Bush, se ha convertido en su peor lastre. En los dos años que siguieron al 9/11 Bush gozó de una popularidad que rayaba en el 80%. Hoy escasamente alcanza el 30%, el mismo nivel del presidente más impopular de la historia: Richard Nixon. En el proceso, Bush vio evaporarse la mayoría republicana en el Congreso estadounidense, hoy controlado por los demócratas, y todo indica que dejará la Casa Blanca a la oposición.

Nadie ha dicho que es mejor quedarse cruzado de brazos frente al terrorismo. Pero lo que estos últimos seis años demuestran es que librando guerras, imponiendo ideologías y asumiendo posiciones unilaterales poco se ha logrado. Al contrario, la cura ha resultado peor que la enfermedad.

Mientras tanto, los candidatos demócratas han aprovechado la ocasión para ventilar sus propias propuestas, que para muchos analistas son mucho más sensatas: aumentar la cooperación policial y de inteligencia con países involucrados, además de fortalecer a la sociedad civil como antídoto ante las expresiones más radicales que se alimentan de la pobreza y el aislamiento.

Así, tal vez, la historia por contar al cabo de los próximos seis años, sea una más optimista.

LA ESTRATEGIA DE BUSH

Más que una muestra de apoyo, el intempestivo viaje del presidente George W. Bush a Iraq fue una clara señal de que Estados Unidos está próximo a retirarse. En una base militar de la provincia de Anbar, el Presidente anunció que de continuar los avances de los últimos meses, sería probable retirar tropas sin comprometer la situación de seguridad.

Con ello, Bush trata de matar dos pájaros con un tiro. Primero, anticiparse al testimonio que rendirá ante el Congreso el general David Petreaus, durante el debate en el que será evaluada la situación en Iraq desde que Bush ordenó el aumento de tropas a comienzos de año. Eso aliviaría un poco la presión de los demócratas, que han convertido el tema de Iraq, y el del repliegue, en el centro de sus relaciones con la Casa Blanca.

De paso, Bush busca otorgar un margen de maniobra a los candidatos presidenciales del Partido Republicano, que han tenido que cargar con el fardo de Iraq y la impopularidad de Bush. Audaz maniobra, aunque muchos piensan que llega demasiado tarde.

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