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PABLO TROCONIS es apenas otro ejecutivo en Venezuela que hace cola en un concesionario de Caracas para cambiar de carro. "Quiero aprovechar el precio de los créditos bancarios -dice-. De paso, quiero comprar un televisor de plasma".
Como él, miles de venezolanos andan de plácemes por los centros comerciales aprovechando el crecimiento económico, el exceso de liquidez y la devaluación del bolívar. Según ellos, la única forma de protegerse del alza de los precios es con la compra de activos tales como equipos, carros o incluso vivienda, a pesar de que en el caso de la vivienda, el impulso de compra parece empañado por una gran inseguridad jurídica en materia de propiedad privada. Lo cierto es que, por el motivo que sea, existe una escalada en la demanda que las empresas locales no están en capacidad de satisfacer.
La liquidez aumentó en 70% en 2006 y llegó a 55.255 millones de dólares, mientras que el crecimiento del consumo alcanzó el 20% en el mismo período, según la empresa encuestadora Datanálisis.
La campaña proselitista del gobierno del presidente Hugo Chávez se ha basado en los últimos años en favorecer a las clases populares con recursos en metálico que terminan volcados al consumo. De hecho, los estudios han detectado que estas clases -llamadas D y E en la estratificación social- son las que más gastan, al punto que se han constituido en un apetecible nicho de mercado para empresas de los más diversos rubros.
El sistema financiero bancario venezolano, que no tiene más opción que sumarse a la causa del Gobierno, promueve compras a crédito, da financiamiento con relativa facilidad, apoya al microempresario y además, tiene como objetivo bancarizar a una masa poblacional tradicionalmente alejada de sus servicios. En sólo un año, la demanda de créditos, cuyo costo bajó de 40% a niveles de 16%, aumentó en promedio más del 65% según la Superintendencia de Bancos, y sigue creciendo.