De Seattle a Copenhague

Fotos: Efe

Por estos días la atención mundial se centra en la cumbre sobre el Cambio Climático que se celebra en Copenhague (Dinamarca), reúne a representantes de 191 países y que cierra con un dorado broche diplomático la importancia global que el medio ambiente ha recuperado en esta primera década del siglo XXI. Hace diez años, en diciembre de 1999, la ciudad estadounidense de Seattle cerraba la década de los noventas con uno de los más violentos disturbios antiglobalización. "The battle of Seattle" (La batalla de Seattle) resumió en su momento el surgimiento y consolidación de fuertes movimientos civiles y de ONG que rechazaban la tendencia integral del último decenio del siglo pasado.

Copenhague resume diez años en los que los temas ambientales ganaron peso en la agenda a nivel global. La más reciente encuesta mundial del Proyecto Pew de Actitudes Globales de diciembre de 2009 muestra que las preocupaciones ambientales han crecido en todo el planeta: las mayorías en países tan diversos como Brasil, Pakistán, Nigeria, México, Francia y Corea del Sur consideran el cambio climático como un "problema serio". En 23 de los 25 países del sondeo la mayoría de los encuestados priorizó el medio ambiente sobre otros temas de agenda pública aun "si reduce el ritmo de crecimiento económico y genera pérdida de empleos".

Un marcado contraste con la misma encuesta a principios de la década (2001 y 2002) donde solo 4 de 44 países identificaron el medio ambiente y la polución como los problemas más apremiantes en sus respectivas sociedades. No causa sorpresa que en esos años la epidemia del sida y el odio étnico generaban una mayor angustia alrededor del mundo. El cambio climático, como amenaza de magnitudes planetarias y con efectos tanto en países ricos como pobres, ha elevado la agenda ambiental a prioridad diplomática en estos diez años.

La creación de redes científicas, pasando por  campañas globales de concienciación y comunicación, y hasta la conformación de asociaciones de las más populosas urbes se cuentan dentro de las distintas manifestaciones de presión, mitigación y estudio de este fenómeno climático. Con más profundidad que en crisis ambientales pasadas como la capa de ozono, los hábitos de consumo se están modificando y alterando los equilibrios políticos y económicos de las sociedades desarrolladas. Se transformaron los carros, las reglas de construcción de edificios, el manejo de residuos, las transferencias tecnológicas del Norte al Sur; ganaron seguidores de las bicicletas, las bolsas biodegradables,  los productos orgánicos, el etanol, el gas natural, la energía nuclear y el ecoturismo. Se crearon bolsas de intercambio de emisiones de dióxido de carbono y estrategias de reforestación y recaptura de gases y techos verdes. Pululan movimientos que promueven la compra de alimentos cultivados localmente, 'locávoros', la agricultura urbana, herramientas para calcular y reducir las huellas de carbono de los países, las ciudades, las industrias, las fábricas, los edificios y hasta las personas.   

Sin embargo, al igual que los enfrentamientos en Seattle hicieron poco por detener el ritmo de la globalización (se necesitó una crisis económica de grandes proporciones como la actual para quebrar las tendencias), una década de investigaciones, campañas y presiones políticas no se ha traducido en una reducción tangible de las emisiones de los gases efecto invernadero. El balance de un intenso decenio de éxitos en la conciencia pública -desde premios Nobel, óscares de la academia, marchas en las capitales del mundo, surgimiento de íconos ambientales, consensos en el mundo científico y preocupación de la opinión- se contrapone con escasos resultados en materia política y de avance en los objetivos propuestos en el Protocolo de Kyoto.

Ya a nivel doméstico, aunque la preocupación ambiental en Colombia esté creciendo, la institucionalidad del sector hoy es más débil debido a la fusión de la cartera de Ambiente con las áreas de Vivienda y Desarrollo Territorial. La capacidad técnica y la autonomía administrativa de las políticas públicas medioambientales quedaron supeditadas en un ministerio con prioridades igualmente exigentes.

A esto se añade la escasez presupuestal en materia de porcentaje del PIB: de 0,11 por ciento en 1996 a 0,04 en 2006. Más allá de los efectos del cambio climático en glaciares y la oportunidad para que el país explore las iniciativas de protección de bosques, la política ambiental colombiana ha venido experimentando un declive en estos últimos años, cuyas posibilidades de encarar no dependen de un acuerdo diplomático de 191 países en la capital danesa.

Problemáticas como la calidad del aire en las áreas urbanas, la degradación de algunos parques naturales y de  aguas y los efectos ambientales del crecimiento de la explotación minera en el país requieren para la siguiente década un aparato institucional más sólido y coordinado.

A la preocupación, global e interna, que el medio ambiente despertó en estos diez años y que puso el tema en la agenda de la sociedad, hay que contraponerle una acción estatal de protección e impulso en concordancia.

Por Francisco Miranda Hamburger,
editor Opinión 'El Tiempo'

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