Si en estos tiempos los Reyes Magos pretendieran llegar hasta el pesebre guiados por la estrella de Belén, con seguridad quedarían desorientados al no encontrarla en el cielo. La causa del despiste no sería otra que el excesivo alumbrado utilizado en esta época por las ciudades. Y es que, al igual que ocurre con muchas especies en el planeta, la noche también está al borde de la extinción.
Por culpa de los alumbrados nocturnos, dos tercios de la humanidad viven bajo cielos contaminados por luz, un tipo de polución que trastorna la vida de la mayoría de los seres vivos. "Llamamos contaminación lumínica al brillo o resplandor del cielo nocturno, producido por la difusión de la luz artificial -anotaba el fallecido geógrafo colombiano William Cepeda, uno de los pocos que ha escrito sobre el particular en Colombia-. Como resultado, la oscuridad de la noche disminuye progresivamente la luz de las estrellas y de los demás astros".
Así que noches sin estrellas, aves que se golpean contra edificios alumbrados, alteración de sus ciclos migratorios, mamíferos nocturnos que no pueden salir a cazar o tortugas que salen a carreteras iluminadas para deso-var -y ser arrolladas- son solo algunos ejemplos del impacto de la llamada contaminación lumínica.
Conscientes de esta menos conocida forma de contaminación y de que el fenómeno se acentúa con los alumbrados navideños, habitantes de varias ciudades han comenzado a plantear alternativas sin que eso signifique aguar las fiestas. Es así como en Terrassa, en Cataluña, España, los habitantes y gobernantes decidieron rodear la ciudad con adornos de material reflectante, es decir, las mismas luces de señalización que se encuentran en las carreteras oscuras. Con esta decisión han logrado reciclar luz, y aunque muchos reconocen que no han logrado un típico ambiente navideño, valoran el esfuerzo por encontrar alternativas amigables con el medio ambiente.
Por su parte, Málaga, también en España, redujo la cantidad de vatios instalados a menos de la mitad de los que utilizó el año pasado. Esto lo logró con el uso de lámparas LED, con las que, aparte de disminuir la demanda de energía, atenuó la incandescencia de las luces y con ello la contaminación lumínica. Desde el punto de vista económico, los resultados han sido igualmente alentadores, pues el gasto en alumbrado navideño se redujo un 66 por ciento con respecto al año anterior.
Ante la gravedad del asunto...
En Estados Unidos, el país del derroche lumínico en tiempos de Navidad, los buenos propósitos tampoco se han hecho esperar. Este año, la Asociación Médica Estadounidense expidió una resolución en la que ofreció apoyo a las iniciativas encaminadas a evitar el desperdicio de luz y recomendó que fueran diseñados alumbrados públicos más eficientes.
Los números no dan para otra cosa, si se tiene en cuenta que, según los datos citados en la resolución de marras, cerca del 40 por ciento de la luz emitida por los bombillos convencionales del alumbrado público es desaprovechada, y "contribuye al exceso de producción de dióxido de carbono y posiblemente al calentamiento global". La Asociación también señala que los resplandores provocados por la luz artificial son un riesgo para la seguridad en las carreteras, ya que reducen la visibilidad en la noche, y advierte que la salud humana también puede verse afectada (ver recuadro).
Ante la evidencia, una de las soluciones más baratas y efectivas es dirigir el alumbrado hacia el suelo, con la intención de no iluminar el cielo. Así lo hicieron en la población de Harmony, Florida, donde los faroles de las calles fueron cubiertos y las bombillas reemplazadas por focos de sodio a alta presión, mucho menos dañinos para el ambiente porque producen un brillo más tenue, no manchan en exceso el cielo y no inciden tanto en el resplandor natural de la noche.
En los próximos años, seguirán apareciendo ciudades que adopten estrategias de este corte. Al fin y al cabo, ¿quién dijo que la ecología atenta contra el espíritu navideño?
Eso les pasa por 'iluminados'
Los primeros en protestar por la contaminación lumínica son los astrónomos, impedidos para ver las estrellas por el alumbrado urbano. Pero cada día es más claro que la ausencia de noche afecta la salud. "La iluminación artificial recortó el periodo de sueño, y se pasó de ocho horas a cinco -asegura Marco Aurelio Venegas, neurólogo especialista en trastornos del sueño-. Esta disminución del descanso produce somnolencia, cansancio, fatiga crónica y propensión a equivocaciones laborales y accidentes". Según Venegas, la falta de sueño reduce la melatonina, hormona segregada durante el sueño, lo que aumenta las posibilidades de padecer cáncer, pues esta "posee propiedades anticancerígenas". A su vez, anotan los expertos, esto afecta el desarrollo de la inteligencia. "Por cuestiones biológicas, la adaptación a un cambio drástico dura un tiempo prolongado. Puede tardar siglos", puntualiza el especialista.