Arquitectura colombiana ya tomó cartas en el calentamiento global

La sede de Compensar (calle 94 de Bogotá), de los arquitectos Juan López, Ricardo La Rotta y Ramón Quevedo, fue premiada por amigable con el medio ambiente. Foto: Archivo particular.

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El incauto podría pensar que la fachada flotante, el color plateado y el sartal de aleros de la torre Proksol fueron caprichos de los arquitectos, pero lo cierto es que Mauricio Rojas Vera y Germán Rodríguez Devis no dejaron nada al azar.

Cuando les encomendaron la construcción del edificio de oficinas sobre la Autopista Norte con calle 97 de Bogotá, analizaron el curso de los vientos y la orientación del sol en ese punto de la ciudad. Para muchos habrían resultado esfuerzos banales, pero el objetivo era claro: aprovechar al máximo las condiciones climáticas de ese lugar específico y levantar un espacio que fuera a la vez confortable y amigable con el medio ambiente. Así que todos esos accesorios de la fachada, aparentemente decorativos, en realidad terminaron cumpliendo la función de hacer prescindibles los aires acondicionados y un buen número de bombillos.

Aquel edificio que 'respira' en el norte de la capital es uno de los ejemplos más recientes de arquitectura sostenible en Colombia, una tendencia que gana fuerza merced a la mayor conciencia ambiental y al establecimiento de estímulos y normas. De hecho, el país es signatario del Protocolo de Kioto, que compromete a los firmantes a reducir, en el periodo 1990-2012, el 5,2 por ciento de la emisión de los gases que producen el efecto invernadero. Un acuerdo que puntualmente le exige a la construcción un uso más racional de los recursos, el aprovechamiento de la energía pasiva o natural, el empleo de combustibles más eficientes y el reciclaje de los desechos.

Y es que este sector no ha sido precisamente amable con el ambiente, si se tiene en cuenta que demoler un edificio produce tanta energía y calor como la que se necesitó para levantarlo, o que construir un metro cuadrado con aluminio produce 500 kilos de dióxido de carbono (CO2), uno de los gases responsables del calentamiento global.

De allí la reciente creación del Consejo Colombiano de Construcción Sostenible (CCCS), que, además de hacer parte de la elaboración de un estándar único de construcción sostenible en Bogotá, impulsa un proyecto de ley para otorgar incentivos tributarios a los constructores que sean amables con el ambiente y busca crear un sello que valide el concepto de 'sostenible' en obras nuevas.

La obtención de esta certificación implicaría el cumplimiento de una serie de requisitos relacionados con el paisajismo, los materiales, la emisión y consumo de energía, el ahorro de agua durante y después de la construcción, y el respeto por la mano de obra local. "Para nosotros es un reto inmenso, porque Colombia es de los pocos países con economía emergente del Consejo Mundial de Construcción Sostenible que se le quiere medir a este tema", sostiene Margarita García, directora del Consejo colombiano.

Un problema capital

El caso de Bogotá ilustra lo urgente que resultan estas iniciativas. Según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam), la temperatura de la ciudad aumentó 1,16 grados entre 1985 y 2005. No parece demasiado, a menos que se tenga en cuenta que durante el siglo XX el aumento de la temperatura en toda la Tierra fue de 0,74 grados.

Sería un chiste si no fuera por sus implicaciones ambientales: en la capital colombiana -una ciudad que ofrece nueve horas de luz natural al día- hay torres de ventanales oscuros o sin ventanas que obligan a mantener los bombillos encendidos a toda hora, así como habitantes que han sufrido un incremento de hasta 10 grados de la temperatura de sus casas porque a ostentosos vecinos les dio por forrar sus construcciones de espejos que hacen rebotar la luz y el calor sobre los demás.

Más aún, en la fresca Bogotá hay edificios que necesitan aire acondicionado. Todo un despilfarro, ya que para bajar un grado de temperatura interior, un aire acondicionado aumenta en 1,45 grados la temperatura exterior -quien ha pasado por detrás de uno lo habrá experimentado-. Resultado: más calentamiento atmosférico.

Un impacto igualmente perjudicial es el que tiene la mala elección de los materiales. "De poco sirve construir un edificio con madera de un bosque ciento por ciento renovable en Finlandia si su transporte marítimo implica grandes emisiones de CO2", cuestiona Mauricio Rojas Vera, quien realiza sus estudios de posgrado en arquitectura 'bioclimática' en Panamá. Por eso el experto alienta a sus colegas a tener en cuenta las características climáticas del lugar donde construyen, a economizar recursos y a involucrar técnicas, materiales y mano de obra locales. "No se trata de hacer una vanguardia de estilo sino de conciencia; los arquitectos tenemos una responsabilidad ética".

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