Marzo 25 de 2009

Arquitectura colombiana ya tomó cartas en el calentamiento global

Edificios ahorradores, sellos ambientales y normas de construcción lo demuestran.

El incauto podría pensar que la fachada flotante, el color plateado y el sartal de aleros de la torre Proksol fueron caprichos de los arquitectos, pero lo cierto es que Mauricio Rojas Vera y Germán Rodríguez Devis no dejaron nada al azar.

Cuando les encomendaron la construcción del edificio de oficinas sobre la Autopista Norte con calle 97 de Bogotá, analizaron el curso de los vientos y la orientación del sol en ese punto de la ciudad. Para muchos habrían resultado esfuerzos banales, pero el objetivo era claro: aprovechar al máximo las condiciones climáticas de ese lugar específico y levantar un espacio que fuera a la vez confortable y amigable con el medio ambiente. Así que todos esos accesorios de la fachada, aparentemente decorativos, en realidad terminaron cumpliendo la función de hacer prescindibles los aires acondicionados y un buen número de bombillos.

Aquel edificio que 'respira' en el norte de la capital es uno de los ejemplos más recientes de arquitectura sostenible en Colombia, una tendencia que gana fuerza merced a la mayor conciencia ambiental y al establecimiento de estímulos y normas. De hecho, el país es signatario del Protocolo de Kioto, que compromete a los firmantes a reducir, en el periodo 1990-2012, el 5,2 por ciento de la emisión de los gases que producen el efecto invernadero. Un acuerdo que puntualmente le exige a la construcción un uso más racional de los recursos, el aprovechamiento de la energía pasiva o natural, el empleo de combustibles más eficientes y el reciclaje de los desechos.

Y es que este sector no ha sido precisamente amable con el ambiente, si se tiene en cuenta que demoler un edificio produce tanta energía y calor como la que se necesitó para levantarlo, o que construir un metro cuadrado con aluminio produce 500 kilos de dióxido de carbono (CO2), uno de los gases responsables del calentamiento global.

De allí la reciente creación del Consejo Colombiano de Construcción Sostenible (CCCS), que, además de hacer parte de la elaboración de un estándar único de construcción sostenible en Bogotá, impulsa un proyecto de ley para otorgar incentivos tributarios a los constructores que sean amables con el ambiente y busca crear un sello que valide el concepto de 'sostenible' en obras nuevas.

La obtención de esta certificación implicaría el cumplimiento de una serie de requisitos relacionados con el paisajismo, los materiales, la emisión y consumo de energía, el ahorro de agua durante y después de la construcción, y el respeto por la mano de obra local. "Para nosotros es un reto inmenso, porque Colombia es de los pocos países con economía emergente del Consejo Mundial de Construcción Sostenible que se le quiere medir a este tema", sostiene Margarita García, directora del Consejo colombiano.

Un problema capital

El caso de Bogotá ilustra lo urgente que resultan estas iniciativas. Según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam), la temperatura de la ciudad aumentó 1,16 grados entre 1985 y 2005. No parece demasiado, a menos que se tenga en cuenta que durante el siglo XX el aumento de la temperatura en toda la Tierra fue de 0,74 grados.

Sería un chiste si no fuera por sus implicaciones ambientales: en la capital colombiana -una ciudad que ofrece nueve horas de luz natural al día- hay torres de ventanales oscuros o sin ventanas que obligan a mantener los bombillos encendidos a toda hora, así como habitantes que han sufrido un incremento de hasta 10 grados de la temperatura de sus casas porque a ostentosos vecinos les dio por forrar sus construcciones de espejos que hacen rebotar la luz y el calor sobre los demás.

Más aún, en la fresca Bogotá hay edificios que necesitan aire acondicionado. Todo un despilfarro, ya que para bajar un grado de temperatura interior, un aire acondicionado aumenta en 1,45 grados la temperatura exterior -quien ha pasado por detrás de uno lo habrá experimentado-. Resultado: más calentamiento atmosférico.

Un impacto igualmente perjudicial es el que tiene la mala elección de los materiales. "De poco sirve construir un edificio con madera de un bosque ciento por ciento renovable en Finlandia si su transporte marítimo implica grandes emisiones de CO2", cuestiona Mauricio Rojas Vera, quien realiza sus estudios de posgrado en arquitectura 'bioclimática' en Panamá. Por eso el experto alienta a sus colegas a tener en cuenta las características climáticas del lugar donde construyen, a economizar recursos y a involucrar técnicas, materiales y mano de obra locales. "No se trata de hacer una vanguardia de estilo sino de conciencia; los arquitectos tenemos una responsabilidad ética".

Las voces en este sentido son cada día más numerosas. "Es curioso, pero estamos volviendo a aprender a diseñar con características climáticas del lugar", expresa el arquitecto Gabriel Leal, profesor de la Maestría en Planeación Urbana y Regional de la Universidad Javeriana, haciendo notar que algo tan obvio en la historia de la arquitectura fue despreciado en nombre del afán de seguir modas y de importar modelos.

Pero, por suerte, la reflexión ya aterrizó en Colombia y cada día hay más arquitectos involucrados. Y aunque muchos males se le han hecho al planeta, nunca es tarde para empezar a enmendar el daño.

EDIFICIO CERO EMISIONES

"Es mejor adaptar un edificio al clima que el clima al edificio". Con este lema, Bayer MaterialScience, un grupo que se especializa en investigación de materiales y tecnología, construyó un edificio que se ajusta a las condiciones climáticas en cualquier lugar del mundo. Se trata del Edificio EcoComercial (ECB), en Noida, cerca de Nueva Delhi (India), una construcción con techos de seis metros de altura, 1.200 metros cuadrados para oficinas y 1.000 para exposiciones.

Los arquitectos Banz & Riecks, especialistas en trabajo con energía solar, fueron los responsables del diseño de este proyecto que no generará ninguna emisión. La edificación tiene fachada escalonada para reducir la exposición a los rayos del sol, y está hecha con plástico poliuretano, un material que reduce la conductividad térmica del edificio. Para mantener una temperatura estable y fresca, las columnas y los paneles estructurales del piso y del techo extraen calor del ambiente interno durante el día y lo lanzan de vuelta en la noche. La azotea, igualmente, es de un plástico de alta tecnología que protege contra el calor.

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