Aunque nació y creció en Bogotá, la administradora de empresas Sabrina López, de 37 años, siempre sintió gusto por el campo. Para ella, los productos, el olor y pureza de la naturaleza son un privilegio negado para quienes viven en la ciudad. Por eso un día, luego de ver un programa de gastronomía en un canal internacional, decidió comprar una maceta grande de barro, algunas semillas de berenjena, unas plantas aromáticas y otras de tomate. Su ilusión era que germinaran en su apartamento y usar los productos en sus huevos del desayuno y en otras de sus recetas favoritas.
Pero más aún, quería sentir el placer de cultivar y estar segura de la calidad de lo que consumía, como cuando comía en los paseos por las afueras de Bogotá. Así que, para cumplir con su propósito, Sabrina leyó algunas de las instrucciones sobre cómo abonar la tierra y dónde ubicar la maceta, colocó su "minihuerto" -como ella lo llama- en el balcón de su apartamento y esperó casi tres meses para ver el primer fruto de su obra. Su idea hoy es una realidad: desde hace más de un año, de tanto en tanto, Sabrina come los productos cultivados por ella.
Aunque no milita en causas ecológicas, Sabrina terminó convertida en una seguidora de la agricultura urbana, una corriente iniciada por los amantes de la naturaleza que busca cultivar y producir en casa productos seguros para el autoconsumo.
Al fin y al cabo, al cultivar en casa, el propietario puede tener la tranquilidad de que la cosecha fue regada con aguas no contaminadas por los desechos de la industria y de que, además, está libre de herbicidas y pesticidas, químicos que, a juicio de los ecologistas más duros, son las verdaderas plagas de la agricultura de hoy.
Pasatiempos: cultivar
Ahora bien, también existen cultivadores urbanos sin más pretensiones que tener un pasatiempo, o los que se valen de las bondades terapéuticas de la horticultura, o los que se acogen a programas gubernamentales de fomento a la producción sostenible, limpia y ecológica de alimentos.
Este último es el caso de Juan Álvarez, un obrero de la construcción que instaló un huerto con tomate semillero, zanahoria, fresa, arveja y pepino dulce en la terraza de su casa de tres pisos en la localidad de Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá.
Juan hace parte del Proyecto Piloto de Agricultura Urbana que impulsa la Alcaldía Mayor de la capital con el fin de incentivar la producción sostenible de alimentos, el trabajo en equipo y la protección del medio ambiente gracias al aprovechamiento de residuos orgánicos e inorgánicos. Gracias al programa y a los huertos, Juan ha desarrollado una actividad productiva que le gusta y ha aprendido sobre las distintas especies vegetales y sobre las particularidades de la siembra en un clima como el de Bogotá.
Al igual que ocurre con Sabrina y Juan, muchos habitantes de las grandes ciudades del mundo han convertido la agricultura urbana en un estilo de vida. En Barcelona, España, no es extraño encontrar establecimientos especializados en la venta de materas o semillas, así como manuales que enseñan cómo cultivar limonares, tomates o plantas aromáticas.
Para dar gusto a los aficionados, en diciembre de 2004 la firma catalana Leopoldo Group Design lanzó al mercado el Huerto Urbano Leopoldo, un mueble tubular con repisas cóncavas diseñado para cultivar en pequeños espacios interiores o exteriores.
El proyecto nació en 2001 con el objetivo de "acercar el campo a la ciudad", pero como los diseñadores no querían que su proyecto fuera simplemente un buen negocio, también buscaron que cultivara valores: que estimulara la responsabilidad, la atención y el cuidado en el entorno familiar; que promoviera la experimentación y el conocimiento de la horticultura en el ambiente escolar; que evocara el campo de la infancia de los abuelos, y que sirviera como terapia para personas con disminuciones físicas y psíquicas.
En cualquier suelo
En una onda similar, pero más para provecho colectivo que individual, en noviembre del año pasado la Alcaldía de Londres lanzó el programa Capital Growth, cuyo propósito es crear 2.012 zonas de cultivo en el área urbana antes de 2012. El programa ofrece apoyo práctico y económico a las comunidades, y es una respuesta a los altos precios de los alimentos, las grandes distancias y el deterioro del medio ambiente. "La gente quiere mejor acceso a comida buena, saludable y asequible, y disfrutar cultivando bellos espacios verdes y encontrándose con la gente local", agregan los promotores de Capital Growth en su página electrónica.
Los cultivos urbanos apuntan a ser una fuente de comida saludable y sostenible en el futuro. Pero para quien quiere trascender lo puramente práctico, muy pertinentes resultan las palabras de Mariano Bueno, un aficionado español que ha teorizado sobre el significado de esta práctica: "Hacer un huerto es un acto revolucionario, defienden algunos. Sin embargo, en un mundo donde la agricultura ha sido sometida por plaguicidas y fertilizantes sintéticos, lo verdaderamente revolucionario no es tanto el huerto sino que este se trabaje con agricultura realmente ecológica".