Para que no me olvides

Foto: Federico Ríos / Cambio

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El árbol, seco y sin hojas, sigue en pie. "Es un monumento que recuerda la ignominia de la guerra", dice Eusebia Guerra, sobreviviente de la masacre de El Salado, Carmen de Bolívar, en febrero de 2000, perpetrada por un grupo de paramilitares que asesinó a 60 personas. Una de ellas, Judith Arrieta, fue atada a un árbol y degollada. Los sobrevivientes lo conservan como testigo mudo del horror y como homenaje a las víctimas.

A escasos metros se erige una cruz sobre una fosa común y a su lado un muro con los nombres de 49 víctimas de las tres masacres que cometieron los paramilitares entre 1997 y 2002. Es el Monumento a las Víctimas de El Salado que también son recordadas en el libro La vida de la memoria -una recopilación de testimonios de los sobrevivientes-, en murales, y en los dragones pintados en fachadas de las viviendas del parque principal, que recuerdan a Pedro Torres, a cuya casa los habitantes iban a ver el programa de televisión Dragón Ball Z.

Lo mismo que en El Salado, otras comunidades han elevado monumentos y museos en memoria de las víctimas. Otras han hecho obras de teatro,  videos, documentales... Según el Grupo Memoria Histórica, hay más de 100 iniciativas comunitarias para preservar la memoria, además de planes oficiales importantes como los de Bogotá y Medellín, donde se construirán centros de la memoria.

Todos, a su manera, buscan preservar el recuerdo de las víctimas de la barbarie del pasado para que la historia no se repita. "La idea es mantener una memoria viva, más allá de forzar a la gente a llamarlo museo, salón, o lo que sea -dice Cristina Lleras, curadora de Arte e Historia del Museo Nacional-. Lo interesante es ver cómo podemos crear nuevos espacios desde las mismas comunidades que terminen convirtiéndose en verdaderos museos de la memoria".

Michael Reed, director del Centro de Justicia Transicional, sostiene que el país está viviendo un cambio muy interesante en la dirección de la recuperación y conservación de la memoria: "Es un fenómeno que, sin duda, obedece a una dinámica mundial y nacional en la que los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación empiezan a ocupar un espacio central en la agenda política y de justicia". Y agrega que "el potencial simbólico de la memoria debe convertirse, además, en herramienta pedagógica y de concienciación para que el resultado final de los procesos sea el resarcimiento, la prevención y la no repetición de los hechos violentos".

Y fue en los comienzos de la década de los ochenta cuando empezó a tomar forma en el mundo una cultura de la memoria centrada, sobre todo en las víctimas del Holocausto, y el espacio público a convertirse en centro de conmemoración y de recuerdo. Muchos de esos lugares han alcanzado gran importancia, bien sea por su relevancia cultural o artística, como el Monumento Contra la Guerra y el Fascismo de la Albertinaplatz de Viena; por su significado científico e histórico, como la Fundación Topografía del Terror en Berlín; por la controversia política y social que ha despertado, como el Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados de Europa, también en la capital alemana.

Desde hace unos años, Colombia empezó a recorrer ese camino desde las mismas comunidades afectadas por la violencia que se resisten a olvidar y quieren conservar el recuerdo de las víctimas. Se trata de una especie de catarsis para que a la vista de las huellas y los costos dejados por la violencia, la sociedad haga conciencia y evite repetir los horrores del pasado.

Trujillo,  Valle

Entre 1989 y 1990 fueron asesinadas más de 300 personas por las Auc.
Proyecto: parque-monumento donde reposan restos de 240 personas; salón de fotografías de los desaparecidos que fueron lanzados al río Cauca.
Objetivo: mostrar que, 20 años después, sigue la impunidad, y que las nuevas generaciones conozcan lo ocurrido para evitar que la barbarie se repita.

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